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– Dudo de que esté al tanto de la forma en que trata a las mujeres -respondió secamente Alexander-. De todos modos no me sorprende que lo hayan nombrado caballero.

– ¿Por qué?

– Porque John Robertson ha dejado de ser útil para la política. Cuando eso sucede, se pide a la Reina que lo nombre caballero. Se podría decir que es una señal de que tiene que retirarse del ámbito electoral.

– ¿En serio?

– Oh, sí, querida mía. Seguramente habrás notado que los gobiernos pluralistas que vienen sucediéndose con tanta frecuencia carecen absolutamente de objetivos reales. Recuerda lo que te digo, Robertson se retirará muy pronto de la Asamblea Legislativa. Probablemente lo designarán para la Cámara alta de por vida y lo pondrán en el Consejo Ejecutivo. Parkes quedará como amo y señor de la Cámara baja -Alexander resopló-. ¡Puaj!

– Pero Parkes también es caballero ahora -objetó Elizabeth- y no veo ninguna señal de que él tenga intenciones de retirarse.

– Eso es porque a Parkes se le ha subido la política a la cabeza. -Alexander sonrió-. No puede ver más allá de su vanidad, metafóricamente hablando, por supuesto. Sir Henry es vanidoso. Siempre le fue y siempre lo será. Además tiene un estilo de vida demasiado vanidoso; peligroso para un político que carece de riqueza propia que lo respalde. Robertson es un hombre rico, Parkes es relativamente pobre. A primera vista, pareciera que no hubiera posibilidad de hacer dinero siendo miembro del Parlamento, pero como reciben información sobre las inversiones, hay gratificaciones para el primer ministro… -Se encogió de hombros-. Recursos y posibilidades, Elizabeth.

– A mí me pareció bastante agradable cuando vino a cenar.

– Sí, es agradable y apoyo su actitud respecto de la educación los niños del Estado. Pero no me fío de su volubilidad. Sir Henry va a donde lo lleva la corriente.

A finales de enero de 1878, cuando Anna tenía diez meses, Nell fue a buscar a su padre a la biblioteca.

– Papá -dijo, trepando a las rodillas de Alexander-. ¿Qué le pasa a Anna?

Sorprendido, Alexander dio vuelta a la pequeña de dos años hacia sí y la miró fijamente. La cara de su hija era cada vez más parecida a la suya, tenía las mismas cejas negras puntiagudas y el óvalo facial alargado y delgado. No muy atractiva en una niña pequeña pero, tal vez, extrañamente interesante y sensual en una mujer adulta. Los ojos eran de un azul sorprendente. Y su mirada que, por lo general, era intensa y penetrante, transmitía preocupación y ansiedad en un modo que no era normal para una niña de su edad.

– ¿Qué crees tú que le pasa a Anna? -preguntó cayendo en cuenta de que casi nunca veía a su segunda hija.

– Algo -respondió Nell segura-. Recuerdo que, a su edad, y ya hablaba, porque me acuerdo de todo lo que me decías y de todo I que yo te decía a ti, papá. ¡Todo! Pero Anna ni siquiera se puede sentar. Jade hace trampa, cada vez que voy a saludarla la sostiene, pero me doy cuenta. Los ojos de Anna no funcionan bien, le dan vuelta para todos lados. Babea mucho. Yo me sentaba en el orinal para hacer caca, pero Anna no puede. ¡Oh, papá, es una chiquilla adorable, y es mi hermana bebé! Pero algo malo le pasa, de verdad.

Alexander tenía la boca seca. Se lamió los labios y trató de verse, no despreocupado, sino menos alarmado de lo que estaba.

– ¿Qué hora es? -preguntó.

Era un juego. Había enseñado a Nell a leer las agujas en el reloj de péndulo que estaba en una esquina de la biblioteca. Nunca se equivocaba, y tampoco lo hizo entonces.

– Las seis en punto, papá. Butterfly Wing vendrá a buscarme de un momento a otro. -Rió.

– Entonces, ¿por qué no la vas a buscar tú por esta vez y le das una sorpresa? -preguntó Alexander dejando a Nell en el suelo-. Si son las seis debo ir a buscar a tu madre. La tía Ruby viene a comer dentro de una hora.

