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Alexander bajó a las torres de perforación en el funicular; Lee subió por el sendero. Era 24 de abril, uno de esos días idílicos de mediados de uno de esos otoños que a veces suceden a un verano que ha durado demasiado y ha sido demasiado caluroso; una brisa perfumada llegaba desde el acre bosque recientemente refrescado por la lluvia, el sol era más tibio, unas pocas y abultadas nubes erraban por el cielo como si estuvieran perdidas.

A esa hora de la mañana las torres de perforación estaban casi desiertas. Alexander se encontraba junto a un enorme compresor de aire alimentado por una máquina de vapor, razón por la cual no se lo podía instalar en el interior de la mina: despedía demasiado humo y gases tóxicos. Cuando había reemplazado los taladros manuales por taladros neumáticos para perforar los agujeros destinados a las cargas, y los picos por martillos neumáticos de percusión para romper la superficie de la roca, había tenido que inventar una forma de suministrar aire comprimido a esas máquinas, instaladas a una distancia de cuatrocientos o quinientos metros del compresor. Una gran tubería de acero llevaba el aire hacia abajo, a un tanque cilíndrico de acero de un metro con ochenta centímetros de diámetro y tres metros con sesenta centímetros de longitud que estaba colocado en el suelo de la galería; desde allí, tramos de tubería de acero conducían el aire comprimido hasta los taladros y los martillos.

Sin embargo, perforaciones y voladuras no eran cosa de todos los días, y nunca se hacían en más de un túnel por vez. Alexander quería alimentar eléctricamente el compresor de aire, pero prefería esperar a que los motores eléctricos se perfeccionaran. Mientras tanto el único modo de hacerlo era mediante el vapor, de modo que aquel compresor era uno de los más grandes del mundo, si no el mayor de todos.

– Tu charla en privado puede esperar -fue el saludo de Alexander-. Quiero ir al túnel número uno para echar otro vistazo.

Se subieron a un montacargas y descendieron cuarenta y cinco metros, hasta la vasta galería principal, iluminada por completo con luz eléctrica; de vez en cuando aparecían hombres empujando por una vía pequeños contenedores cargados de mineral hacia el extremo abierto de la galería, donde había un desnivel de unos quince metros que conducía a los grandes contenedores del pasillo principal. Cuando el contenedor pequeño llegaba al borde se lo inclinaba mediante una palanca y su contenido iba a parar a uno más grande instalado abajo. Fuera del pasillo, un motor trasladaba los contenedores grandes hacia el exterior por un cable de acero hasta el punto en que podían ser enganchados a una locomotora y llevados a los cobertizos de clasificación y trituración. El polvo saturaba el aire, que se renovaba permanentemente gracias a ventiladores eléctricos que lo inyectaban y otros que lo extraían. En las tres cuartas partes ciegas de las paredes de la galería los túneles se internaban en la montaña, algunos en línea recta, algunos hacia arriba, otros hacia abajo, y los más recientes se ramificaban muchas veces.

Entraron juntos en el túnel número uno, el más antiguo y el más explotado, iluminados por la luz eléctrica; como ya no se explotaba no encontraron a nadie. Con su inveterada previsión, Alexander lo había hecho apuntalar más que adecuadamente con enormes vigas, aunque Lee sabía que en esa parte de la montaña el granito no tenía suficiente arenisca para que hubiera alguna probabilidad de derrumbe.

Fue una caminata de trescientos metros, marcada por el húmedo chapoteo y las salpicaduras de sus botas, y el lento y constante gotear del agua que se escurría por la presión de la trituración de la montaña. En ese clima, no había el menor peligro de que el agua se congelara y actuara como una cuña capaz de dividir los estratos. Eso sólo podía ocurrir cuando se hacía una voladura, la más delicada y exigente de todas las operaciones de una explotación minera, que era la razón por la cual, si la voladura era grande o poco común, Alexander prefería hacerla en persona.

