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Alexander frunció el entrecejo.

– Lo que dices está bien y es muy sensato, mi querido Charles, las hijas mujeres no pueden perpetuar el apellido de la familia.

– No veo por qué no -replicó Charles sorprendido-. Si el apellido es tan importante, no entiendo por qué no lo podría adoptar al menos uno de los yernos. No olvides que la cantidad de sangre de un hombre en su nieto es la misma en el caso de un hijo que en el de una hija: la mitad. No me digas que la idea de que Elizabeth podría darte hijas en lugar de hijos está empezando a dar vueltas por esa cabeza escocesa tuya…

– Hasta ahora nuestro matrimonio ha sido un desastre -admitió Alexander-, de modo que si el destino sigue siendo irónico, esa posibilidad puede convertirse en una realidad potencial.

– Eres un profeta apocalíptico.

– No, soy lo que dijiste antes, un escocés.

De todos modos, Charles tenía razón, pensó Alexander más tarde mientras trabajaba en la nave de la locomotora. Si Elizabeth tenía niñas, debería prepararlas para que eligieran maridos de primera que aceptaran cambiar su apellido por el de Kinross. Habría que enviarlas a la universidad, pero, al mismo tiempo, cuidar que la educación superior no las volviera varoniles.

Pum, pum, hacía su martillo. Alexander Kinross decidió que nada iba a poder derrotarlo, ni una esposa enferma de eclampsia que no lo amaba, ni un posible batallón de hijas y ningún hijo varón. Tenía objetivo en su vida que estaba luchando por conseguir y uno de sus aspectos principales era asegurarse de que el nombre que había elegido para sí mismo no desapareciera jamás.

Sir Edward Wyler y su esposa llegaron después de Navidad y se hospedaron en la Torre Norte, un apartamento que a lady Wyler le pareció fascinante. No sólo había logrado alejarse de Sydney en lo peor del verano sino que, además, un considerado Dios la había hecho aterrizar en un sitio en el que estaba rodeada de lujos que Sydney no podía ofrecerle. En su ciudad, los sirvientes eran insolentes, agresivos y hacían lo que les daba la gana. En cambio, la casa Kinross tenía sirvientes chinos excepcionalmente simpáticos y atentos que no eran para nada serviles. Se comportaban como empleados bien remunerados que disfrutaban de su trabajo.

Para Elizabeth, las fiestas no fueron más que una simple continuación de su reclusión en la cama. Se sentía tan pesada y soñolienta que hasta las bromas de Ruby habían perdido su encanto.

A pesar de que le dedicó una sonrisa, sir Edward no prestó demasiada atención a su paciente cuando entró seguido de Jade, Pearl y Silken Flower, cargadas de platos, frascos, jarras y tinajas. Se quitó la chaqueta, se puso un delantal blanco limpio y se lo arremangó dejando ala vista sus musculosos antebrazos. Después, se lavó minuciosamente las manos. Cuando hubo acomodado sus instrumentos a su gusto, cogió una silla y se sentó junto a la cama de Elizabeth.

– ¿Cómo se encuentra, querida? -preguntó.

– No tan bien como antes de Navidad -respondió Elizabeth. Le agradaba su médico y además se fiaba de él-. Me duelen mucho la cabeza y el estómago. A veces vomito y veo puntos negros.

– Primero debo controlar cómo está el bebé, y después podremos hablar todo lo que quiera -dijo el médico dirigiéndose hacia los pies de la cama y haciendo señas a Jade y a Pearl para que corrieran la ropa de cama-. Soy un fiel discípulo de Lister-comentó mientras la revisaba con cuidado-, así que tendrá que disculparme por el fuerte olor a ácido fénico. Lo sentirá hasta después del parto.

Cuando finalizó se sentó nuevamente.

