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– No es socialmente correcto -dijo Alexander alegremente-, pero en mi propia casa soy libre de poner a los hombres juntos y dejar que las mujeres conversen de sus temas femeninos. No nos quedaremos aquí a beber oporto y fumar cigarros, saldremos con las damas.

Lee bebió más vino del que acostumbraba. Sin embargo, la comida, tan excelente como siempre (según le habían dicho, Chang continuaba siendo el jefe de la cocina), lo mantuvo relativamente sobrio. Cuando volvieron a la sala para tomar el café y fumar cigarros o cigarrillos, él desbarató el orden que Alexander había planeado y apartó su silla de los demás, aislándose de la diversión. La habitación estaba intensamente iluminada. Las arañas de cristal de Waterford estaban equipadas con bombillas eléctricas en lugar de velas. Los candelabros de pared también se habían adaptado para poder ser utilizados con electricidad. Es muy agresivo, pensó Lee. Ya no quedaban agradables lagunas de oscuridad, había desaparecido el resplandor verde de las lámparas de gas y la suave luz dorada de las velas. La electricidad será nuestro futuro pero no es… romántica. Es más bien despiadada.

Desde donde estaba podía ver a Elizabeth con asombrosa claridad. Era muy hermosa. Como un cuadro de Vermeer, brillantemente iluminado, perfecto en cada detalle. Su cabello seguía tan negro como el de él. Sus suaves ondas terminaban en un moño en la parte de atrás de su cabeza. No llevaba los bucles ni los rizos que se habían puesto de moda. ¿Alguna vez se vestía de un color más encendido? No que él recordara. Esa noche llevaba un vestido azul metálico oscuro de crespón de seda con la falda relativamente recta y sin cola. Por lo general, ese tipo de vestidos estaba adornado con abalorios, pero el de ella era liso y sin borlas; tenía tirantes en torno a los hombros que lo mantenían en su lugar. El conjunto de diamantes y rubíes brillaba alrededor de su cuello, en sus orejas y en sus muñecas. El anillo de compromiso de diamantes era deslumbrante. Sin embargo, la turmalina había desaparecido. No llevaba anillos en la mano derecha.

Los demás estaban conversando animadamente. Lee bebió un trago y le habló.

– No tienes puesto tu anillo de turmalina -dijo.

– Alexander me lo dio por los hijos que iba a tener -respondió ella-. Verde por los niños, rosa por las niñas. Pero como no le di ningún varón, dejé de usarlo. Pesaba mucho.

Y para sorpresa de él, se acercó a la caja plateada que estaba en la mesa cerca de su silla, extrajo un largo cigarrillo y buscó a tientas la caja de cerillas, también forrada en plata. Lee se puso de pie, la cogió, sacó una cerilla y le encendió el cigarrillo.

– ¿Me acompañas? -preguntó, y alzó la mirada buscando sus ojos.

– Gracias. -No había mensajes ocultos en esa mirada, era sólo un acto de cortesía. Regresó a su silla-. ¿Cuándo empezaste a fumar?-preguntó.

– Hace siete años, más o menos. Sé que las mujeres no deberían hacerlo, pero creo que me contagié de tu madre. Me di cuenta de que, últimamente, no me importa lo que piensen los demás. Sólo fumo después de la cena, pero si Alexander y yo vamos a Sydney y comemos en un restaurante, yo fumo cigarrillos y él cigarros. Es divertido ver las reacciones de los demás comensales -dijo sonriendo.

Ése fue el fin de la charla. Elizabeth continuó fumando, disfrutando con fruición de su cigarrillo, mientras Lee la estudiaba.

Alexander se había enzarzado con Sung en una charla de negocios. Ruby se preparaba para tocar el piano flexionando discretamente los dedos. Una molesta rigidez se estaba apoderando de sus manos. Un dolor que se volvía más agudo por las mañanas. Pero la conversación entre Alexander y Sung iba subiendo de tono y ella sabía que no le agradecerían que se pusiera a tocar en ese momento. Constance se había quedado dormida bebiendo su copa de oporto. Estaba adquiriendo hábitos de anciana. Así que, como no tenía nada mejor que hacer, Ruby se dedicó a observar, arrobada, a su gatito de jade. El estaba mirando a Elizabeth, que había girado la cabeza para escuchar lo que decían Alexander y Sung, ofreciendo su perfecto perfil a Lee. Ruby sintió que el corazón se le encogía. Sin darse cuenta, se llevó la mano al pecho, como si tratara de comprobar que estaba viva. ¡Oh, esa mirada en los ojos de Lee! Deseo explícito, anhelo absoluto. Si se hubiera levantado y hubiera empezado a arrancarle la ropa a Elizabeth, no hubiera sido tan explícito como esa mirada. ¡Mi hijo está perdidamente enamorado de Elizabeth! ¿Desde hace cuánto tiempo? ¿Acaso había sido por eso que…?

