Lee regresó a la hora de la cena. Se había bañado y se había puesto ropas de trabajo limpias.
– Hemos decidido suspender la búsqueda -dijo. Se sentó con movimientos lentos, como si repentinamente hubiera envejecido, y aceptó el bourbon de Kentucky que le ofreció su madre-. Los ingenieros han coincidido en que tratar de excavar cincuenta centímetros más en ese túnel podría provocar otro derrumbe aún peor que el anterior. No había rastros del cuerpo de Alexander. Está en las entrañas de la montaña.
Lo único que parecía inquietar a Elizabeth era la ausencia de un cuerpo, lo que pronto quedó en evidencia.
– ¿Qué haremos, Lee? No puede ser oficialmente enterrado, ¿verdad?
– No.
– ¡Pero ha de tener una tumba!
– Puede tenerla -repuso Lee, pacientemente-. No tiene por qué haber un cuerpo en ella, Elizabeth. Puede tener una tumba donde tú quieras.
– Junto a la de Anna. Él amaba la cima de la montaña.
Ruby permanecía en silencio, todavía demasiado conmovida para llorar. Como si hubiera habido un acuerdo tácito entre ellas, las tres mujeres estaban de negro, ataviadas con sobrios vestidos de gro cerrados hasta el cuello y sin ningún adorno. ¿Las mujeres siempre tenían algo así en su guardarropa, por si acaso?, se preguntó Lee. Aunque ninguna se había vestido de luto por Anna. Sin duda había sido un final demasiado misericordioso para vestirse de negro.
– Una estatua -dijo Ruby de pronto-. Una estatua de bronce de Alexander en la plaza de Kinross, vestido con sus ropas de gamuza y a lomos de su yegua.
– Sí -dijo Constance, exaltada-. Hecha por un gran escultor.
Tres pares de ojos se volvieron hacia Lee; quieren que yo me ocupe, pensó. He ocupado el lugar de Alexander, pero ¿quiero ocuparlo?
La respuesta es: no. De todos modos, me parece que no tengo otra opción. La muerte de Alexander me ha encadenado a Kinross con mayor firmeza que a César su concepto de Roma.
Esa noche durmió en la casa, aunque no en la cama de Alexander, sino en la pequeña habitación de huéspedes que había servido como prisión temporal para Anna. Y en la mitad de la noche, al despertar de una pesadilla, encontró a Elizabeth sentada junto a él. En un primer momento se replegó sobre sí mismo, horrorizado, pero pronto se sintió invadido por un sentimiento de gratitud. Ella llevaba puesta una bata de noche, y era evidente que no había acudido hasta allí en busca de consuelo sexual. Se puso de lado para abrazarla, y ella lo besó tiernamente.
– ¿Cómo has sabido que te necesitaba? -preguntó él, con la cabeza hundida en la cabellera de ella.
– Porque sé que lo amabas.
– ¿Y tú? ¿Alguna vez lo amaste, aunque fuese en secreto?
– No, nunca.
– ¿Cómo pudiste soportarlo?
– Levanté un muro entre él y yo.
– No tendrás que hacer eso conmigo.
– Lo sé. Pero al principio todo será muy difícil, mi querido Lee.
– No podría ser de otro modo. Debes demoler ese muro, pero de piedra en piedra. No tendrás que hacerlo sola. Yo te ayudaré.
– Parece demasiado irreal para ser cierto. Yo pensaba que Alexander era eterno. Parecía uno de esos hombres que nunca mueren.
– Yo también lo creía.
– ¿Cuándo podremos dejar que todos nos vean juntos?
– Tendremos que esperar varios meses, Elizabeth, a menos que puedas afrontar el escándalo.
– Puedo afrontar cualquier cosa si estás conmigo, pero sé que tú te sentirías mucho mejor si no hay escándalo. Tú lo querías.
– Sí, yo lo quería.
