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– Necesita ese no sé qué que le da el tabaco, pero los cigarros que fumo yo son demasiado fuertes. Alexander encarga que elaboren los cigarrillos para ella en Jackson, en Londres. Todo es difícil para ella. Lo único que tiene es a Dolly.

– ¿Es adorable la niña, mamá?

– Muy dulce y bastante inteligente. Dolly no será nunca como Nell, sino que se parecerá a las hijas de Dewy: inteligente, vivaz, bella y educada en un nivel adecuado para una mujer. Se casará con algún buen partido que Alexander apruebe y, tal vez, incluso pueda darle finalmente algún heredero varón.

2

Iluminación

Ver a Lee después de tantos años conmocionó profundamente a Elizabeth, que no imaginaba ni remotamente que él hubiera regresado. Era cierto que su marido se había mostrado de muy buen humor al llegar, pero ella lo atribuyó al éxito de su viaje, a alguna nueva e interesante iniciativa que tal vez se estuviese gestando en su infatigable mente. En parte sentía curiosidad por saber en qué estaba embarcado ahora, pero cuando él entró, con aire despreocupado, Elizabeth se abstuvo de preguntar. Él se dirigió a su cuarto de baño para quitarse de encima la suciedad acumulada durante el viaje y, antes de cambiarse para la cena, se acostó a dormir una reparadora siesta. Mientras tanto, ella se ocupó de la cena de Dolly, le dio un baño, le puso el camisón, la llevó a su cama y le leyó un cuento. A Dolly le gustaban mucho los cuentos, y ya se intuía que sería una buena lectora.

Era una niña encantadora, exactamente la clase de niña con la que Elizabeth se sentía a gusto: ni terriblemente inteligente como Nell, ni retrasada como Anna. Su pelo se había ido oscureciendo y ahora lo tenía de un castaño claro con reflejos dorados, pero seguía siendo rizado, y sus grandes ojos del color de las aguamarinas eran ventanas a las que asomaba un alma apacible. Los hoyuelos de sus mejillas se acentuaban de un modo adorable cuando sonreía, lo que sucedía a menudo. Le habían regalado un gatito, para ver cómo lo trataba; cuando se comprobó que Suzie (en realidad un macho castrado) estaba a sus anchas en compañía de la pequeña, le regalaron un cachorro, Bunty, un perro castrado de tamaño pequeño y grandes orejas caídas, que se desvivía por agradar a su ama. Todas las noches se metían en la cama con Dolly, acurrucados uno a cada lado de la niña. Aquel espectáculo no agradaba a Nell, preocupada por la tiña, los ascárides, las pulgas y las garrapatas. Elizabeth le explicó que los animales eran bañados periódicamente y le aseguró que sólo cuando alguna de esas plagas apareciera ella empezaría a preocuparse. Después agregó que esperaba que cuando Nell tuviera sus propios hijos no los criaría ahogados por un exceso de higiene.

Cuidar de Dolly había dulcificado un poco a Elizabeth; lo que ocurría era, simplemente, que no podía mantener ese rígido control que solía ejercer sobre sí misma cuando se enfrentaba a los dramas cotidianos de una niña cuya vida era esencialmente feliz, desde algún arañazo hasta un pequeño corte, pasando por la muerte de un canario. A veces no podía contener la risa y otras veces debía reprimir las lágrimas. Para una madre, Dolly era un regalo del cielo.

La niña parecía no recordar a Anna y, sin darse cuenta, llamaba «mamá» a Elizabeth y «papá» a Alexander. Pero Elizabeth sospechaba que en algún rincón de su mente había, tal vez sepultados, recuerdos de los días que había compartido con Anna, porque de vez en cuando mencionaba a Peony, una señal de que podía remontar sus evocaciones a la época de Anna.

Lo peor de todo era que Dolly no podía asistir a la escuela en la ciudad. Si la enviaran, no faltaría algún niño malévolo o desconsiderado que le revelara quién era su verdadera madre y su discutible padre. Así que, por el momento, era Elizabeth quien se ocupaba de educarla. El año siguiente, cuando cumpliera siete, tendría que tener una institutriz. Fueran como fueran nuestros hijos, reflexionaba Elizabeth, nunca pudimos enviarlos a una escuela común, lo cual es una tragedia. Y también Dolly tiene ese matiz propio de los Kinross, que los hace demasiado diferentes de los otros niños como para mezclarse con ellos.

