El aspecto de Alexander, en cambio, no era en absoluto de lozanía; tenía los ojos rojos y el rostro demacrado. Aunque era evidente que estaba tratando de mostrarse despreocupado, no lo lograba.
– ¿Tú estás bien, Alexander? -preguntó Lee.
– ¡Oh, Dios, sí, perfectamente! Aquello me asustó un poco, fue algo inesperado. Realmente, nunca podré agradecértelo bastante, hijo -replicó. Miró su reloj de pulsera de oro-. Tengo que llevar a Nell hasta el tren. ¡Qué muchacha tan extraordinaria! Teniéndote a ti otra vez a mi lado, no puedo menos que desearle suerte en la medicina.
Nada que Lee quisiera oír, aunque lo aliviaba que Nell se marchara de Kinross. Una muchacha extraordinaria, sí, pero punzante como una tachuela y nada amistosa con él, ni tampoco, sospechaba, con su propia madre.
Odio todos estos subterfugios, pensó Lee, todo este sigilo. Una sola cosa es peor que tener a Elizabeth de esta manera, y es no tenerla en absoluto. Ni siquiera puedo contar a mi madre lo que sucedió.
No tuvo que contarle nada. En el mismo momento en que entró en el hotel chorreando agua, Ruby lo comprendió todo.
He perdido a mi hijo. Se ha entregado a Elizabeth. Y éste es el único tema del que no me atrevo a hablar con él. Odia el asunto pero la ama a ella. Querer es una cosa, conseguir lo que se quiere es algo muy distinto. ¡Oh, por favor, que esto no lo destruya! Lo único que puedo hacer es encender unas velas en esa morada de la santidad, la iglesia Tyke.
– ¡Dios mío, señora Costevan -dijo el anciano padre Flannery, que siempre concedía a Ruby la dignidad de una mujer casada-, lo próximo que hará usted será venir a misa!
– ¡Uf! ¡Ni se le ocurra! -gruñó Ruby-. No ponga sus esperanzas en eso, Tim Flannery, ¡viejo borracho! Me gusta encender velas, eso es todo.
Y tal vez sea cierto, pensó el sacerdote, apretando el puñado de billetes que ella le había entregado. Era suficiente para beber el mejor whisky irlandés durante meses.
Elizabeth despertó a un mundo completamente nuevo, un mundo que no sabía que existía. Amaba y era amada. Había visto muchas veces a Lee en sus sueños, ¡pero despertar y saber que aquello era real…! Por algún sinuoso y extraño proceso mental, había olvidado totalmente su visita a la tumba de Anna, las rosas, su caminata por el bosque con el instinto ciego de un animal que busca su hogar, como si lo único que quisiera fuera llegar a La Laguna. Lo que sí recordaba era que Lee la había encontrado allí, y todas las emociones y sensaciones maravillosas, hermosas, gloriosas que había experimentado después. ¡Pensar que había vivido veintitrés años como una mujer casada y, en todo ese tiempo, nunca llegó a saber lo que era el verdadero matrimonio!
Ahora percibía su cuerpo de una manera distinta; como si perteneciera verdaderamente a su alma, no como si fuera una jaula en la que su alma estaba prisionera. Cuando despertó no sintió dolores ni molestias, ni siquiera un ligero malestar. Estaba muerta, y Lee me dio vida, se dijo. Casi cuarenta años de edad, y ésta es la primera vez que siento lo que es la felicidad.
– ¡Qué bien! ¡Finalmente, estás en tu sano juicio! -dijo una voz enérgica: Nell se acercó a la cama-. No puedo decir que me hayas tenido preocupada, mamá, pero has dormido casi veinticuatro horas.
– ¿En serio? -Elizabeth bostezó, se desperezó, emitió un sonido que se parecía a un ronroneo.
Los sagaces ojos de su hija estaban fijos en su rostro, y su mirada era de perplejidad; Nell no podía saberlo, pero aquélla era una de esas situaciones a las que se había referido Ruby, en las que por su ignorancia de la vida no podía ver algo que una persona más experimentada habría visto enseguida.
– Te ves absolutamente espléndida, mamá.
– Así me siento -replicó Elizabeth, entrecerrando los ojos-. ¿He causado muchos problemas? No fue mi intención.
– Estábamos desesperados, sobre todo papá, me tuvo muy preocupada. ¿Te acuerdas de lo que hiciste? ¿O de lo que estabas pensando?