El juzgado de primera instancia tenía su sede en Bathurst, de modo que la investigación -no se podía decir que fuera una pesquisa como cualquier otra- se llevó a cabo en aquella ciudad. La sala estaba abarrotada de periodistas; al fin y al cabo, la supuesta muerte de sir Alexander Kinross era una noticia internacional.
Summers declaró que sir Alexander había pedido una caja sellada de dinamita al sesenta por ciento que contenía doscientos cartuchos y mostró la nota en la que estaba registrado el pedido. Después, confesó que era un verdadero inepto en materia de explosivos, y que con mucha suerte podía distinguir un extremo de un cartucho de dinamita del otro si es que había alguna diferencia entre los dos extremos. Podía jurar que sir Alexander había cortado la corriente en la terminal porque había visto cómo la aguja del amperímetro volvía al cero. Nadie había vuelto a conectarla después de que sir Alexander se internó en el túnel, y también estaba dispuesto a jurarlo.
Prentice declaró que se había puesto a trabajar con la bobina de cable, pero que sir Alexander se había enfadado, le había arrebatado los cables, los había pelado él mismo y los había conectado sin que nadie lo ayudase. Explicó que había activado la sirena de explosiones y que todos los mineros habían salido de los túneles a la galería para esperar allí a que se produjera la explosión. Había visto con sus propios ojos cómo sir Alexander habilitaba el paso de corriente, y había visto que el amperímetro lo registraba. Y declaró con la más absoluta convicción que había visto a sir Alexander cortar la corriente antes de internarse en el túnel número uno para reparar el cable, que era lo que todos ellos suponían que había ocurrido.
La declaración de Lee confirmó lo que habían atestiguado Summers y Prentice en cuanto a quién había conectado el cable destinado a la explosión y quién había activado el interruptor, primero para encenderlo y después para apagarlo: sir Alexander. Mostró la terminal ante el tribunal y explicó cómo funcionaba, y explicó además que había sido puesta a prueba en el laboratorio y se había verificado que funcionaba correctamente, y agregó que no era una pieza demasiado complicada. Si el juez necesitaba más pruebas al respecto, los ingenieros que la habían verificado se encontraban allí presentes.
Cuando preguntaron a Lee cómo podía haber ocurrido la explosión, se limitó a menear la cabeza, y dijo que no lo sabía. Prentice, convocado al estrado para responder la misma pregunta, negó con la cabeza y dijo que él tampoco lo sabía. La dinamita era una sustancia inerte hasta que explotaba. Más aún, si un detonador hubiera explotado no todas las cargas habrían estallado, porque no todas estaban conectadas en serie. La técnica más habitual consistía en hacer explotar las primeras cargas, verificar los resultados y después decidir si se continuaba o no con la voladura. No, un responsable de explosiones nunca se propondría devastar totalmente la superficie de la roca; la mayor parte de esa faena se hacía con martillos neumáticos después de que la voladura hubiese originado los orificios y fracturado la roca siguiendo las líneas de falla.
En su segunda declaración, Lee admitió que sir Alexander tenía un interés especial por esta voladura y había dicho que era «un experimento». Entonces el juez llamó a declarar por segunda vez a Prentice, quien confirmó el testimonio de Lee al respecto.
– ¿Tiene usted alguna teoría, doctor Costevan? -preguntó el juez al final de la audiencia.
– Una, su señoría. Que detrás de la superficie de la roca había una falla muy grande de la que sir Alexander no se percató, y que la explosión desencadenó un derrumbe imprevisto del granito a ambos lados de la falla. No se me ocurre de qué otro modo pudo ocurrir. Sé que no debe de significar demasiado para un hombre de leyes, pero cuando estuve en la cima de la montaña, hace unos días, descubrí una depresión exactamente encima del punto en el que solía terminar el túnel número uno. Para un geólogo, eso significa una falla que anuncia un riesgo de derrumbe, considerando que antes del accidente esa depresión no existía.