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– Papá, ¿has visto a mamá?

– No, ¿por qué?

– No puedo encontrarla.

Recorrieron la casa desde el ático hasta los sótanos y luego fueron a los cobertizos y las edificaciones de fuera, pero la búsqueda fue infructuosa. Elizabeth no aparecía.

Alexander había comenzado a tiritar otra vez.

– Las rosas -dijo pausadamente-. Se alejó de la casa y está perdida en medio de la tormenta.

– ¡Imposible, papá!

– Entonces ¿dónde está? -preguntó Alexander, repentinamente agobiado, mientras iba hacia el teléfono-. Avisaré a la comisaría. Pediré una patrulla y saldremos a buscarla.

– ¡Ahora no, papá! Es casi de noche y llueve a cántaros. Lo único que conseguirás es que la mitad de la patrulla se extravíe, ¡sólo nosotros conocemos la montaña!

– Está Lee. Él conoce la montaña. Y Summers también.

– Sí. Lee y Summers. Y yo.

Para cuando Lee y Summers llegaron, enfundados en sus suestes e impermeables, Alexander ya había conseguido brújulas, lámparas de minero, botes de queroseno y todo lo que pensaba que podrían necesitar; vestido para afrontar la tormenta, estudiaba un mapa topográfico de la montaña mientras Nell, notoriamente frustrada, iba y venía de un lado a otro.

– Ya eres casi una médica, Nell, te necesito aquí -había dicho su padre cuando ella le pidió unirse a la búsqueda.

Un argumento irrebatible, pero no tener nada que hacer era algo que a Nell no le gustaba.

– Lee, tú te ocuparás del perímetro más alejado, lo que significa que necesitarás mi caballo -dijo Alexander-. Summers y yo buscaremos más cerca de la casa. Entre la tormenta y su estado de ánimo, dudo que haya llegado demasiado lejos. Brandy -agregó luego, ofreciéndoles sendas petacas-. Por suerte, ya no hace tanto frío, pero igual lo necesitaremos.

Lee se veía raro, pensó Nell mientras aminoraba el paso. Sus extraños ojos, casi negros, estaban desmesuradamente abiertos, y los labios le temblaban un poco.

– Será mejor que la encontremos esta misma noche -dijo Summers levantando su mochila-. Cada vez llueve más, el río pronto será un torrente, y puede que mañana estemos todos demasiado ocupados con la inundación y no consigamos formar una patrulla lo bastante grande para seguir buscándola. La rescataremos antes de que se aleje demasiado, ¿ésa es la idea, sir Alexander?

Poco consuelo, pensó Nell, ver cómo los tres hombres se alejaban mientras ella, una estudiante avanzada de medicina, debía quedarse allí, sin poder ayudar en nada. ¡Oh, cómo admiraba a su padre! Se había ocupado minuciosamente de todo mientras esperaba a Lee y a Summers. Había cancelado los turnos nocturnos de la mina, había ordenado que todos los empleados fueran enviados a sus casas, había alertado a Sung Po de la posibilidad de una riada, había hecho convocar voluntarios para que llenaran sacos con arena por si el río se desbordaba. Cuando había tratado de telefonear a Lithgow había descubierto que la línea estaba cortada, de modo que era imposible comunicarse con Sydney.

Oh, Anna, pensó Nell, apilando sus libros de estudio sobre una mesa, ¿qué te hizo la vida que tu partida está tan cargada de dolor?

De pronto apareció la señora Surtees, tratando de disimular su ansiedad.

– Señorita Nell, no ha comido nada. ¿Le parecería bien una tortilla?

– Sí, gracias -replicó Nell con calma-. Eso me gustaría.

Sería mejor no estar demasiado lánguida, se dijo, a la hora de enfrentarse con el resultado de la búsqueda. ¡Por favor, que mamá esté bien!