– No -repuso Elizabeth, y no mentía.
– Debes de haber caminado varios kilómetros. Fue Lee quien te encontró.
– ¿De veras? -preguntó, y levantó la vista para mirar a Nell con una expresión de ligera curiosidad. Elizabeth era una experta en secretos.
– Sí. Se llevó el caballo de papá. A ninguno de nosotros se nos ocurrió que pudieras andar a la velocidad de la luz en medio de semejante tormenta, así que suponíamos que Lee era el que tenía menos probabilidades de encontrarte. Papá habría preferido ser él quien te encontrara. -Nell se encogió de hombros-. De todas formas, no importa quién te encontró, lo importante es que alguien lo hiciera.
No, pensó Elizabeth, lo importante es que Alexander calculó que yo no debía de haberme alejado mucho. Si Alexander hubiera salido a buscarme a caballo, me habría encontrado él, y yo seguiría siendo su prisionera.
– Supongo que estaría hecha un asco… -aventuró.
– ¡Ésa es una forma suave de decirlo, mamá! Estabas llena de lodo, barro, Dios sabe qué… Pearl y Silken Flower tardaron una eternidad en bañarte.
– No recuerdo que me bañaran.
– Porque estabas profundamente dormida. Yo tuve que sentarme detrás de la bañera y sostenerte la cabeza para poder mantenerla fuera del agua.
– ¡Dios mío! -Elizabeth, sentada en el borde de la cama, balanceó las piernas-. ¿Cómo está Dolly? ¿Qué sabe?
– Sólo que has estado enferma, pero que ahora ya estás bien.
– Sí, estoy bien. Gracias, Nell, me gustaría vestirme.
– ¿Necesitas ayuda?
– No, puedo hacerlo sola.
Inspeccionó su cuerpo en dos grandes espejos y comprobó cortes y magulladuras en abundancia -lo extraño era que no le dolían-, pero nada que traicionara lo que había sucedido en La Laguna. Cerró los ojos, aliviada.
Alexander fue a verla un poco más tarde. Con los ojos muy abiertos, Elizabeth lo miró como si no lo hubiera visto nunca en su vida. ¿Cuántas veces le había hecho el amor desde la noche de bodas hasta el comienzo de su enfermedad, cuando ella quedó embarazada de Anna? No las había contado, pero eran muchas. Sin embargo, ella nunca lo había visto desnudo, ni había querido verlo. El se había dado cuenta, y no intentó imponerle esa condición. Pero sólo ahora, debido a lo que ella y Lee habían hecho juntos, comprendió de verdad. Donde no hay ni amor ni deseo físico, le decía su nuevo modo de ver el mundo, nunca puede ocurrir nada que mejore las cosas. Y sí, Alexander había hecho todo lo posible para cambiar la situación. Pero era un hombre dinámico, simple, cuyos deseos físicos reflejaban su temperamento; de ninguna manera irreflexivo sino más bien instruido. Nunca temblé de deseo por él, pensó. No hay nada en él, nada que él pudiera hacerme, capaz de elevarme a ese estado de excitación y éxtasis que acabo de conocer con Lee. Ya no podría soportar que hubiera un simple jirón de ropa entre mi cuerpo y el de Lee si pensara que podría alejarlo de mí. No me importaría que el mundo entero nos estuviera observando, o que se terminara el mundo, si las manos de Lee tocan mi piel y mis manos la suya. Cuando él dijo que siempre me había amado y que siempre me amaría, me sentí feliz. ¿Cómo puedo contarle algo así a este hombre? Aunque hiciera el esfuerzo de escuchar, ni siquiera comenzaría a comprender. No sé qué pasará entre él y Ruby. No tengo otro criterio para imaginarlo que lo que ha pasado entre Alexander y yo, así que ¿cómo podría saberlo? Pero desde hoy todo ha cambiado, todo es diferente, todo es una fuente de asombro. He experimentado un milagro: la unión con mi amado.
Alexander la miraba como a alguien que sabía que debía conocer, pero a quien no conocía. Su rostro estaba surcado por arrugas y se le veía más viejo de lo que ella recordaba; ¡le pareció que había transcurrido una eternidad desde que Anna había muerto! Ella sentía que él había perdido su esencia, pero lo miró con su tranquilidad habitual, y le dedicó una sonrisa.