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Él no se había preocupado por preparar a Elizabeth. No la había cortejado, se había limitado a poseerla. Una mina de oro lista para ser explotada. Debería haber habido un período de tranquilas cenas a solas, de flores más que de diamantes, de besos conseguidos después de haberlos pedido, un período de lento despertar del deseo que la predispusiera a mayores intimidades. Pero no. ¡El gran Alexander Kinross no podía permitirse algo así! La había conocido, se había casado con ella al día siguiente y se había metido en su cama después de un beso en la iglesia. A los ojos de ella, había actuado como un verdadero animal. Un error tras otro, ésa era la historia de su relación con Elizabeth. Y, para él, Ruby siempre había sido más importante.

Pero sólo después de que ella desapareciera comprendió realmente lo que él había suscitado en Elizabeth. El dolor, la decepción. Ella no había tenido la oportunidad de elegir.

No me extraña que me rechazara desde el principio, se dijo. No me extraña que enfermara cuando se quedó embarazada de mis hijas. No quería que yo fuera el padre de sus hijos, por más que no había encontrado un hombre a quien querer. Ahora que sé lo de Lee, estoy seguro de que puede quedarse embarazada, aun a su edad, sin el menor peligro. ¡Estoy feliz de haberme enterado de que ama a Lee! Es el hombre perfecto para ella.

El túnel número uno era un refugio con el que podía contar; el turno no terminaría hasta la medianoche y los mineros que trabajaban en los túneles número cinco y número siete sabían que él estaba trabajando en el uno. Si no llamaba a nadie, lo dejarían tranquilo.

El compresor era magnífico; inyectaba suficiente presión de aire al taladro, incluso a pesar de la distancia a la que estaba, así que él estaba encantado con el rendimiento de su taladro Ingersoll. Era casi nuevo y funcionaba a la perfección.

Había planeado colocar las cargas a unos tres metros y medio de profundidad, y ya hacía varios días que tenía un esquema de cómo hacerlo; ésa era la razón de que hubiese rechazado la ayuda de Lee. Lee le habría hecho muchas preguntas, sabía demasiado sobre el tema. De todas formas, no necesitaba ayuda. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo, y podía hacerlo mejor y más aprisa si trabajaba solo. En el primer agujero, la mecha del taladro perforó el vacío unos treinta centímetros antes de lo que él había calculado. Tenía razón, allí había una falla. No obstante, siguió taladrando, y volvió a encontrar aquel vacío a la misma profundidad que en los casos anteriores. Y a medida que taladraba, pensaba.

¡Qué vida tan grandiosa había vivido! ¡Qué vindicación! La verdadera receta para el éxito eran el trabajo constante, la inteligencia y la ambición. Nunca he dado un paso en falso en ninguna de mis apuestas, desde el oro hasta el caucho, y si en algo he fracasado, ha sido más bien en mi vida privada. Sir Alexander Kinross, Caballero de la Orden del Cardo, ¿no me veía demasiado ampuloso con esas ropas? ¡Cuánto he disfrutado! Los triunfos, los viajes, las aventuras alocadas, el oro que se amontonaba en el Banco de Inglaterra, la satisfacción de haber construido una ciudad modelo adelantada una generación a su tiempo, el saber que todos los hombres públicos tienen su precio y el placer de comprar a esos políticos estúpidos y codiciosos. ¿Qué importa el dinero si al recibirlo un hombre se convierte en el esclavo de otro? Sí, he disfrutado a lo grande los cincuenta y cinco años de mi vida.

Se lió un pañuelo en la cabeza y siguió trabajando con la destreza y la seguridad de siempre.

