– Jim -dijo a Summers, que no cesaba de berrear-. ¡Jim, escúchame! No puedo quedarme aquí, tengo que informar de esto a más de una mujer. Los hombres pueden explorar hasta unos treinta metros si quieren, pero no más allá. Si no aparece en esos treinta metros está muerto. Lo está, en cualquier caso, y todos lo sabemos. Pero pueden buscarlo un rato, se sentirán mejor. Regresaré en cuanto pueda.
Y Summers, que toda su vida había sido un hombre respetuoso de la autoridad, se secó la cara, se sonó la nariz, y miró fijamente a Lee con los ojos todavía llenos de lágrimas.
– Sí, doctor Costevan-dijo-. Enseguida.
– Bien dicho -repuso Lee, dándole una palmada en el hombro.
¿A la ciudad o a la cima de la montaña? A la ciudad, decidió Lee. Su madre oiría los rumores mucho antes, así que había que avisarla en primer lugar.
¿Qué fue lo que dijo Alexander ayer, cuando terminaba nuestra conversación? Algo así como que tenía que encontrar una solución para conservarme a mí y, al mismo tiempo, liberar a Elizabeth. Sí, algo así. Pero ¿quién habría podido imaginar cuál iba a ser esa solución? ¿Quién podía ser tan cruel y decidido como él para pensar algo tan radical? Las mujeres nunca sabrán que no fue un accidente, así que Elizabeth no se sentirá culpable y Ruby no albergará odio. Si mi madre supiera que él se suicidó porque pensó que era la mejor manera de resolver una situación insoluble, culparía a Elizabeth y la odiaría toda la vida. Y eso significaría una ruptura diferente. En cambio así, lo que pasó entre Alexander y yo es un secreto entre los dos. Murió en un accidente en la mina. Esos accidentes suceden muy a menudo. Todo el mundo tendrá algo que decir al respecto, por supuesto. ¿Cómo pudo ocurrir que las cargas explotaran si la corriente estaba interrumpida? ¿Por qué la explosión había sido tan desmesurada? ¿Por qué Alexander no permitió que nadie entrara con él en el túnel número uno? Pero nadie sabrá la verdad, excepto yo… y Alexander.
Cuando Ruby, que esperaba ansiosamente en la galería externa del hotel, vio bajar a Lee del funicular, tuvo que aferrarse a uno de los postes de la marquesina para mantenerse en pie. A medida que él se acercaba ella veía su rostro rígido, agarrotado, y su expresión sombría. Fuese por eso, o por algún misterioso presentimiento, súbitamente la asaltó la certeza de que Alexander había muerto. Extendió una mano mientras con la otra seguía aferrándose al poste como si fuera una muleta. Lee tomó la mano de su madre entre las suyas y la acarició.
– Hubo un accidente en el túnel número uno. Alexander está muerto. Es imposible que haya sobrevivido.
La expresión de sus enormes ojos verdes era igual a la de una gata a quien acaban de arrebatarle sus cachorros para ahogarlos: pena, desconcierto, y un dolor incipiente. Pronto, pensó Lee, empezará a buscarlo en los rincones de su pobre mente agobiada, segura de que ha habido algún error.
– ¿Su gran voladura? -preguntó.
– Sí. Hubo un problema con la conexión eléctrica, y él decidió ir a repararla.
Ruby se tambaleó; Lee la sostuvo con un brazo y la condujo al interior del hotel. Hizo que se sentara y le ofreció una copa de brandy.
– Él nunca había hecho algo así tratándose de explosivos o voladuras. Tenía una experiencia de treinta y cinco años -repuso ella, recuperando un poco el ánimo.
– Tal vez ése fue el problema, mamá. Se descuidó.
– El no actuaba así, y tú lo sabes.
– Estoy tratando de encontrar una explicación, incluso para mí.
– ¡Finalmente soy viuda! -dijo ella, perpleja-. Al menos me siento como una viuda. Sólo a Alexander se le ocurriría dejar dos viudas.
– ¿Estás bien, mamá? Debo avisar a Elizabeth.
– Ella no lo llorará. Ahora puede tenerte a ti.
– Eso no es justo para nadie, mamá.
– ¡Oh, ve, ve! -dijo ella, abrumada-. Te toca la peor parte. Di a Elizabeth que iré más tarde. Estará bien, Constance le hará compañía. Ahora somos todas viudas.