Ruby se puso de pie y se dirigió al piano provocando un estruendo que despertó a Constance e interrumpió la discusión entre Sung y Alexander. Extrañamente, encontró una fuerza y una expresividad en sus dedos que creía haber perdido para siempre. De todos modos, no era el momento para interpretar a Brahms, a Beethoven o a Schubert. Era la ocasión adecuada para Chopin; Chopin en un tono menor. Esas intensas ondulaciones y esos glissandi tan llenos de lo que acababa de ver en los ojos de su hijo. Amor insatisfecho, amor obsesivo, la clase de deseo que debió de sentir Narciso cuando trataba en vano de capturar su imagen en la laguna, o Eco cuando lo miraba.

Así permanecieron hasta tarde, embelesados por Chopin. Elizabeth, de vez en cuando, fumaba un cigarrillo que Lee le encendía. A las dos de la madrugada, Alexander pidió té y bocadillos, y después insistió para que Sung se quedara a pasar la noche allí.

Más tarde, caminó hasta el funicular con Lee y Ruby y encendió él mismo el motor en lugar de llamar al encargado.

Cuando estaban en el funicular, Ruby tomó las manos de Lee entre las suyas.

– Has tocado maravillosamente hoy, mamá. ¿Cómo sabías que tenía ganas de escuchar Chopin?

– Porque vi el modo en que mirabas a Elizabeth -dijo ella bruscamente-. ¿Cuánto hace que estás enamorado de ella?

Por un momento, él se quedó sin aliento.

– No sabía que se notaba tanto. ¿Alguien más se ha dado cuenta?

– No, mi gatito de jade. Nadie se dio cuenta aparte de mí.

– Entonces mi secreto está protegido.

– Tan seguro como si yo no lo supiera. ¿Cuánto hace, Lee? ¿Cuánto hace?

– Desde que tenía diecisiete años, creo, aunque me llevó tiempo darme cuenta.

– Por eso nunca te casaste, por eso no quieres estar aquí durante mucho tiempo y siempre estás huyendo. -Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas-. ¡Oh, Lee, qué desgracia!

– Y eso no es nada -dijo él secamente. Buscó en el bolsillo su pañuelo-. Toma.

– Entonces ¿por qué volviste a casa?

– Para verla de nuevo.

– ¿Esperabas que se te hubiera pasado?

– Oh, no, sabía que no se me había pasado. Es algo que rige mi vida.

– La esposa de Alexander… ¡Qué reservado eres! Cuando dije que se podría divorciar de Alexander, no te aprovechaste de mi argumento sino que lo echaste por tierra. -Tembló, aunque el aire era cálido como en verano-. Nunca te librarás de ella, ¿verdad?

– Jamás. Ella significa para mí más que mi propia vida.

Se volvió hacia él y lo abrazó.

– ¡Oh, Lee, mi gatito de jade! ¡Ojalá pudiera hacer algo!

– No, mamá, y tienes que prometerme que no intentarás hacer nada.

– Lo prometo -susurró contra su chaleco, y después lanzó una ronca carcajada-. Te mancharé de carmín si me sigues abrazando. Las empleadas de la lavandería chismorrearán.

Él la abrazó más fuerte.

– Mi adorada madre. No me extraña que Alexander te ame tanto. Eres como una pelota de goma, siempre te adaptas a la situación. De verdad, estaré bien.

– ¿Te vas a quedar esta vez? ¿O vas a volver a huir?

– Voy a quedarme, Alexander me necesita. Me di cuenta en cuanto vi a papá. Se retiró de todo excepto de su identidad china. No importa cuánto ame a Elizabeth. No puedo dejar solo a Alexander. Le debo todo lo que soy -dijo Lee, y después sonrió-. ¡Elizabeth fuma!