Выбрать главу

Quizás esa gloria se hubiera ensombrecido un poco si alguno de los fieles hubiera visto lo primero que había hecho Elizabeth después de finalizado el culto. Fue a almorzar al hotel Kinross con Ruby, quien le dio una calurosa bienvenida, la besó y la abrazó.

– ¿Esto quiere decir que has vuelto a la normalidad? -preguntó Ruby, sosteniéndola con los brazos estirados; le brillaban los ojos.

– Sí -respondió Elizabeth sonriendo-. Si te refieres a que somos las mejores amigas y poseemos partes iguales de Alexander, sí. Finalmente, he crecido.

– Oh, qué lástima. -Ruby sacó a Anna del cochecito-. ¡No, no, cariño, no tienes que llorar, mi amor! Tendrás que acostumbrarte a estar con más personas que Jade y tu mamá. Elizabeth, ten cuidado cuando hablas: hay moros en la costa, y Nell es un moro muy inteligente. ¿Qué hay de comer? Tostadas con champiñones y después pollo asado adobado. ¡No pongas esa cara, Nell! Algún día recordarás este menú con nostalgia. Aún me acuerdo de cuando un trozo de pan duro y un poco de queso rancio sabían mejor que el néctar y la ambrosía.

Elizabeth se tomó tan en serio la reprimenda que Alexander le había dado por descuidar a Anna que se negaba a dejar a las niñas para acompañarlo a Sydney. Él era un ferviente admirador de la música, el teatro y la ópera, y como no veía por qué razón habría de privarse do esos placeres, se tomó la costumbre de llevar a Ruby en lugar de llevar a su esposa. Cuando 1878 se transformó en 1879, estas excursiones se hicieron más frecuentes.

– Ahora, Nueva Gales del Sur está lo suficientemente cerca de Gran Bretaña para permitir que las compañías de teatro y de ópera actúen aquí -decía Alexander-. Hay carboneras a la salida para los barcos de vapor, lo cual acorta el viaje a cinco semanas a través del canal de Suez.

Ruby y él vieron una buena puesta en escena de El mercader de Venecia, todas las óperas que se presentaron en la ciudad, y un brillante musical llamado H.M.S. Pinafore, de un par de compositores relativamente desconocidos, Gilbert y Sullivan. También fueron a ver la Exposición Internacional de Sydney que tuvo lugar en un enorme palacio construido para la ocasión. El sitio para la presentación fue más difícil de conseguir que antes. Alexander tuvo que cambiar de hotel, pues el que solía alojarle se había vuelto inhabitable por culpa de los nuevos tranvías de vapor que pasaban haciendo estruendo por la calle Elizabeth y despedían un asfixiante humo negro y una turbulenta lluvia de chispas.

Estaban paseando por el palacio de la exposición, admirando los diversos pabellones, cuando de pronto Alexander habló:

– Dentro de poco viajaré a Inglaterra.

Ruby se detuvo para mirarlo.

– ¿Qué ha provocado esta decisión?

– ¿Honestamente?

– Sí, honestamente, como siempre.

– Estoy cansado de estar en una casa llena de mujeres. Pronto empezará una nueva década y faltarán tan sólo veinte años para que termine el siglo. Quiero ver qué está sucediendo en Inglaterra, en Escocia, en Alemania. Existen nuevas calderas para acerar el hierro, nuevas formas de construir puentes, nuevos métodos para generar electricidad que harán que pase de ser un juguete a ser una potente fuerza de energía y también, se rumorea, se están produciendo máquinas bastante revolucionarias -dijo Alexander con los ojos brillantes-. Si no fuera por Anna, me llevaría a Nell y a Elizabeth conmigo, las alojaría en una buena casa en la parte este de Londres y yo usaría ese hogar como base. Pero no es posible y, sinceramente, estoy muy contento de que así sea. Necesito un largo descanso de las mujeres, Ruby, incluso de ti.

– Te entiendo perfectamente. -Se puso a caminar-. Si fuera posible, ¿podrías pasar a visitar a Lee?

