Más tarde, cuando reflexionaba en su propia cama sin lograr conciliar el sueño, se sintió reconfortado acerca de este último punto. A un hombre que sabe reconocer el oro verdadero del falso no se lo engaña tan fácilmente. Además, ciertos recuerdos que tenía de Ruby en su cama lo tranquilizaron. Ésos sí que no eran orgasmos fingidos. Ella era demasiado picante, demasiado golosa. Sin embargo, ¡era humillante darse cuenta de que, al fin y al cabo, no era un gran seductor! ¿Por qué no había logrado excitar a Elizabeth? No soy un hombre vanidoso, se decía a sí mismo, sin advertir que muchos considerarían sus calzones un signo de vanidad. No soy vanidoso, pero tengo buen cuerpo y un rostro bastante bien parecido. Soy rico, próspero y apreciado. Entonces ¿por qué fracaso con mi esposa?
Una pregunta que no podía responder.
Tampoco encontró la respuesta cuando se marcharon de Sydney. Le había hecho el amor cientos de veces, siempre sin que ella se inmutase; Elizabeth se limitaba a yacer en la cama, sufriendo.
Si la joven se hubiera dado cuenta, habría podido encontrar una forma mejor de intrigar a su marido que siendo como era: una mujer que no podía atrapar con sus manos, que no lograba conquistar con su sonrisa irresistible y que era incapaz de incitar a la pasión que desencadenaba en el placer salvaje. Para él era como estar casado con un carámbano que no era todo de hielo en su interior. Si pudiera encontrar la forma de derretirla, se sentiría el rey del mundo. Se enamoró de ella porque no era capaz de conmoverla. No lograba que sus ojos se iluminaran cuando él entraba en su habitación. No obtenía ninguna respuesta de su parte. Ella sólo cumplía con su deber sin quejarse.
La noche en que ella lo había besado en señal de gratitud por haber sido generoso con Theodora Jenkins, él cometió un error terrible al querer cobrarse la deuda al instante. «Quítate el camisón. La piel debe sentir la piel», le había dicho.
Pensaba que el contacto de sus cuerpos iba a encender una chispa de deseo en ella, como le sucedía siempre a él. Pero no fue así. Su deber estoico continuaba siendo sólo eso: una obligación. Para entonces, Alexander ya se había dado cuenta de que Elizabeth no sólo no lo amaba, sino que probablemente jamás lo haría. Él era una carga para ella.
Después de todo, no había terminado su relación con Ruby, que, al mismo tiempo, le creaba la complicación de mantener su situación en secreto. Si permitía que Elizabeth se paseara por el pueblo sin él, alguna vieja chismosa y vengativa metería cizaña. También era posible que Ruby misma se presentara. Por supuesto Ruby le había sonsacado la verdad de la situación apenas Alexander había vuelto a Kinross y a ella, la mujer de su vida.
– Ya te desenamoraste de mí y te enamoraste del iceberg de tu esposa -dijo maliciosamente.
– Peor todavía -respondió apesadumbrado-. Estoy enamorado de dos mujeres al mismo tiempo, por motivos y objetivos diferentes. Bueno -preguntó recostándose en un codo-, ¿acaso no es normal? Sois dos tipos de mujeres absolutamente opuestos.
– ¿Y yo cómo puedo saberlo? -preguntó aburrida-. No conozco a la señora Kinross.
– Y jamás la conocerás.
– Ay, Alexander, a veces rezumas mierda.
Sin embargo, nada de eso le importó cuando descubrió que Elizabeth estaba encinta. Había quedado embarazada enseguida, un buen presagio de que la suya sería una gran familia, colmada de hijos e hijas. Uno cada veinte meses, más o menos. Eso le daría a ella suficiente descanso entre un parto y el otro. Podrá no estar interesada en el sexo, pero será una excelente madre y la reina de la casa, se dijo a sí mismo. Estaba tan emocionado con la noticia de su embarazo que decidió contarle, en aquel instante, todo el camino que había recorrido. Le habló de sus orígenes deshonrosos. Le urgía decírselo, como si fuera parte del sacramento de la concepción. Después de todo era lógico viniendo de un hombre como Alexander, cuya propia concepción estaba envuelta en un misterio. Su madre había mantenido tan en secreto la identidad de su amante que ni siquiera cuando él había enviado a Pinkerton a investigar había logrado romper el silencio de aquella pequeña comunidad escocesa. Lo que no sabía era que su confesión le había arruinado el momento a Elizabeth. Sólo logró alejarla más de él. Lo único que Alexander quería era salvar la brecha, no hacerla más profunda.
Sí, se repetía a sí mismo, Elizabeth será una madre excelente y la reina de la casa. Se necesita coraje para poner a Maggie Summers en su lugar respecto de Jade y los sirvientes. ¡Cómo se atreve a hacer esa clase de cosas a mis espaldas! ¿Por qué las mujeres tan comunes como Maggie Summers consideran a los chinos personas inferiores?
Y mi mujer piensa que yo tengo cara de diablo. ¡Si lo hubiera sabido! ¡Si tan sólo lo hubiera sabido!
En cuanto volvió a la barbería de Joe Skoggs se hizo afeitar la barba y el bigote.
Cuando Elizabeth lo vio le dedicó una sonrisa. Tenía la cara color bronce oscuro, y donde ya no había pelo enfermizamente pálida.
– Pareces un poni moteado -dijo ella-. Gracias Alexander.
4
Verdades domésticas y una alianza inesperada
Gracias a la señorita Theodora Jenkins y a Jade, la vida de Elizabeth en la casa Kinross no era tan solitaria como cuando había llegado. De todas formas, el tiempo todavía se le hacía eterno porque estaba acostumbrada a estar continuamente ocupada. Aparte de la visita de los Dewy, durante la cual Alexander había dado una cena, seguía sin ver a nadie que no fuera de la casa. Sung Chow, que había sido uno de los invitados a la cena, le había parecido una persona fascinante. Sin embargo, su conversación era tan erudita y su inglés tan escrupulosamente correcto que, después de la partida de los Dewy, ella había dedicado todo su tiempo libre a leer para mejorar su vocabulario y la forma en que expresaba sus ideas. Y tratando de suavizar su acento. Como no había demostrado tener habilidad para la pintura ni para el dibujo, Alexander le sugirió que se dedicara al bordado.
– A medida que pasen los meses, te sentirás cada vez más pesada e incómoda, mi amor. Tal vez el trabajo manual te ayude a pasar los días -dijo, tratando de ser gentil y simpático, aunque era absolutamente conciente de que su vida no giraba alrededor de su joven esposa embarazada.
Fue a través de Jade como Elizabeth se enteró finalmente de la existencia de Ruby Costevan. Jade tenía terror de traspasar el límite de la familiaridad, por eso, la naturaleza formal de su relación era difícil de romper. Sin embargo, un día que encontró a Elizabeth deshecha en llanto después de haber intentado en vano hacer el punto relleno en el cuerpo de una mariposa bordada, la formalidad desapareció al instante. Jade le enjugó las lágrimas y le dijo lo que sentía, que tenía que ver con la llegada del bebé.