– Palabra de honor, Alexander.
– Entonces el asunto está concluido. Mañana, después de la voladura, te daré una respuesta. ¿Estarás allí?
– Si tú quieres…
– Por supuesto que quiero. Summers es un inepto y Prentice me saca de quicio. Si está haciendo la voladura no hay ningún problema, pero si la hago yo revolotea de un lado a otro como un moscardón.
– Soy consciente de todo eso -dijo Lee con afabilidad.
– Y yo soy consciente de que eres consciente. Es que estoy un poco alterado por la noticia que me has dado. Te agradezco tu sinceridad, Lee, te lo agradezco mucho. Sabía que no me equivocaba contigo y quiero disculparme por la forma en que te traté aquella vez, en mil ochocientos noventa. Estaba un poco engreído. -Dio una patada en el suelo, que sonó un tanto hueco-. Ahora he vuelto a ser el de antes. Nadie podría contar con un colaborador más leal o más capaz, y algún día tú serás un excelente jefe. -Carraspeó. En sus labios se dibujó una expresión sardónica-. Pero estoy eludiendo la verdadera cuestión, que es que tengo que encontrar una solución para conservarte a ti y, al mismo tiempo, liberar a Elizabeth.
– Creo que eso es imposible, Alexander.
– Nada es imposible. Nos vemos mañana a primera hora, a las ocho, en la galería principal. Lo más probable es que esté en el túnel número uno, pero no entres. Orden del responsable de explosiones.
Y se alejó en dirección al funicular mientras Lee iba hacia el sendero.
De pronto, Alexander lo llamó.
– ¡Lee!
Lee se detuvo y se dio la vuelta.
– Hoy es el cumpleaños de Dolly. A las cuatro, en casa.
Había olvidado el cumpleaños de Dolly, pensó Lee agobiado mientras se ponía un traje oscuro; si la fiesta iba a ser a las cuatro no debía vestir un traje tan formal, aunque por supuesto los adultos se quedarían a cenar después de la fiesta de cumpleaños. Constance Dewy estaría allí.
Vio que Ruby bajaba de sus habitaciones y la esperó. ¡Qué hermosa era! Su silueta se había estilizado, si es que eso era posible, y parecía que sus huesos eran más livianos que cuando él era niño, una época en la que estaba de moda la voluptuosidad y a los hombres les encantaba esa clase de mujeres. Su vestido era de crespón de seda francés verde como sus ojos, el corpiño y las mangas damasquinados en rosa y la falda hasta las rodillas era dentada y terminaba en borlas. La parte de abajo, que llegaba hasta el suelo, era rosa, igual que sus guantes de cabritilla. El pequeño sombrero verde de ala curvada que enmarcaba su pelo rojo dorado estaba adornado con rosas.
– Estás para comerte -dijo Lee, besando su tersa mejilla con los ojos cerrados para apreciar el perfume de gardenias que emanaba de ellas.
Ella gorjeó.
– Espero que Alexander piense lo mismo.
– No deberías decir cosas así a tu hijo.
– Vamos, al menos tú sabes lo que quiero decir, lo que es un buen augurio para tus aves del paraíso.
– Mis aves del paraíso prefieren la emoción que procuran los diamantes.
Subieron en el funicular. Alexander, Elizabeth y Constance ya estaban en el pequeño comedor, adornado con guirnaldas. Todos tuvieron que usar un sombrero especial para la fiesta de cumpleaños. Constance los había comprado en Bathurst, donde un emprendedor tendero chino había aprovechado la destreza china para trabajar los más delicados papeles de colores; vendía serpentinas, sombreros para fiestas, manteles y servilletas, y exquisitos papeles para envolver los regalos.
Cuando Peony llevó allí a Dolly con algún pretexto todos comenzaron a cantar a coro el Feliz cumpleaños y, para su alegría, la colmaron de regalos. Pero fue, también, una fiesta de cumpleaños triste: no había niños de su edad entre los invitados. ¿Qué se le regala a una niña de siete años? Lee había encontrado una de esas muñecas rusas dentro de las cuales aparece una segunda, más pequeña, y luego otra aún más pequeña dentro de la segunda, y así sucesivamente. Ruby le regaló una muñeca de porcelana, alemana, con brazos y piernas articulados, vestida a la última moda, con una mata de pelo auténtico, pestañas de verdad en torno a unos ojos estriados que se abrían y se cerraban, y unos labios rojos entreabiertos que dejaban ver los dientes y una lengua que se movía cuando se la tocaba. De Alexander recibió un triciclo, y de Elizabeth un brazalete de oro con eslabones en forma de corazón y, en la parte superior lo que sería su primer amuleto, una estilizada herradura de la suerte de oro. El regalo de Constance fue una enorme caja de bombones.
