– Estoy de acuerdo -dijo Elizabeth.
– ¿De verdad?
– Sí. He madurado lo suficiente para darme cuenta de que una educación abierta produce más libertad que una cerrada. Quiero que mi hija sea libre de los dogmas que me persiguieron a mí. Deseo que llegue a ser alguien, que pueda hablar de geología y de mecánica contigo, de literatura con poetas y escritores, de historia con verdaderos historiadores y de geografía con aquellos que han viajado.
Alexander se echó a reír y la abrazó.
– ¡Elizabeth, Elizabeth! ¡Nunca pensé que viviría para escucharte decir estas cosas!
Pero aquel abrazo rompió el clima del momento. Elizabeth retrocedió, volvió a su lado de la cama y fingió dormir.
El desarrollo precoz de Eleanor sugería que las esperanzas de sus padres tenían fundamento real. A los nueve meses comenzó a hablar coherentemente. Su padre estaba encantado y desde ese momento empezó a visitar la habitación del bebé durante el día cuando Nell estaba despierta y espabilada. Ella lo adoraba, se notaba en el modo en que extendía los brazos apenas entraba, en cómo se aferraba con fuerza a él cuando la alzaba y parloteaba en un modo ininteligible. Su característica más llamativa eran sus ojos grandes y bien abiertos de un profundo color azul aciano con los que lo miraba fija e intensamente. Su belleza infantil florecía ante la llegada de papá. Pronto, solía pensar, tendré que conseguirle un gato o un perrito; no quiero que mis hijos crezcan sin una mascota, como yo. Que aprenda que la muerte es parte de la vida viendo morir a un animalillo que ama. Prefiero eso a que lo descubra con el fallecimiento de alguno de sus padres.
Para desilusión de Jade, Butterfly Wing pasó de ser nodriza a niñera. Eleanor estaba muy apegada a ella y no quería separarse. En efecto en muchas ocasiones parecía que amaba más a Butterfly Wing y a su padre que a su propia madre, a quien no le estaba yendo muy bien con su nuevo embarazo. Así que era Butterfly la que llevaba a la niña al jardín, la desvestía para que tomara sus diez minutos diarios de sol, la ayudaba a caminar, la alimentaba, la bañaba y le daba hierbas medicinales para los dientes que le estaban saliendo y para los cólicos. Alexander estaba de acuerdo, encantado de que Eleanor fuera bilingüe. Butterfly Wing le hablaba en chino y él en inglés.
– Mamá está enferma -dijo la pequeña a Alexander a los doce meses de edad con el entrecejo fruncido.
– ¿Quién te dijo eso, Nell?
– Nadie, papá, yo me doy cuenta.
– ¿Ah sí? ¿Cómo?
– Tiene la piel bastante amarilla -dijo Nell con la madurez una niña de diez años-. Además, vomita mucho.
– Bueno, sí, tienes razón, está enferma, pero ya se le pasará. Está esperando un hermano o una hermana para ti.
– Oh, sí, ya sé eso -dijo la niña despectivamente-. Me lo dijo Butterfly Wing cuando estábamos recogiendo claveles.
Alexander estaba desconcertado por tanta precocidad, sobre todo porque había notado que a su hija le interesaban más las enfermedades que los juguetes. Sabía cuándo Maggie Summers tenía dolor de cabeza o si a Jade le dolía el brazo por aquella vieja fractura suya. Lo más inquietante era su observación acerca de las depresiones que sufría Pearl a intervalos regulares aunque, por supuesto, Nell no sabía nada de los efectos de las menstruaciones. ¿Hace cuánto tiempo, se preguntaba Alexander, nos estará observando esta pequeña criatura, analizándonos racionalmente tras esos hermosos ojos? ¿Cuánto es capaz de ver?
Sin dudas era cierto que Elizabeth estaba enferma. Como las náuseas matinales continuaban a pesar de que estaba en el sexto mes de embarazo, Alexander mandó a llamar a sir Edward Wyler.