– Ir a ver a Lee es el primer ítem en mi agenda. De hecho, cada vez que tu hijo tenga vacaciones en la escuela, pienso llevarlo conmigo. Será una valiosa experiencia para un futuro ingeniero.

– ¡Oh, Alexander, qué maravilla! ¡Gracias!

Ahora fue él el que se detuvo para mirarla.

– Tengo que hacerte una pregunta que nunca te hice, Ruby, supongo que es porque Lee se fue poco después de que lo conocí y, en esa época, tú y yo no éramos… en fin, la pareja un tanto bígama en que nos hemos convertido. Lo que quiero saber es cómo es posible que Lee se haga pasar por un príncipe chino cuando su apellido es Costevan.

Se rió de un modo tan espontáneo y atractivo que la multitud que los rodeaba se volvió para mirarlos abiertamente. Era obvio que Alexander Kinross con una bellísima mujer de su brazo llamaba la atención, pero por lo general eran miradas furtivas, porque se rumoreaba que esta mujer no era su esposa.

– ¡Alexander, Lee tiene casi quince años! ¡Has tardado seis largos años en preguntar! Por consejo de Sung dije en Proctor que Lee estaba de incógnito para proteger a su padre de los enemigos que estarían dispuestos a todo con tal de llegar a él, inclusive secuestrar a su hijo. Es un secreto para toda la escuela y Lee se divierte mucho escuchando las conjeturas que hacen sobre su verdadera identidad. Si hubiera habido otros chinos, habría sido más difícil, pero hasta hace poco él era el único. El año pasado llegaron dos más, pero son hijos de comerciantes muy influyentes de Wampoa que, según Lee, son absolutamente indiferentes a lo que pasa en Pekín.

– Bueno, bueno -dijo Alexander con una sonrisa.

– Te perderás la aprobación de una importante ley -comentó ella-. Escuché que Parkes va a retirar la subvención a las escuelas católicas y a las de las otras confesiones. Pero ésas no importan tanto porque las mantienen los esnobs adinerados. En cambio, los niños que van a las escuelas católicas provienen de zonas más pobres.

– Es un terrible fanático protestante -dijo Alexander.

– Hay un nuevo proyecto de ley en discusión sobre la tierra y otro para restringir la inmigración china. Ah, y algunos proyectos de ley acerca de los distritos. ¿Por qué los políticos tienen que meterse con los límites de los distritos?

– Para obtener más votos, Ruby. No hagas preguntas retóricas.

– ¡Hum! El único proyecto que me preocupa es el del alcohol, si es que les va dar a los distritos el derecho de prohibirlo. ¡Malditos puritanos!

– Quédate tranquila, Ruby -dijo acurrucándose contra su brazo-, Kinross no votará por la ley seca. Ya es un sitio bastante controlado, con eso de que los chinos no beben. Los puritanos no conseguirán los votos necesarios para prohibir el alcohol en Kinross porque los chinos no pueden votar y a los blancos que viven aquí les gusta demasiado,

– De todos modos, yo tengo un hotel residencial, no un bar. Y puedo sobornar al jefe de policía. Lo hice en Hill End.

– No será necesario, te lo aseguro. -El tono de voz de Alexander cambió-. No te sorprendas si estoy fuera por un tiempo bastante largo.

– ¿A qué te refieres con un tiempo bastante largo?

– Dos, tres o hasta cuatro años.

– ¡Por Dios! Para cuando vuelvas a casa, me habrá crecido de nuevo: seré virgen por cuarta vez.

– Entonces te trataré como tal, mi amor.

– ¿Significa que ayudarás a Lee a ingresar en Cambridge cuando estés allí?

– Sí. Tal vez Empresas Apocalipsis pueda financiar una cátedra profesional o construir un laboratorio de investigación.

– Lee es muy afortunado. Espero que lo sepa -dijo Ruby.

– Oh, estoy seguro de que sí-respondió Alexander sonriendo.