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– Detesto la idea de que cargues tú con el peso, Nell -dijo Alexander-, pero ya sabes cómo están las cosas entre tu madre y yo. Si soy yo quien le explica qué le va a pasar a Anna, se encerrará en su concha y no aceptará compartir su aflicción con nadie. Si se lo dices tú, al menos hay una posibilidad de que ella pueda desahogarse.

– Sí, lo sé, papá -replicó Nell con un suspiro-. Yo me ocuparé.

Y lo hizo, bañada en lágrimas, lo que dio a Elizabeth la oportunidad de cobijar otro cuerpo entre sus brazos, compartir el duelo y las lamentaciones que acompañan al dolor más terrible, la impotencia y la desesperación. Lo que Nell más temía era que Elizabeth pidiera ver a Anna, pero no fue eso lo que ocurrió. Fue como si, tras ese estallido de dolor, ella hubiese cerrado una puerta.

Lee acompañó a Nell hasta el tren; Alexander estaba ocupado con una voladura, algo que le gustaba hacer personalmente, y Elizabeth había salido a dar un paseo, tocada con un sombrero que la protegía del sol, al parecer decidida a compadecerse de las rosas que aún sobrevivían al calor.

Nell nunca había llegado a conocer bien a Lee, y descubrió que la atracción que él despertaba se asemejaba a la que inspiran los reptiles. Algo que, si hubiera estado enterada de la comparación que había hecho Elizabeth, no le habría parecido tan extraño. Aunque estuviera con sus ropas de trabajo, era un caballero de la cabeza a los pies, y pronunciaba las vocales con la distinción de un duque; sin embargo, por debajo de esa apariencia hormigueaba algo peligroso, impalpable y escurridizo, oscuro y al mismo tiempo deslumbrante. Un hombre de verdad, pero de un tipo que ella no comprendía ni le gustaba. Su actitud reticente con él le impedía percibir su dulzura, y su honor y fidelidad incorruptibles.

– ¿Vuelves a las penurias del hospital? -preguntó Lee a Nell mientras bajaban a la ciudad en el funicular.

– Sí.

– ¿Te gusta todo ese ajetreo?

– Sí.

– Pero yo no te gusto -dijo Lee.

– No.

– ¿Por qué?

– Una vez me pusiste en mi lugar. Otto von Bismarck, ¿te acuerdas? -respondió Nell.

– ¡Dios mío! Tendrías seis años. Pero todavía estás resentida, por lo que veo. Es una lástima.

No volvieron a hablarse hasta que llegaron a la estación ferroviaria y él llevó el equipaje de Nell a su compartimiento.

– Esto es verdaderamente suntuoso -dijo ella, echando una mirada alrededor-. Nunca lograré acostumbrarme.

– A su debido tiempo lo lograrás. No reproches a Alexander los frutos de su empeño.

– ¿A su debido tiempo? ¿Qué quieres decir con eso?

– Eso, nada más. Con el tiempo, los impuestos harán que esa… eh… esa exagerada suntuosidad resulte prohibitiva. Pero siempre habrá vagones de primera clase y vagones de segunda clase.

– Mi padre te ama. Daría la vida por ti -dijo ella inopinadamente mientras se sentaba.

– Yo también daría la vida por él.

– Yo lo decepcioné dedicándome a la medicina.

– Sí, es cierto. Pero no lo hiciste por venganza. Eso sí que lo habría afectado de veras.

– Yo debería amarte. ¿Por qué no puedo?

Lee le tomó la mano y se la besó.

– Espero que nunca lo sepas, Nell. Adiós.

Lee se marchó. Nell se sentó mientras sonaba el silbato y el tren comenzaba a dejar oír toda la cacofonía que anunciaba su inminente partida. Y frunció el entrecejo. ¿Qué había querido decir Lee? Después, rebuscó en su bolsa hasta que encontró su manual de medicina; en un santiamén, Lee y la suntuosidad del compartimiento privado de su padre se esfumaron de su mente. El año que comenzaba era el tercero y último, y estaría plagado de exámenes en los que seguramente la mitad de los estudiantes suspenderían. Pues bien, Nell Kinross aprobaría, aunque para ello tuviera que resignarse a no disfrutar de la vida. Novios… ¡Qué chorrada! ¿Quién tenía tiempo para eso?

El verano siguió haciéndose sentir hasta que finalmente exhaló su último aliento, el 15 de abril de 1898.