– Oh, ¿puedo quedarme levantada? -pidió Nell-. Quiero a la tía Ruby casi tanto como a Butterfly Wing.

– ¿Más que a mamá? ¿Más que a mí?

– ¡No, no, por supuesto que no! -Nell formuló un nuevo concepto-. Todo es relativo, papá, tú lo sabes.

– Fuera de aquí, pequeña presumida -respondió su padre riendo y dándole un suave empujoncito.

Antes de buscar a Elizabeth, Alexander pasó por la habitación de Anna. Nell no había vuelto a aquella habitación después del nacimiento de su hermanita. En aquel momento, la señora Wyler había considerado que una niña pequeña y ruidosa podía interferir con el cuidado intensivo que necesitaba un bebé prematuro y enfermo. Nell se quedó con Butterfly Wing, aunque más tarde empezó a reclamar una habitación para ella sola.

Ahora que lo pensaba, Jade raramente salía de la habitación de Anna, ni de noche ni de día. Había cedido el trabajo de atender a Elizabeth a Pearl y a Silken Flower, y se había dedicado por completo a la pequeña. Era tan sutil, tan invisible… ¿Qué padre, se preguntó a sí mismo, se desvive por un bebé, aun cuando lo haya engendrado, especialmente cuando se trataba de otra niña? Nell era diferente: vital, inteligente, curiosa, diligente, entrometida. Nell no le permitiría ignorar su presencia, nunca lo había hecho, ni siquiera cuando era una recién nacida. Le tomaba el dedo con su pequeña mano, lo miraba fijamente como si lo conociera, borbotaba, sonreía, gorgoriteaba, balbuceaba.

En cambio Anna había desaparecido de su presencia, no la veía ni la oía. Le daba la impresión de que siempre había una buena razón para no dejarlo entrar en la habitación de su hija pequeña.

Esa noche no golpeó la puerta ni pidió permiso a Jade. Simple mente entró. Jade, que estaba sentada con Anna en su regazo, sostenía el cuello de la niña con una mano y le daba de comer una especie de papilla, alzó la vista sorprendida.

– ¡Señor Kinross! -dijo, sobresaltada-. Señor Kinross, no puede ver a Anna ahora, le estoy dando de comer.

A modo de respuesta, Alexander caminó hacia una silla de cocina de madera, la tomó por el respaldo y la colocó frente a la niña y a su niñera. Se sentó y con otro rostro impasible dijo:

– Dame la niña, Jade.

– ¡No puedo, señor Kinross! Tiene el pañal sucio, lo llenará de olor.

– No será la primera ni la última vez. Dámela, Jade. Ahora.

Pasar a Anna de un brazo al otro fue difícil. La niña se zarandeaba como una muñeca de trapo y no era capaz de sostener su propia cabeza. Sin embargo, finalmente lo lograron. Desolada, Jade temblaba; sus delicadas y bellas facciones se habían congelado en una máscara de terror.

Por primera vez, Alexander miró con detenimiento a su segunda hija e inmediatamente se dio cuenta de que Nell tenía razón. No obstante, Anna, con sus diez meses, era mucho más bonita que Nell, regordeta y bien cuidada. Tenía el pelo, las cejas y las pestañas negros, y unos ojos azules grisáceos que no se fijaban en nada. Parecía que la niña no era capaz de enfocarlos en punto alguno. Por el modo en que había reconocido que las manos que la sostenían eran diferentes y que el regazo en el que estaba sentada no era el de Jade, se notaba que podía procesar algún tipo de pensamiento en su mente. Se meneaba y se retorcía en este extraño abrazo; poco después empezó a llorar.

– Gracias, Jade, puedes encargarte de ella-dijo Alexander, prestando atención para ver cuánto tardaba en desaparecer la sensación de desorientación de Anna. Casi inmediatamente. Apenas Jade la tomó entre sus brazos, dejó de llorar y abrió la boca pidiendo más papilla.

»Ahora -dijo serenamente- quiero la verdad, Jade. ¿Cuánto hace que te diste cuenta de que la mente de Anna no funciona como debería?

Las lágrimas corrían por el rostro de la muchacha sin que pudiera enjugarlas. Necesitaba las dos manos para sostener a la niña.