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Mientras tanto, Alexander se esforzaba por mantener una conversación informal con dos mujeres que no tenían el más mínimo interés en las máquinas de vapor, las dínamos, la dinamita o las minas de oro. Encima no veía la hora de que el primer ministro John Robertson iniciara una contienda verbal, porque estaba ansioso por derrotarlo. Sin embargo, esto no sucedería hasta que las mujeres se hubieran retirado. Entonces, Robertson atacaría preguntando por qué Kinross no había destinado una parte de su territorio a construir una iglesia presbiteriana. ¿Cómo era posible que los católicos hubieran obtenido tierra suficiente para edificar una escuela y una iglesia sin pagar ni un centavo, mientras que a la Iglesia presbiteriana le estaban pidiendo una suma astronómica por un terreno insignificante en Kinross? Bueno, si Robertson pensaba que Alexander se iba a echar atrás, ¡estaba muy equivocado! La mayoría de los habitantes de Kinross pertenecían a la Igle sia anglicana o a la Iglesia católica. Había sólo cuatro familias presbiterianas. De modo que dejó de escuchar a las mujeres que hablaban de niños alrededor de él y se puso a pensar cómo iba a decir a John Robertson que tenía intenciones de donar tierras a los congregacionalistas y a los anabaptistas.

Todo se desarrolló como en cualquier cena formaclass="underline" cuando trajeron las botellas de oporto, las mujeres se levantaron y se retiraron al salón a esperar, como mínimo una hora, a que los hombres se les unieran. Esta costumbre se había establecido para permitir que las mujeres tuvieran tiempo de vaciar sus vejigas sin sentirse incómodas ante los hombres, quienes las veían ir y venir. Dado que la mayoría de las mujeres tenía ganas de «ir y venir», comenzó la procesión.

– Menos mal que hay dos cuartos de baño en la planta baja -dijo Elizabeth a Ruby-. De todas formas, si quieres podemos ir arriba, al mío.

– Muéstrame el camino -respondió Ruby con una sonrisa. -Nunca pensé que me agradarías -dijo Elizabeth mientras se acicalaban frente a una plétora de espejos.

– Eso es, así luce mejor -dijo Ruby acomodando las plumas que salían de su penacho de diamantes y rubíes-. Bueno, yo pensé que te odiaría, así que estamos en paz. Pero, apenas te vi quise que fuéramos amigas. Tú no tienes amigas y vas a necesitar alguna si quieres sobrevivir a Alexander. Es una locomotora: pasa por encima de cualquier obstáculo.

– ¿Lo amas? -preguntó Elizabeth curiosa.

– Hasta el infinito, creo -respondió Ruby. Su rostro se transformó, se volvió desafiante. Pero, pensó Elizabeth, sus ojos estaban llenos de dolor-. Sin embargo, que lo ame no significa que pudiera casarme con él, aun cuando no fuera la prostituta reconocida que soy. A ti te educaron para ser una buena esposa, yo fui abandonada a mi suerte. Ser la amante de Alexander es mucho más de lo que esperaba de la vida, así que estoy feliz, muy feliz.

Estamos en dos puntos opuestos, pensó Elizabeth con una nueva sabiduría. Yo soy su esposa y no podría librarme de él aunque quisiera. Ella es la amante y no podría estar más cerca de él aunque se lo propusiera. No es justo.

– Será mejor que bajemos -dijo suspirando.

– Bueno, pero con la condición de que encontremos uno o dos sillones donde sentarnos. Quiero saber todo de ti, Elizabeth. Por ejemplo: ¿te encuentras bien?

– Bastante bien, aunque tengo las piernas y los pies hinchados.

– ¿De veras? A ver, deja que te mire.-Ruby se arrodilló a la entrada de la escalera, levantó la falda a Elizabeth y examinó la carne inflamada que se escapaba de sus zapatos-. Estas muy hinchada, querida. ¿Alexander no ha traído un doctor para que te examine? No el viejo doctor Burton de Kinross, que no sabe nada. Es el típico curandero de campo. Necesitas ver a un especialista de Sydney.