Finalmente, llegaron al extremo ciego del túnel número uno y encontraron algunos elementos ya preparados para la voladura: una bobina de cable aislado, un taladro neumático Ingersoll colocado sobre un trípode, el último tramo de tubería de acero que provenía del cilindro de aire comprimido de la galería y una caja de herramientas. Un extremo de una pesada manguera de goma estaba sujeto mediante abrazaderas de acero a la tubería, y el otro, al taladro. Los detonadores y la dinamita no aparecerían hasta que llegara el momento de instalar las cargas, y serían llevados hasta allí debidamente custodiados. El depósito en el que se guardaban los explosivos era un bunker de hormigón, y sólo cuatro personas tenían sendas llaves: Alexander, Lee, Summers y Prentice, el supervisor de las explosiones.

– En cierto modo, esta voladura es un experimento -dijo Alexander después de que ambos hubieron pasado la mano por la relativamente suave superficie de la roca con la misma delicadeza con que habrían acariciado la piel de una mujer. Las luces iluminaban con gran intensidad la roca, haciendo que cada una de las líneas de falla saltara claramente a la vista-. No hay más oro hasta por lo menos unos seis metros de profundidad, así que quiero extraer más roca que lo habitual. Empezar en la mitad de esa falla, y luego hacer explotar el resto de las cargas concéntricamente. Cada sector estará cableado en serie. Yo mismo voy a hacer las perforaciones.

Lee lo escuchaba con cierta perplejidad; nadie dominaba este arte como Alexander, pero no parecía muy dispuesto a hablar.

– ¿Qué volumen de roca te propones derribar? -preguntó Lee con un escalofrío.

– Unas pocas toneladas.

– Si fueras cualquier otra persona, te lo prohibiría, pero no puedo decirle eso al amo.

– Por supuesto que no puedes.

– Pero ¿estás seguro? No lo analizaste conmigo.

– Éste es el viejo y querido número uno. Y él me aprecia.

Se volvieron para regresar a paso lento a la galería.

– ¿Cuándo piensas hacer la voladura?

– Mañana, si hace un día tan espléndido como hoy, sin viento que perjudique a los pozos de ventilación -replicó mientras señalaba un montacargas-. ¿Arriba o abajo?

– Arriba.

Ya no podía postergar más la revelación. Lee respiró profundamente; tenía la boca seca. Había pasado toda la noche ensayando mil versiones de lo que iba a decir, eligiendo o descartando las palabras. Ensayando el discurso más importante de su vida.

– Veamos, ¿de qué se trata ese asunto tan privado? -preguntó Alexander con vehemencia.

La máquina de vapor que alimentaba el compresor era tan grande que podía poner en marcha una locomotora de carga, así que hacía mucho ruido mientras abastecía de aire al cilindro de la galería y sus tuberías. En el otro extremo, el resoplido del motor de las torres de perforación era menos ruidoso; un fogonero manejaba diestramente su sucia pala, mientras otro hombre revisaba el panel de control.

– Por aquí -dijo Lee, llevando a Alexander a un punto del parapeto del saliente de piedra caliza alejado de las máquinas, las torres de perforación y los trabajadores. No había dónde sentarse, así que se puso en cuclillas. Alexander lo imitó.

Lee levantó del suelo una hoja seca como si quisiera estudiarla, y comenzó a resquebrajar su frágil consistencia. Y al final, por supuesto, se dio cuenta de que todo lo que había ensayado se había borrado de su mente. Lo único que podía hacer era dejarlo salir.

– Te he querido más que a mi padre, Alexander, pero te he traicionado -dijo haciendo trizas la hoja-. No ha sido una traición planeada ni premeditada, pero ha sido una traición al fin. No soporto vivir en la mentira. Tienes que saber.

– ¿Saber qué? -preguntó Alexander, tan tranquilamente como si Lee fuese a revelarle una malversación mínima, una pequeña estafa.