Los contenedores del pasillo principal trabajaban incansablemente, pues la mitad de la ciudad estaba tratando de retirar los escombros del túnel número uno. Lee subió en el funicular. Elizabeth y Constance estaban bebiendo té en el invernadero. Levantaron la vista hacia él sin demasiada preocupación hasta que advirtieron el aspecto de Lee: estaba cubierto de polvo, sudaba copiosamente y su expresión recordaba a la de Sung cuando algún miembro de su comunidad había cometido algún delito grave.
– ¿Qué ha sucedido? -preguntó Elizabeth-. Oímos una explosión. Un ruido sordo, lejano.
– Un accidente terrible. Alexander ha muerto.
La taza de Constance se estrelló contra el suelo. Elizabeth apoyó cuidadosamente la suya, y la acomodó de modo que las flores dibujadas en ella coincidieran con el diseño del plato. Su blanca piel palideció aún más, pero tardó en levantar la vista para mirar a Lee. En sus ojos había una terrible mezcla de pena y alegría: las dos emociones luchaban denodadamente en su interior. Y cuando esa lucha se resuelva, pensó Lee, lo único que sentirá será alivio. Su esposa no llorará a Alexander. Mi madre sí. En ese sentido, él había cometido una injusticia con su amada; veintitrés años de una unión así, por muy amarga que hubiese sido, debía provocar una sensación de pérdida, y, en consecuencia, un duelo.
– Ruby -dijo Elizabeth, trémula-. ¿Ruby ya lo sabe?
– Si. Se lo conté primero a ella porque en la ciudad todo el mundo habla de la explosión. Allí el estruendo fue terrible.
– Me alegra mucho que se lo hayas contado primero a ella. Gracias -dijo Elizabeth quedamente-. Él era más importante para ella que para mí. ¡Oh, pobre mujer!
Constance lloraba y se retorcía las manos.
– No llores -dijo Elizabeth en tono sereno-. Es mejor así, morir en la flor de la edad antes que angustiarse esperando la muerte. Me alegro por él.
– Mamá dice que vendrá más tarde. ¿Te ocuparás de avisar a Nell?
– Sí, por supuesto.
– ¿Habéis hallado el cuerpo? -preguntó Constance.
Lee la miró fijamente.
– No, nunca se encontrará, Constance. Está sepultado bajo toneladas de roca a cien metros de la entrada de un túnel que ya no existe. Ahora es parte de Apocalipsis para siempre. -Se dirigió a la puerta-. Debo irme, me necesitan.
Elizabeth lo acompañó. Después de la lluvia, el jardín estaba floreciente.
– Él no sabía lo nuestro, ¿verdad, Lee? -preguntó.
– No, no lo sabía -replicó Lee, comprendiendo de pronto que tendría que vivir con esa mentira hasta el último de sus días-. Todas sus energías estaban puestas en su voladura. Esta clase de accidentes suceden, incluso a los hombres más afortunados. Una mina es un lugar peligroso -agregó, pasándose una mano por los ojos-. Nunca pensé que esto pudiera pasarle a Alexander. Él era el rey.
– Al final, todo el peso debe recaer en el rey -comentó Elizabeth enigmáticamente-. Es el precio que debe pagar por gobernar.
– ¿Todavía hay sitio para mí en tu corazón y en tu vida?
– Oh, sí, siempre lo habrá. Pero tendremos que esperar un poco.
– Puedo esperar. Quiero que sepas que estoy aquí para lo que necesites. Te amo, Elizabeth. La muerte de Alexander no puede cambiar eso.
– Y yo te amo. Creo que a Alexander le gustaría saber que he encontrado a alguien a quien amar -replicó ella, poniéndose de puntillas para besarlo en la mejilla-. Ahora estás tú al mando. Ven cuando quieras.
¿Nunca cambia nada?, se preguntó Ruby esa tarde cuando se encontró con Elizabeth en la casa. Allí estaba la viuda oficial de Alexander, tan serena, imperturbable y reservada como siempre. Incluso sus ojos transmitían tranquilidad, aunque era evidente que no estaba contenta. Se encierra, quién sabe dónde. Alexander siempre lo decía cuando hablaba de ella.
Peony estaba haciendo lo posible para tranquilizar a Dolly, que se había echado en su cama a llorar, desconsolada, cuando se lo contaron, y Elizabeth había telefoneado a Nell, interrumpiendo sus rondas por los pabellones del hospital Prince Alfred, para decirle que su padre había muerto. Estaba en camino a Kinross, dijo Elizabeth a Ruby en su tono sereno, indiferente y delicado.