Alexander le retribuyó la sonrisa.
– ¿Tienes apetito para desayunar?
– Gracias, bajaré enseguida -repuso ella serenamente.
Un momento después se sentaban juntos a la mesa del invernadero, sobre cuyo techo transparente las gotas de lluvia repiqueteaban tan rítmicamente que los vidrios parecían murmurar una música inefable.
– ¡Tengo hambre! -dijo Elizabeth, sorprendida, mientras contemplaba las costillas de cordero, los huevos revueltos, el tocino y las patatas fritas y decidía qué quería comer.
Nell se había unido a ellos. Pronto volvería a Sydney.
– Debes dar las gracias a Lee, Elizabeth -dijo Alexander, inapetente.
– Si insistes… -dijo ella, devorando una tostada.
– ¿No le estás agradecida, mamá? -preguntó Nell, sorprendida.
– Por supuesto que sí -replicó Elizabeth, mientras se servía una costilla.
Alexander y su hija intercambiaron una mirada pesarosa y cambiaron de tema.
Después de haber comido hasta hartarse, Elizabeth fue a ver a Dolly. Nell, que estaba a punto de acompañarla, fue retenida por su padre.
– ¿Está bien de la cabeza? -preguntó él-. Parece muy poco afectada por lo que ocurrió.
Nell reflexionó acerca de la pregunta, y luego asintió con un gesto.
– Creo que sí, papá. Al menos, tan bien como siempre. Usaste la expresión exacta. Mamá está un poco loca.
Cuando se dio cuenta de que Elizabeth había desaparecido, Alexander sufrió una conmoción tal que supo que, en algún sentido, nunca podría superarla. Durante la mayor parte de los últimos veintitrés años había concebido a Elizabeth como una espina clavada, como una criatura formal, remilgada, frígida, con la que se había casado invocando las peores razones. Se había hecho cargo de la culpa porque el único responsable de aquellas malas razones era él, no ella, y trataba de enmendar su error. Pero la creciente aversión que ella sentía por él lo había herido hasta el tuétano, y desencadenó en él una serie de reacciones fundadas en el orgullo, el resentimiento, el amor propio. El amor por ella, que él sintió apenas se consumó la unión, ella lo había rechazado, así que él atribuyó la infelicidad que fue ensombreciendo la vida de ambos a medida que transcurría el tiempo a ella y a su actitud de rechazo. Y se convenció de que su amor por ella había muerto. Claro que, ¿cómo podía no morir si lo había sembrado en un suelo tan inhóspito? Y, en algún momento, había perdido de vista todo salvo su frustrado impulso de conquista. Y empezó a verla como una barra de hielo. ¿Cómo podía uno conquistar una barra de hielo? Uno la aferraba y se derretía en un santiamén, y el agua se escurría entre los dedos.
Pero mientras la buscaba, envuelto en un frenesí de miedo y culpa, comprendió por primera vez en el curso de su prolongada relación cuan terriblemente la había defraudado. Todo lo que él le había dado eran cosas que ella no quería; todo lo que él no le había dado era cuanto ella deseaba. Para él, el amor era sinónimo de regalos fabulosos y lujo extremado. Para ella no. Para él, el amor era sinónimo de satisfacción sexual plena. Para ella no, o si lo era, él no era el hombre que podía procurársela. Un fuego ardía en ella, ahora estaba seguro, pero no ardía por él. Y lo que se preguntaba una y otra vez mientras la buscaba era dónde y por qué había empezado a erosionarse la estima que ella sentía por él. Pero el pánico que lo atenazaba era demasiado grande para que pudiera comprender el dónde o el porqué. Sólo tenía conciencia de que, después de todo, el amor que sentía por ella y que durante tantos años había dado por muerto estaba vivo. Una emoción mezquina, no correspondida, tan ofensiva para su integridad personal que la había borrado de su mente. Ahora había vuelto a surgir, empujada por el horror de imaginar que había enloquecido y estaba muerta. Si era así, la culpa era de él. De él y de nadie más.