Dolly sopló las siete velas de su pastel, amorosamente preparado por Chang y glaseado en su color favorito, el rosa.
– Sin duda pasará la noche con indigestión -dijo Constance cuando se retiraron a la sala tras algunos juegos y después de la visita a los establos para ver el regalo más valioso, un poni de raza Shetland.
– No te preocupes -la tranquilizó Elizabeth-. Peony le hará beber un poco de la poción digestiva mágica de Hung Chee después de que vomite todos esos dulces. Dormirá plácidamente.
Ni siquiera Alexander habría podido advertir que su esposa estaba liada en un amorío, pensó Lee. Ni una sola vez Elizabeth puso los ojos en él por más tiempo del que habría sido conveniente.
La cena fue un poco más frugal que lo habitual; el pastel de cumpleaños y los bocadillos ligeros no son un buen primer plato. Cuando hubieron terminado el plato principal, Alexander se puso de pie.
– Disculpen, debo ir a la mina. Tengo trabajo pendiente allí.
– Iré contigo y te echaré una mano -propuso Lee.
– Gracias, pero es mi fiesta. La celebraré en soledad.
– ¿Ni siquiera te llevarás a Summers? -preguntó Lee.
– Ni siquiera a Summers.
– ¿Cómo está su pobre mujer? -preguntó Constance.
– Loca de remate, pero por lo demás notablemente sana.
– Una historia muy triste…
– Ya lo creo -asintió Alexander, y desapareció.
Se había mostrado imperturbable durante la inesperada confesión de Lee, pero lo cierto era que no podía quitársela de la cabeza. Nunca había imaginado que Elizabeth pudiese estar enamorada de Lee. Tiene buen gusto, recordó haber pensado mientras Lee hablaba, éste es un hombre absolutamente honesto y decente. Lee tampoco había cometido la grosería de mencionar a la madre de Alexander y su secreto, aunque obviamente la tenía muy presente. Se supone que el amor es ciego, y sin embargo Lee era lo suficientemente perspicaz para advertir cuánto disfrutaba Elizabeth con el secreto. Si tuviera un hijo y Lee no hubiese dicho nada, Elizabeth no habría revelado jamás quién era el padre. Porque vivía en el secreto. Eso era lo que sucedía cuando las confesiones juveniles se castigaban sin piedad, cuando no se pensaba que tras ellas había un deseo de decir la verdad y, por lo tanto, no se las consideraba dignas de elogio. De modo que ella había aprendido a no confesar sus secretos; es más, había aprendido a guardar tan bien sus secretos que ni siquiera sabía cuáles eran los motivos que la llevaban actuar así.
Y él, Alexander, no había sido un amigo para ella. Se había ocupado demasiado de vestirla como correspondía, de cubrirla de joyas, de educarla para que se convirtiera en la señora de sus posesiones. Cuando había hablado con ella lo había hecho como un maestro, y sobre temas que a ella le eran completamente indiferentes: la geología, la minería, sus ambiciones. Tendrían hijos para satisfacer sus ambiciones. ¿Qué le importaba a ella que tal acantilado fuese pérmico o tal estrato silúrico? Sin embargo, de eso era de lo que le había hablado en el viaje a Kinross. No de cosas que a ella pudieran interesarle, sino de cosas que le gustaban a él. ¡Oh, si se pudiera volver atrás en el tiempo! ¡Si al menos hubiera sabido que él era la personificación del retrato de Satanás que tenía el doctor Murray en la rectoría! Por más que le hubiesen informado acerca de la mecánica, había llegado al lecho conyugal muy mal preparada. En la Escocia rural las jóvenes estaban demasiado protegidas, eran muy ignorantes… Entre la descripción, probablemente escuchada de boca de alguna bruja misantrópica, y el acto, había una brecha que sólo una larga preparación podía cerrar.