Empezaron a bajar.

– Le preguntaré a Alexander.

– No, yo se lo diré a Alexander -dijo Ruby con un resoplido de dragón.

Elizabeth se echó a reír.

– Me gustaría escuchar cuando se lo digas -respondió ella.

– Ofendería tus encantadores y refinados oídos. Hoy me estoy comportando de maravilla -anunció Ruby mientras entraban en el salón-. En circunstancias normales soy mucho más mal hablada, como quien dice. Suele suceder cuando regentas un burdel.

– Cuando me enteré de eso me pareció repugnante.

– Pero ahora no te causa repugnancia, ¿verdad?

– No, para nada. Es más, me muero de curiosidad. ¿Cómo se hace para regentar un burdel?

– Con mano dura, y con más habilidad que un gobernante para dirigir un país. También ayuda tener una fusta.

Se sentaron en un sofá, ajenas a las miradas de las demás invitadas. La señora Euphronia Wilkins, esposa del reverendo Peter Wilkins de la Iglesia anglicana en Kinross, había aprovechado la ausencia de las dos mujeres para poner al tanto a lady Robinson, a la señora Robertson y a otras, de la historia pasada y presente de Ruby. La señora Robertson sintió que iba a desmayarse, así que pidió que le trajeran sales aromáticas. Lady Robinson, en cambio, estaba de lo más intrigada y entretenida.

Constance Dewy, que no podía desprenderse de una mujer insoportable, esposa de un ministro, miraba con envidia a Ruby y a Elizabeth. ¿Quién lo hubiera dicho?, se decía a sí misma, asintiendo y sonriendo a la letanía de lamentos que le relataba la mujer que estaba a su lado. Elizabeth y Ruby han decidido ser amigas. ¡Oh, eso sí que volverá loco a Alexander! Se lo merece por aislar a la pobre niña aquí sin ningún tipo de compañía.

Cuando llegaron los hombres envueltos en una miasma de humo de cigarrillo y oporto añejo, Elizabeth se puso de pie. Una pequeña parte de sí se preguntaba por qué Alexander estaría tan contento y el señor Robertson tan furioso.

– Ruby, me han dicho que tocas el piano y cantas maravillosamente -dijo-. ¿Nos harías el honor de deleitarnos esta noche?

– Por supuesto -respondió Ruby, sin demostrar la tradicional falsa modestia que indicaba la convención-. ¿Qué tal un poco de Beethoven y algunas arias de Gluck y, de postre, Stephen Foster?

Elizabeth la acompañó hasta el piano y acercó una silla para sentarse junto a ella.

Con la mirada baja, Alexander eligió una silla junto a Constance Dewy, que había logrado deshacerse de la insoportable mujer cuando habían entrado los hombres. El señor Dewy, Charles, se acomodó al otro lado de su esposa.

– Congenian bastante bien -dijo Constance alzando un poco la voz porque Ruby había empezado a tocar la «apassionata»-. Es una suerte que el embarazo de Elizabeth sea tan evidente, Alexander. De lo contrario la gente podría pensar que estáis involucrados en un ménage à trois.

– ¡Constance! -exclamó Charles horrorizado.

– ¡Shhhhh! -chistó ella.

A Alexander le brillaban los ojos. Dedicó una sonrisa agradecida a Constance y se entregó a escuchar aquella música celestial, intensificada para él por las miradas estupefactas de algunas mujeres. Jamás escucharían a una intérprete mejor ni en Londres ni en París.

Cuando terminó con las sonatas y las arias, Ruby empezó a tocar y a cantar canciones populares. Elizabeth escuchaba y observaba extasiada. Esa mujer debería de ser una duquesa, como mínimo, pensó. Cuántas veces me angustié imaginando a esa niña de once años violada por su propio hermano, a pesar de mi intolerancia. Pero ahora entiendo lo cruel que puede ser la vida. ¡Oh, Ruby, lo lamento tanto!

Ruby, que se había dado cuenta del considerable dolor que debía de estar sintiendo Elizabeth con sus pies hinchados apretados dentro de los zapatos, se detuvo de golpe.