Gracias a Dios, Alexander le había asignado un lugar del mismo lado de la mesa que a Lee pero no junto a él, así que aprovechó para conversar con Ruby, sentada frente a ella, rebosante de alegría por el regreso de Lee. Lo único que Elizabeth tuvo que hacer fue intercalar algún que otro «sí», «no», o «hmmm». Constance Dewy, alma generosa, parecía sentir lo mismo que ella, y también dio vía libre a Ruby para que dijera todo lo que tenía que decir.
Mientras Ruby hablaba y hablaba y Constance la escuchaba con atención, Elizabeth trataba de adaptarse a la idea de que estaba completa y desesperadamente enamorada de Lee Costevan. Para sus adentros, siempre había pensado que lo que sentía por él era una especie de atracción, algo por lo que no debía preocuparse demasiado. Todo el mundo se sentía atraído por alguien, de vez en cuando, ¿por qué no ella? Pero en el momento en que lo vio, después de siete años de ausencia, comprendió por fin lo que le pasaba. Lee era el hombre que ella habría elegido para casarse, el único que habría elegido. Claro que si no se hubiera casado con Alexander jamás habría conocido a Lee. ¡Oh! ¡Qué cruel es la vida! Lee es el hombre, el único, se dijo.
Incluso después, en la sala, cuando Lee decidió sentarse apartado de los demás, se apoderó de ella una agitación tal que no le permitió percibir en él la menor señal de que hubiera esperanza alguna. Pero ¿qué estaba pensando? ¿Esperanza? ¡Gracias a Dios, él se mostraba indiferente! En eso radicaba su salvación. Si él hubiese correspondido su amor, muchos mundos habrían llegado a su fin. Aunque, ¿por qué Ruby tocaba sólo aquellas obras tristes y cargadas de nostalgia de Chopin? Y lo hacía con una destreza y un sentimiento que, al parecer, debían de superar las posibilidades de sus artríticas manos. Cada una de las notas golpeaba a Elizabeth como si tuviera la consistencia de una nube, o del agua. Agua. Descubrí mi destino en el estanque, y pasaron quince años antes de que me diera cuenta. El año próximo cumpliré cuarenta, se dijo Elizabeth, y él sigue siendo un hombre joven que vive buscando aventuras en tierras remotas. Alexander lo había obligado a ocupar el lugar de los hijos varones que yo no tuve, y su sentido del deber lo había forzado a obedecer ese mandato. Porque aunque no sienta nada por mí, sé que no se siente feliz estando aquí.
Cuando Lee miraba a Ruby, algo a lo que dedicaba largos momentos, ella podía mirarlo con la delicada lucidez que le inspiraba el haber admitido que lo amaba. Pero nadie advertía cómo lo miraba; se había sentado de tal modo que los demás no le veían la cara. Alguna vez había dicho a Alexander que para ella Lee era una serpiente dorada, pero ahora comprendía todos los matices de esa metáfora, y por qué se le había ocurrido. No era apropiada, había surgido de sus sentimientos reprimidos, y no tenía nada que ver con lo que él era. Lee era la personificación del sol, el viento y la lluvia, los elementos que hacían posible la vida. Lo extraño era que le recordaba a Alexander: esa virilidad colosal que no conocía la duda, una mente aguda y proclive a la técnica, el dinamismo, el poder a flor de piel. Sin embargo, a uno de ellos no soportaba tocarlo, y en cuanto al otro, se moría por que la tocara. La diferencia más importante entre los dos era su amor, que no sentía por aquel que legalmente tenía derecho a él, y que ella habría prodigado de buena gana al otro, sin la menor esperanza de que le fuera correspondido.