– La cabeza del bebé está en posición y creo que, en cualquier momento, puede romper aguas. -El tono de su voz se volvió más serio-. Elizabeth, le explicaré lo que pasaría si, llegado el momento, no estuviera en condiciones de hacer lo que le pido. Usted escuchó cuando indiqué a su marido que, si usted empezaba a tener convulsiones, probablemente no se recuperaría. En momentos así, por lo general, es el marido el encargado de tomar todas las decisiones; sin embargo, la experiencia me dice que, la mayoría de las veces, ellos no están en condiciones de hacerlo, a menos que yo pueda asegurarles que sus esposas desean que yo haga lo necesario -carraspeó-. Algunos artículos recientes aconsejan administrar sulfato de magnesio para tratar la eclampsia, pero debo advertirle que el tratamiento todavía no ha sido verificado por completo.

– ¿Qué es el sulfato de magnesio? -preguntó ella.

– Una sal relativamente inofensiva.

– ¿Administrar? ¿Qué quiere decir? ¿La tengo que beber?

– No, usted no estará en condiciones de tragar ningún líquido. La sal se administra a través de una inyección parenteral. Es decir, se introduce una jeringuilla con una aguja ahuecada y afilada en la cavidad abdominal. De este modo, el sulfato de magnesio se mezcla con los fluidos corporales y pasa rápidamente al torrente sanguíneo. Estoy seguro de que algún día las agujas ahuecadas serán lo suficientemente delgadas para inyectarlas en las venas -agregó con más deseos que esperanza-. Por supuesto, informaré de esto a su esposo, pero primero debo saber qué opina usted al respecto. La vida y el bebé que están en juego son suyos. También me doy cuenta de que su estado mental se está deteriorando y que está a punto de entrar en una fase de neurastenia. ¿Me autoriza a que le inyecte sulfato de magnesio, si es necesario?

– Sí -dijo Elizabeth sin dudarlo.

– Excelente, entonces esperaremos a ver qué sucede. -Le tomó la mano y se la oprimió con ternura-. Anímese, Elizabeth. El bebé parece fuerte, así que usted también tiene que serlo. Ahora, si se siente bien, le presentaré a mi esposa. Trabaja conmigo como matrona.

– ¿Fue así como la conoció? -preguntó Elizabeth.

– Por supuesto. Los médicos, cuando son jóvenes, trabajan tanto en su profesión que rara vez tienen la oportunidad de conocer señoritas que no sean enfermeras o matronas. Yo soy muy afortunado -dijo sinceramente sir Edward-. Mi esposa es una excelente compañera, además de una profesional muy competente.

Alexander decidió esperar hasta el día siguiente para ver a Elizabeth. Había hablado largamente con sir Edward, quien le había aconsejado que esperara a que se le pasara el efecto del láudano y se despertara.

Cuando entró notó los cambios que se habían hecho en la habitación. Estaba casi irreconocible. Habían quitado los muebles que sobraban, y los que quedaban estaban envueltos en sábanas blancas. En una esquina había una impecable mampara blanca, Jade y Pearl llevaban guardapolvos blancos y una delicada nube de ácido fénico flotaba en el aire.

Qué cobarde soy, pensó mientras se acercaba a la cama. La estuve evitando cuanto pude durante estas diez semanas. La piel de Elizabeth tenía un tono amarillento, la parte blanca de los ojos que él veía estaba inyectada en sangre y, a pesar de que estaba recostada sobre el lado izquierdo, podía distinguir su voluminoso vientre bajo el delgado cobertor.

– ¿Sir Edward te dijo…? -preguntó ella humedeciéndose los labios resecos.

– ¿Sobre el hipotético tratamiento? Sí.

– Quiero que lo haga, Alexander, si es necesario. ¡Oh, estoy muy cansada!

– Estás atiborrada de láudano, es normal que estés así.

– No, no, ¡no me refiero a ese tipo de cansancio! -dijo, malhumorada-. Estoy cansada. ¡Estoy harta de estar en la cama, de recostarme del lado izquierdo, de beber litros y litros de agua, de sentirme descompuesta y desdichada todo el día, todos los días! ¡Es una tortura! ¿Por qué tenía que pasarme a mí? No hay antecedentes ni en la familia Drummond ni en la Murray.