Y estaba Ruby. Siempre estaba Ruby. Una vez, recordó Alexander, le había preguntado si un hombre podía amar a dos mujeres al mismo tiempo; ella había desestimado la pregunta con cierta malicia, pero lo hizo en defensa de sus propios intereses. No obstante, ella debía de haber sabido que él las amaba a las dos, porque se unió incondicionalmente a Elizabeth. Él había pensado que se trataba de una actitud caritativa, como la que adopta un vencedor. Ahora comprendía que había sido un modo seguro de conservar esa parte de su amor que le pertenecía a ella. Aunque él no hubiese amado a Elizabeth, de todos modos las dos mujeres de su vida se habrían hecho amigas, tal vez, pero menos íntimas. Él era, lo admitía, uno de esos hombres a los que les gusta estar en misa y repicando. Ruby significaba más en su vida; Ruby era amor romántico, sexo, intimidad, una emoción ilícita, y esa curiosa combinación de amante, madre y hermana en que se convierte la mujer amada para el hombre. Pero él había vivido su vida con Elizabeth, había tenido hijos con ella, había compartido con ella los tormentos de Anna y Dolly. Y para eso hacía falta amor; de lo contrario, se habría desentendido de ella.
Así que cuando Lee atravesó el jardín y se la entregó, Alexander experimentó una iluminación que lo hizo sentirse más humillado que un soldado que se rinde ante el enemigo. Tenía una deuda con su esposa, y la única moneda con la que podía pagarla era abrir la jaula y dejar al pájaro en libertad.
Después de cinco días, la lluvia cesó. La ciudad de Kinross, que había estado a punto de inundarse, lo agradeció. Si Alexander hubiese sido menos precavido y hubiese dejado el río como había quedado después de la explotación del oro de placer, la inundación habría sido inevitable, pero había construido defensas en las orillas y orientado el curso hacia un cauce dragado hasta una profundidad suficiente para contener la crecida.
Siete días después de su desaparición, Elizabeth montó a Cloud y emprendió su habitual paseo a caballo. Una vez que se hubo alejado de las inmediaciones de la casa cambió de rumbo, se internó en la espesura del bosque y dejó que la yegua escogiera el camino entre los cantos rodados y los obstáculos a lo largo de casi dos kilómetros antes de regresar al conocido sendero que conducía a La Laguna.
Lee, que estaba allí esperando, se acercó a Cloud y tendió los brazos hacia Elizabeth para recibirla. Besos más salvajes y más apasionados, un hambre que ni siquiera ella había imaginado; no podía esperar a que él la tocara, la desnudara, la poseyera. Y siempre esas sensaciones desconocidas de éxtasis, la inmersión de todo su ser en el crisol del amor. Luego, la llevó a La Laguna y le hizo el amor en lo que parecía el hábitat natural de ambos, el agua.
Cuando salieron de La Laguna ella le soltó el pelo, fascinada por lo largo y abundante que era, jugó con sus cabellos, los entrelazó con los suyos, acarició sus pechos con ellos, enterró su cabeza en ellos. Le contó lo que había sentido aquella vez que lo había visto nadar en La Laguna, y le dijo que nunca había podido borrar esa imagen de su memoria.
– No sabía que podía ocurrir algo así entre un hombre y una mujer -dijo ella-. He descubierto un mundo totalmente nuevo.
– No podemos quedarnos aquí mucho tiempo más -fue la respuesta de Lee. ¿Por qué era siempre él quien los hacía volver al mundo real? Después, él le contó lo que lo obsesionaba desde el día en que la había encontrado-. Elizabeth, mi amor, se supone que no debes hacer esto. Sé que podemos hacerlo, pero sólo después de que haya consultado a Hung Chee, que conoce el calendario de los ciclos femeninos. Hasta ahora no hemos sido precavidos, y tú no puedes quedarte embarazada. Para ti sería una condena a muerte.
Ella se echó a reír, una risa despreocupada que resonó alegremente en el bosque.
– Querido Lee, ¡no hay ningún motivo para que nos preocupemos! ¡De verdad! ¡Ninguno! Si tuviera un hijo tuyo no me pasaría nada malo. Si tuviera la suerte de quedar embarazada de ti, no sufriría una eclampsia. Estoy tan segura de eso como de que mañana saldrá el sol.