– Por el momento -dijo el doctor Wyler- su condición es preeclámptica, pero creo que tendré que venir a verla el mes que viene. Siente que el bebé se mueve, lo cual es una buena señal en lo que respecta al niño, pero ella no está muy bien. No me gusta su color, sin embargo todavía no tiene las piernas y los pies hinchados. Puede ser que, simplemente, la señora Kinross no lleve bien los embarazos.
– La verdad es que no me tranquiliza demasiado, sir Edward -dijo Alexander-. Yo pensaba que Elizabeth no tendría una segunda eclampsia.
– Es bastante inusual, pero en estas circunstancias no sé. Hasta que no empiece con la hinchazón, es preferible que se mueva y ejercite sus brazos y piernas.
– Si logra que supere esto, le daré otro icono, sir Edward.
Cuando la hinchazón apareció, durante la semana vigésimo quinta de embarazo, Elizabeth se metió voluntariamente en la cama. Esta vez serían quince las semanas de reposo.
Oh, ¿me libraré alguna vez de esta cama? ¿Podré alguna vez hacer todo cuanto quiero hacer: tocar el piano, aprender a montar, aprender a conducir una calesa? Son otros quienes crían a mi hija, ya casi se han olvidado de que yo soy su madre, se dijo Elizabeth. Cuando viene caminando torpemente a verme es para preguntarme cómo me encuentro; quiere que le muestre los pies, que le diga cuántas veces vomité o si tengo dolor de cabeza. No sé de dónde saca ese interés por las enfermedades, pero me siento demasiado mal para ponerme a investigar lo que pasa por su mente. Es una pequeña tan dulce… Ruby insiste en que es igual a mí, pero yo creo que tiene la boca de Alexander: recta, firme y absolutamente resuelta. Ha heredado su inteligencia, su curiosidad. Yo quería que la conocieran como Eleanor, pero ella decidió que quiere que la llamen Nell. Supongo que para los chinos es mucho más fácil de pronunciar, pero sospecho que el que empezó con esto fue Alexander.
Al igual que en su primer embarazo, fue Ruby la que reconfortó a Elizabeth, la que pasó largas horas junto a su cama jugando a cartas con ella; leyéndole y conversando. Cuando Ruby no podía ir, Theodora Jenkins la reemplazaba. Su compañía era menos estimulante, aunque desde que había viajado a Londres y a Europa, Theodora tenía más temas de conversación que las flores de su jardín o la plaga de mariposa de la col que había atacado su huerta.
Todos se preocupaban constantemente por Elizabeth excepto la señora Summers, enigmática como siempre, inmune a las artes más seductoras de Nell. Elizabeth tenía la esperanza de que la señora Summers viera en Nell la hija que nunca había podido tener. Sin embargo, su comportamiento echaba por tierra cualquier expectativa de que así fuera. Maggie Summers retrocedía en lugar de avanzar. En cambio las cuatro mujeres chinas de las cuales Elizabeth dependía para todo jamás la abandonaban.
– Señorita Lizzy, tiene que tratar de comer -dijo Jade dándole un delicioso triángulo de gamba tostada.
– No puedo. Hoy no -respondió Elizabeth.
– Pero ¡tiene que comer señorita Lizzy! Está adelgazando mucho y eso no es bueno para el bebé. Chang le cocinará lo que usted quiera, sólo tiene que pedirlo.
– Flan -dijo Elizabeth que tampoco quería eso pero sabía que tenía que pedir algo comestible. Al menos era fácil de tragar y quizá hasta aguantara en su estómago. Huevos, leche, azúcar. Nutrición para una inválida postrada.
– ¿Con nuez moscada por encima?
– Me da lo mismo. Sólo vete y déjame tranquila, Jade.
– Tengo miedo -dijo Alexander a Ruby- de que Nell se quede sin madre. -Su rostro se transformó, se le llenaron los ojos de lágrimas, apoyó la cabeza sobre el pecho de Ruby y lloró.
– Bueno, bueno… Ya, ya está -susurró meciéndolo hasta que si calmó-. Lo superarás, y Elizabeth también. Lo que me preocupa es que parece que no puede quedarse embarazada sin estar al borde de la muerte.