– Sé que en su nota pedía una caja entera de dinamita al sesenta por ciento, sir Alexander, pero ¿no es mucho?
– Muchísimo, Summers, pero lo que tenía en la otra caja no me servía. Vamos a ver -replicó Alexander mientras levantaba la tapa de la caja, escudriñaba las ordenadas hileras de cartuchos marrones y tomaba uno para sopesarlo y olerlo. Un momento después, asentía con la cabeza-. Este lote servirá. Me lo llevaré.
– Ojalá yo no fuera tan torpe con los explosivos -dijo Summers, afligido, y comenzó a empujar la carretilla en dirección al túnel número uno.
Alexander le ordenó que se detuviera.
– Gracias, Summers. Yo me arreglo.
– ¿Y qué hará con el Ingersoll? ¿Desmontará la tubería de aire?
– Ya he sacado de allí el Ingersoll, y he desmontado la tubería de aire.
– No debería haber hecho eso, sir Alexander, no debería haberlo hecho.
– ¿A mi edad, quiere decir? -repuso Alexander con una sonrisa irónica, y comenzó a empujar la carretilla.
Summers se quedó un momento mirándolo alejarse bajo las luces centelleantes hasta que, en una curva, Alexander desapareció de su vista.
Frente a la superficie de la roca una vez más, Alexander tomó un cartucho de aquel explosivo de máximo poder y rasgó su envoltura por uno de los extremos con un afilado cuchillo. Lo colocó en el agujero con relativa facilidad y luego, ayudándose con la larguísima barra apisonadora, lo empujó hasta el fondo. Repitió la operación con otro cartucho, y después con otro, tan aprisa como pudo, hasta que sólo quedó lugar para uno más. Envolvió un extremo del último cartucho con el detonador del fulminante de mercurio y un cebador, a los que agregó dos terminales de cable conectadas por un filamento de platino sobre un lecho de algodón pólvora. Y pasó al siguiente agujero.
Sudaba copiosamente y sus músculos sentían el esfuerzo, pero colocó las cargas como lo había planeado hasta que hubo insertado ciento cincuenta y seis cartuchos con un sesenta por ciento de nitroglicerina cada uno en la superficie de la roca. Después, quitó unos quince centímetros de material aislante del extremo de cada uno de los cables y los enrolló a todos en un solo haz. A continuación quitó el material aislante al extremo del cable que pronto desenrollaría para llevarlo hasta la galería, donde lo conectaría a la terminal que desencadenaría la explosión. ¡Listo! Contempló su obra con una mirada de profunda satisfacción.
Empujando con el aire la bobina de cable avanzó por el encharcado terreno en dirección a la galería. Summers, Lee y Prentice lo estaban esperando; Prentice llevó la bobina hasta la terminal y se agachó para cortar el cable con la intención de completar la conexión. Alexander le quitó el cable de las manos, retiró el material aislante y lo conectó. ¡Qué exigente e intratable es este tío!, pensó Prentice. Siempre tiene que hacerlo todo él, como si los demás no supieran nada.
– El viejo y querido número uno ya está listo para desaparecer -dijo Alexander resueltamente, con una sonrisa en los labios. Se le veía sucio y agotado pero exultante.
Prentice hizo sonar la sirena que advertía a todos los que se hallaban en las inmediaciones que habría una explosión; cuando finalmente el ulular de la sirena cesó, Alexander accionó el interruptor de la terminal y el amperímetro indicó que la corriente eléctrica había comenzado a fluir. Se taparon los oídos con las manos, como los otros cuarenta hombres que estaban en ese momento en la mina, pero no se produjo ninguna explosión. La entrada del túnel número uno estaba a oscuras.
– ¡Maldición! -exclamó Alexander-. El cable se ha cortado.
– ¡Espera! -gritó Lee-. ¡Alexander, espera un momento! Podría haber fuego.
Por toda respuesta, Alexander cortó la corriente; la aguja del amperímetro volvió al cero.