En esos días, el caballo de Alexander era una bonita yegua alazana, dócil y vigorosa. Lee no se había alejado demasiado cuando se quitó el impermeable y el sueste, los dobló y los guardó en una de las alforjas. El viento había cambiado y soplaba desde el noreste, y por eso la temperatura había subido lo suficiente para atemperar el frío de la lluvia; sería más fácil explorar el terreno sin aquel maldito sombrero azotándole la cara y el impermeable flameando con cada ráfaga. La lámpara de minero, adaptada ópticamente para emitir un haz de luz lo más angosto posible, no había sido diseñada para ser usada bajo la lluvia, pero la luz de los faroles era demasiado débil para esa clase de búsqueda. Lee la mantenía protegida de la lluvia cubriéndola con su sombrero de ala ancha y la cambiaba incansablemente de una mano a la otra mientras hacía avanzar al caballo a paso de tortuga.

La noticia de que Elizabeth había desaparecido lo había herido de muerte, pero aquello era una muerte lenta, no una muerte rápida. Por la tarde, cuando sepultaron a Anna, no la había visto, aunque había olfateado algo en el aire que nada tenía que ver con la inminencia de la tormenta. Como si el miedo, la culpa y el desconcierto estuvieran en el aire. Lo único que sabía era lo que Ruby le había dicho: era suficiente. Habían conversado mucho desde que ella había descubierto lo que él sentía por Elizabeth, y en esas conversaciones Lee había ido enterándose de todo lo que hasta entonces ignoraba acerca de aquel triste e infausto matrimonio.

Su mente se había trastornado, estaba seguro de eso. También Ruby lo estaba. Se lo había dicho al despedirlo en la puerta del hotel.

– La pobrecilla se ha vuelto loca, Lee, y se internó en el bosque para morir, como lo haría un animal herido.

¡Pero no podía morir! ¡No debía morir! Y él no podía dejarla enloquecer. ¿Reemplazar a Anna por Elizabeth en aquella celda? No. ¡No, aunque tuviera que dar la vida para evitarlo! Sin embargo, ¿qué bien podría hacerle su muerte a ella, que ahora lo quería nada más que como a un amigo lejano?

Desmontó y rastreó a pie varias veces, cuando percibía algún leve movimiento que no parecía provenir del follaje agitado por el viento, pero no encontró nada. La yegua alazana, mansa y voluntariosa, avanzaba lentamente y sin quejarse. Pasó una hora, y otra, y otra más; estaba ya a más de tres kilómetros de la casa, y no había la menor señal de Elizabeth. Alexander había decidido usar dinamita para avisar que la habían encontrado, pero Lee dudaba de poder oír la explosión en medio del viento, la lluvia y el murmullo de los árboles. ¡Ojalá que Alexander y Summers la hubiesen encontrado cerca de la casa! Si había llegado tan lejos podría estar a tres metros de él y él podría no verla.

De pronto, mientras cambiaba la lámpara de una mano a la otra por delante de la cabeza del caballo, vio algo que se agitaba en uno de esos arbustos espinosos que tanto molestaban a los que caminaban por el bosque sin estar familiarizados con su vegetación. Sin desmontar, se inclinó hacia el costado y arrancó aquella cosa del arbusto. Un jirón de delgada tela de algodón. Blanco. Ella llevaba puesto un vestido blanco, había dicho Nell, uno de los pocos datos alentadores con que contaban antes de iniciar la búsqueda. Probablemente significara pérdida de la razón más que pérdida de la voluntad de vivir, pensó Lee. Si hubiera querido morir se habría puesto algo negro como la noche.

Había salido del bosquecillo y tomado un camino de caballerías que conducía a la laguna en la que había nadado hacía una eternidad, y en ese momento se preguntó si ella había estado siguiendo ese sendero casi desde la hora en que abandonó la tumba de Anna. Había más señales de su paso por allí. Si se atenía a los surcos marcados en el barro en los puntos del sendero que estaban más protegidos de los elementos podía suponer que tal vez al final había avanzado ayudándose con las manos y las rodillas.

Cuando la vio, acurrucada sobre una roca junto a la laguna, lo embargó una alegría indecible: no estaba muerta. Sentada con el cuerpo encorvado, las rodillas abrazadas y el mentón apoyado en ellas era una pequeña y blanca criatura que ya no podía más con su alma.

Desmontó sin ruido del caballo, ató las riendas a una rama y se acercó a ella silenciosamente, sin saber cómo reaccionaría cuando lo viera, aterrado por la posibilidad de que se asustara y volviera a alterarse. Pero ella siguió inmóvil, a pesar de que un súbito estremecimiento le dio a entender que ella sabía que había alguien a su espalda.