Anna murió tras una serie de ataques epilépticos el 14 de abril por la mañana temprano. Tenía veintiún años. Su cuerpo fue llevado a Kinross para ser inhumado en el cementerio de la cima de la montaña en un funeral íntimo al que asistieron Alexander, Nell, Lee, Ruby y el reverendo Peter Wilkins. Alexander había escogido el sitio, no lejos del ala de su galería, a la sombra de inmensos árboles gomeros de troncos inmaculadamente blancos; se los podría haber tomado por una hilera de columnas. Elizabeth no asistió al funeral; prefirió quedarse cuidando de Dolly, que retozaba en su piscina, en el otro extremo de la casa. Nell dio por sentado que la puerta se había cerrado para siempre.

Pero más tarde, después de que Lee, Ruby y el señor Wilkins descendieron de regreso a la ciudad, y mientras Nell conversaba con su padre en la biblioteca, Elizabeth fue hasta el montículo de tierra recién removida y depositó allí todas las rosas que pudo encontrar.

– Descansa en paz, mi pobre inocente -dijo, se dio la vuelta y se internó en la espesura.

Hacia el norte, el cielo era una vertiginosa masa de gigantescas nubes de tormenta de color índigo, cuyos bordes se curvaban formando crestas blancas y glaciales que semejaban terribles y rugientes olas marinas; el último aliento del verano prometía desencadenar un verdadero cataclismo. Pero Elizabeth ni siquiera lo advirtió. Siguió avanzando por entre la maleza, rala y seca por la escasez de lluvias, cuyos ocupantes habituales habían desaparecido por temor a la inminente tormenta. Despojada de todo pensamiento consciente, en su mente se entremezclaban miles y miles de recuerdos de Anna que no le dejaban ver el cielo, la espesura o el día, ni tener, siquiera, una imagen de sí misma.

La tormenta se acercaba; una horripilante oscuridad, impregnada de un brillo sulfuroso y del hedor dulzón y nauseabundo del ozono, se cernió sobre la tierra. Sin que nada los anunciara, relámpagos y truenos comenzaron a iluminar el cielo y a invadirlo con su estruendo. Elizabeth no se enteró. Recobró la conciencia cuando lo que parecía una catarata la empapó y, más que nada, porque el sendero por el que había ido abriéndose paso se había convertido en un arroyo cuyo cauce era tan resbaladizo que ya no pudo mantenerse en pie. Así deberían ser las cosas, pensó, como si estuviera soñando, mientras se arrastraba ayudándose con las manos y las rodillas, obnubilada por la lluvia. Así deberían ser. Así deben ser.

– El tiempo ha cambiado, gracias a Dios -dijo Nell a Alexander mientras observaban el estallido de la tormenta desde la ventana de la biblioteca.

De pronto, él saltó como impulsado por un resorte.

– ¡La tumba de Anna! -exclamó-. ¡Tengo que cubrirla! -Y salió a la carrera, sin preocuparse por la lluvia, mientras Nell se dirigía a la cocina y pedía a gritos que alguien lo ayudara.

Cuando regresó, estaba empapado y tiritaba; la temperatura había descendido bruscamente, el frío era insoportable, y el bramido del viento, incesante.

– ¿Estaba todo bien, papá? -preguntó Nell alcanzándole una toalla.

– Sí, la cubrimos con una lona -replicó él, castañeteando los clientes-. Lo extraño es que ya estaba cubierta. De rosas.

– Así que finalmente fue -dijo Nell mientras se enjugaba unas lágrimas-. Ve a cambiarte, papá, o morirás.

No hay ningún peligro de incendio por rayos con este aguacero, pensó Nell, mientras iba en busca de su madre.

Peony estaba dando a Dolly su cena. ¿Tan tarde era?, se preguntó Nell. La tormenta había ocultado el sol; imposible adivinar la hora.

– ¿Dónde está la señorita Lizzy?

Peony levantó la vista; Dolly, sonriente, agitó el tenedor.

– No sé, señorita Nell. Me pidió que me quedara con Dolly…, oh, hará más de dos horas de eso.

En el momento en que Nell se dirigía al vestíbulo Alexander salía de su habitación. Se le veía cansado, pero curiosamente aliviado; con la muerte de Anna, lo peor ya había pasado. Todos podían respirar un poco más tranquilos.