– Lo repararé -dijo. Tomó un farol y se internó en el túnel-. Ésta es mi voladura. Quedaos todos quietos, ¿está claro?
Esta vez recorrió el trayecto a grandes zancadas, pleno de energía y decisión. Lo que los hombres que había dejado atrás no sabían era que la corriente seguía fluyendo; Alexander había conectado un desvío en la terminal, y lo había activado al cortar la corriente. Y el amperímetro no lo detectaba.
Los dos cables estaban en el suelo; sus filamentos de cobre, iluminados por el farol, despedían destellos rojizos. Dejó el farol en el suelo y levantó los cables, uno en cada mano.
– Esto es mucho mejor que vivir en la humillación -dijo, y juntó los extremos de los cables con una expresión de fiero placer.
El túnel estalló, innumerables fragmentos de roca se esparcieron en un radio de trescientos metros y la montaña, fatalmente agrietada a tres metros de profundidad, trataba de derrumbarse sobre sí misma mientras la fuerza incontenible de la enorme carga de explosivos la resquebrajaba. A la primera onda expansiva, que sonó como un aullido, le siguió un ruido como el de un objeto que se hace añicos; la ráfaga arrastró violentamente a los hombres que se encontraban en la galería mientras un diluvio de partículas inundaba el espacio circundante y una enorme masa de polvo recorría vertiginosamente el lugar, subía por los pozos de ventilación hasta las torres de perforación, bajaba por el túnel de los contenedores y salía al pasillo principal. El estruendo, que se oyó con más intensidad en Kinross, llegó atenuado a la cima de la montaña. Sin embargo, cuando el ruido cesó y Lee logró recuperarse -todavía le zumbaban los oídos- descubrió que la galería no había sufrido ningún daño. Las sirenas externas ululaban y desde la ciudad acudían a la carrera los hombres: ¡Dios, que no sea un derrumbe! ¿Quiénes habían muerto, cuántos túneles y pozos de ventilación habían quedado sepultados?
Lo primero era resolver el problema de la seguridad; cuando Lee, los ingenieros de minas y los supervisores recorrieron el lugar descubrieron que lo único que se había derrumbado era el túnel número uno. Fuera de allí, no había una sola viga rajada, ni un rasgón en las lonas, ni un pandeo en las vías de los contenedores. Toda la fuerza de la explosión se había concentrado en el túnel número uno.
El hombre es un genio, pensó Lee, todavía aturdido, mientras él y Summers se internaban en el número uno hasta donde podían, unos treinta metros en un túnel cuya extensión original era de trescientos. Alexander había distribuido las cargas para causar el mayor estrago en el menor espacio. Ningún otro lugar de Apocalipsis había sufrido el menor daño fuera del túnel original. «El viejo y querido número uno. Y él me aprecia», había dicho Alexander.
Summers berreaba como un niño y la mayoría de los hombres que se encontraban en la galería lloraban, pero Lee no podía derramar una sola lágrima. Mientras Prentice y los demás supervisores se preparaban para tratar de rescatar a Alexander, Lee se acercó discretamente a la terminal y tiró del cable que la conectaba con la cabina del generador. Haciéndolo girar entre las manos, desatornilló la placa inferior y vio lo que Alexander había hecho. Nunca te perdiste una, ¿eh, Alexander?, dijo para sí. Nadie lo veía; Lee desarmó el desvío, lo guardó en el bolsillo del pantalón y volvió a armar el dispositivo. Cuando alguien quisiera revisarlo, o verificar su funcionamiento en el laboratorio, se comportaría exactamente como correspondía. Apostaría a que sabías que sería yo quien lo descubriría. Porque, Alexander Kinross, tú querías morir en un accidente, un capricho de la suerte, algo de lo que no se pudiera culpar a nadie. Seré tu cómplice. Te debo eso, y mucho, mucho más.
Nunca lo encontrarían, por supuesto. No estaba volviendo a la galería cuando su mundo terminó, estaba ante la roca con los cables pelados en las manos. Estás sepultado para siempre, Alexander Kinross. El rey en su mausoleo dorado.