A pesar de todo el sufrimiento que le había acarreado el matrimonio, Elizabeth le había dado una hija maravillosa que seguramente triunfaría en la carrera que había elegido si, por supuesto, no decidía convertirse en mártir. Nell, él se había dado cuenta de ello, era una altruista, y eso sin duda lo había heredado de su madre. Lo único que no había logrado era un hijo varón que lo heredara. Nunca debería haber escrito a Escocia pidiendo una esposa; debería haberse casado con Ruby, la esposa de su corazón, porque ella era la mujer de cuerpo exuberante y lozano con la que él congeniaba. Pero no por su espléndido físico, sino más bien por su ingenio chispeante y obsceno, por su cáustica sabiduría, por su sentido del ridículo, por su pantagruélico deseo de vivir. Ruby era única entre muchos millones. La había decepcionado a ella también, y eso le dolía tanto como la certeza de haber decepcionado a Elizabeth. Amaba a las dos, y las había decepcionado a ambas.

Pero tenía una deuda con Elizabeth y ya era hora de saldarla. Amarla y, sin embargo, no haber logrado hacerla feliz era imperdonable. Lee era perfecto para Elizabeth, sí, pero ¿cómo se las arreglaría para convivir con una mujer cuya reserva la convertía en una fortaleza inexpugnable? Era evidente que él estaba profundamente enamorado de ella, pero el suyo era un amor cortés como el de los tiempos medievales, un cortejo casto, sin esperanzas y en la distancia. ¿Podría pasar de la desesperanza a la esperanza realizada? ¿ La Elizabeth con la que había soñado durante diecisiete años sería la Elizabeth con la que habría de convivir? Eso era algo que Alexander no podía saber. Tampoco quería averiguarlo.

De pronto, pensó en Sung. ¡El viejo y querido Sung! Jamás nadie había tenido un socio mejor para una empresa tan ambiciosa. Lee había heredado de él su sentido del honor, por supuesto. Un hecho curioso teniendo en cuenta que el padre no se había ocupado personalmente de aquel hijo mestizo ni se había interesado demasiado por su suerte. Los hijos chinos de Sung eran, en todo caso, más extranjeros que el propio Sung: habían recibido una educación completamente diferente. Alexander se inclinaba a pensar que Lee había salido ganando. La situación de los chinos empeoraría después de que las colonias se convirtieran en una federación independiente, pero Alexander estaba convencido de que los chinos que ya estaban en Australia se quedarían allí. Era una verdadera estupidez que se desperdiciara así la inteligencia y el talento del mundo de los que no eran blancos.

La evocación de Anna fue una verdadera tortura, no podía sino asociarla con Jade, Sam O'Donnell y Theodora Jenkins. Ella era un ejemplo perfecto de cómo el amor podía arruinar una vida. La muy estúpida se había marchado de Kinross y ahora vivía en Bathurst, sumida en la pobreza, remendando ropa y dando clases de piano. Todo porque no había podido aceptar que su amado era un violador. Jade, una pequeña silueta negra que se balanceaba delicadamente colgada de una soga cuyas cenizas cubrían el barato ataúd de Sam O'Donnell. Ésa había sido una buena idea de Sung. Después de aquella lluvia sin precedentes, los huesos en descomposición de O'Donnell quedarían atrapados en la telaraña de su verdugo.

¿Y qué decir de Anna? Una pobre chiquilla inocente. Una tragedia tan inexorable e inevitable como un témpano de hielo que se precipita al valle desde la cima de la montaña. Aunque no fuera más que por eso estaba en deuda con Elizabeth, que había sobrellevado la peor parte de esa tragedia. Pues bien, tenía que darle la oportunidad que se merecía y rogar que no fuera demasiado tarde. Lee le pertenecía de por vida, pero ¿sería eso lo que ella quería una vez que lo hubiera conseguido? Y él, ¿comenzaría a herirla y violentarla? No, pensó, si ella puede darle hijos. Para ella serán hijos deseados. Me pregunto si alguno de ellos se parecerá a Ruby. ¡Eso me gustaría!

Terminó de hacer las perforaciones. Recorrió lentamente el túnel hasta el sitio al que Summers acababa de llegar con una carretilla de cuatro ruedas en la que llevaba una caja de dinamita, sales minerales, algodón pólvora, cable de platino y detonadores. ¡Cómo vuela el tiempo!, pensó Alexander, mientras miraba su reloj. Las agujas estaban una sobre otra, marcando las seis y media. Nueve horas para hacer las perforaciones. Nada mal para un hombre maduro.