La idea de contar a la niña la verdad acerca de sus padres obsesionaba a Elizabeth, que se atormentaba haciéndose preguntas que nadie habría podido responder. Ni Ruby, ni mucho menos Alexander. ¿Cuál era la edad apropiada para pasar por una conmoción tan atroz? ¿Antes de la pubertad, o después? El sentido común le decía que, a la edad que fuese, Dolly quedaría marcada por la revelación. Eso era razonable, pero ¿qué pasaría si quedaba trastornada en lugar de quedar marcada? ¿Y cómo se le explica a una pequeña dulce e inofensiva que su madre era una retrasada mental que había sido víctima de la violación de un hombre monstruoso, y, además, que ella era hija de esa violación? ¿Y que la niñera de su madre había matado a aquel hombre de la manera más horrible y había muerto en la horca por ese crimen? Muchas noches, la almohada de Elizabeth se empapaba con las lágrimas que derramaba mientras rumiaba y se atormentaba pensando cuándo, dónde y cómo contar a Dolly lo que la niña tenía que saber antes que la realidad la golpeara con toda su crueldad. Lo único que podía hacer era amar a la pequeña, construir en torno a ella un mundo seguro y colmado de amor incondicional que pudiera servirle como sostén cuando ese día espantoso llegara. Y Alexander, había que agradecerle eso, había sido igualmente cariñoso, mucho más paciente y complaciente que con sus propias hijas, incluso con Nell. Nell… Una mujer joven y solitaria, dura, inquebrantable, y a veces hasta cruel. ¡Ni pensar en novios con la vida que llevaba! Cuando no estaba enfrascada en sus libros de medicina o defendiéndose de los sarcasmos de sus profesores, se dedicaba a supervisar el encierro de Anna. Elizabeth sufría por ella, aunque era consciente de que Nell se habría burlado de ella por ese sufrimiento. Ser Alexander era una cosa, pero ser su versión femenina era algo muy distinto. ¡Oh, Nell, decídete a ser feliz en algo antes de que sea demasiado tarde!

En cuanto a Anna, la situación era insoportable. Cuando Nell le había prohibido que visitara la casa de Glebe, Elizabeth se había resistido con uñas y dientes, pero lo único que había logrado era chocar contra la voluntad de hierro de Alexander. Una batalla perdida, igual que su vida con Alexander. Pero lo que hizo que esa derrota fuera infinitamente peor fue el hecho de comprender que, a pesar de todo, ella agradecía, penosamente, que le hubieran prohibido verla. ¡Oh, qué alivio sentía por no tener que ver en lo que se había convertido Anna! Pero no podía evitar el dolor que la embargaba por haber de admitir que ella, Elizabeth, nunca era lo suficientemente fuerte.

Elizabeth bajó antes que Alexander para asegurarse de que las órdenes que él había dado a propósito del arreglo de la mesa para la cena se hubieran obedecido. Si cenaban solos, o con Ruby, no se preocupaban por su atuendo, pero esa noche estaría Constance, y también Sung, así que Elizabeth se había vestido para la ocasión. Nada especial, pues tenía muchos vestidos nuevos en tonos pasteles en su guardarropa, pero lo que se puso fue el vestido azul marino de crespón de seda, y los zafiros y diamantes.

Una de las últimas innovaciones instaladas en la casa era un timbre eléctrico que sonaba cuando el funicular llegaba a la cima de la montaña; por lo general, Alexander salía hasta la puerta a esperar a los recién llegados, pero esa noche todavía no había bajado cuando sonó el timbre. Así que fue Elizabeth quien acudió, para ver cómo Sung y Ruby subían las escaleras, seguidos por alguna otra persona. De pronto, el misterioso invitado estuvo frente a ellos, con los ojos fijos en ella, ¿sin verla? Lee. En ocasiones como ésa -pero ¿había habido alguna ocasión como ésa?- la prolongada y compulsiva actitud de compostura que solía exhibir Elizabeth se tornaba más rígida, una sonrisa amable se dibujaba en su rostro y su cuerpo se tensaba. Pero era así sólo en apariencia. Detrás de aquella máscara, la emoción se desplegaba como la enorme nube de polvo que producía una voladura en la cantera y con la misma impronta de intensa agitación. Sabía que si daba un paso se derrumbaría, que se le aflojarían las piernas, así que se quedó absolutamente inmóvil mientras decía alguna nimiedad para darle la bienvenida, lo veía pasar junto a ella para saludar a Alexander, que en ese momento bajaba la escalera rumbo a la puerta, y aprovechó la presencia de Sung y Ruby para intercambiar cortesías con ellos. Sólo después, cuando todos se arremolinaron en torno a su esposo, trató de ponerse en movimiento. Primero un pie, después el otro; sus piernas le respondían, podía caminar.