Esa noche no durmió, y de madrugada se deslizó sigilosamente en la habitación de Dolly con un suave «shhh» dirigido a las mascotas que, a diferencia de la pequeña, se despertaron apenas ella entró. Acercó una silla, se sentó junto a la pequeña cama para observar cómo la llegada del día se apoderaba de aquel dulce rostro dormido, y llegó a la conclusión de que a esta niña nunca le tocaría vivir nada parecido a lo que les había caído en suerte a Nell o Anna. Por lo tanto, no habría que contarle nada acerca de sus orígenes antes de que madurara. Dolly disfrutaría de una infancia idílica de risas, ponis, y las amables lecciones que le procurarían las buenas maneras y la delicadeza que merecía, sin que ninguna pesadilla ni un «hombre del saco» la atormentaran, y sin que ningún rumor la acosara. En su vida no habría más que abrazos y besos.
Sólo entonces, mientras contemplaba aquel dulce rostro dormido, Elizabeth finalmente logró comprender lo que su propia infancia había significado para ella, y cuan acertado era el juicio que Alexander se había formado acerca del doctor Murray. Yo le hablaré a Dolly acerca de Dios, pero no del Dios del doctor Murray. Y nunca permitiré que una imagen aterradora de Satanás tiña su vida. Y de pronto comprendo que algo tan trivial como una pintura colgada en una pared puede hacer tanto daño a una vida naciente como la verdad acerca del origen de Dolly. No deberíamos ser atemorizados para inculcarnos que seamos niños buenos, deberíamos ser guiados hacia la bondad por padres que sean tan importantes para nosotros que no soportemos la idea de decepcionarlos. Dios es demasiado intangible para la percepción de un niño; es responsabilidad de los padres comportarse como personas a quienes sus hijos puedan amar y valorar por sobre todas las cosas. Así que no consentiré a Dolly ni le daré todo lo que me pida, y cuando le exija algo lo haré de un modo que le inspire respeto. ¡Oh, mi padre y su bastón! Su desprecio por las mujeres. Su egoísmo. Me vendió por una pequeña fortuna, de la cual no gastó ni un centavo. Mary sí supo qué hacer. Cuando Alastair heredó ese dinero, Mary lo gastó en unas pocas fruslerías y muchas cosas importantes. Todos sus hijos recibieron educación gracias a ese dinero, los varones pudieron estudiar en la universidad, y las niñas lo suficiente para llegar a ser maestras de escuela o enfermeras. Fue una buena madre, y Alastair un buen padre. ¿Qué daño puede hacer servir mermelada en la mesa del desayuno todos los días?
Debí negarme a ser vendida, aunque eso también fue culpa de Alexander, por ofrecerse a comprarme. Lo único que mi padre quería era el dinero, pero ¿qué era, exactamente, lo que quería Alexander? ¡Oh, hace tanto tiempo de eso! Veintidós años han pasado desde que me casé con él y todavía no lo sé. Una esposa virgen, desde ya. Hijos, sobre todo varones, sí. Burlarse de mi padre y del doctor Murray, eso también. Pero ¿qué más? ¿Pensaría que el deber conduciría al amor? ¿Se creería capaz de convertir el deber en amor? Pero no estaba dispuesto a entregarse por entero a nuestro matrimonio; conservó a Ruby, por si acaso. Pobre mujer, tan tremendamente enamorada de él, y tan poco apropiada como esposa. Y cuando ella le dijo que jamás se rebajaría a casarse con nadie la creyó porque aquello era lo que él quería oír. ¡Qué tonto! Yo sé que si él se lo hubiera pedido, ella le habría dicho: ¡Sí, sí, sí! Y se habrían amado locamente y tal vez habrían tenido media docena de hijos. Pero él no vio a la castellana regia que se escondía detrás de la dama de turbia reputación hasta que fue demasiado tarde. Ruby, Ruby, arruinó tu vida también.
Cuando Dolly despertó y vio allí a su mamá le tendió los brazos reclamando sus abrazos y sus besos. ¡Qué bien olía después de una noche apacible! ¡Oh, Dolly, sé feliz! Cuando te enteres, acepta la verdad como algo que no importa ni un ápice comparada con el amor.