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– «Hiciste bien en enviarlo al exterior -leyó Elizabeth de una de las cartas-, aunque sospecho que extraña mucho a su madre. Lee absorbe cualquier cosa que le cuente acerca de ti como una esponja al agua, y las fotografías que le di ocupan un lugar de honor en su habitación. Como es un alumno de los cursos superiores, dispone de una habitación y un estudio para él solo, y tiene como vecinos a dos príncipes persas, uno de cada lado. Su inglés es perfecto, muy refinado, y sus modales son elegantes y para nada arrogantes. Te envío una foto suya con el nuevo traje de la escuela. No fue fácil tomársela porque parecía haber incorporado algunas de las supersticiones de sus compañeros y temía que la cámara le robara el alma. Afortunadamente, en su interior es demasiado ingeniero para creer en esas cosas, por eso accedió a tomarse la fotografía.

»Ya mide más de un metro ochenta, y todavía le queda mucho por crecer, según dice el director del centro. Debo decir que el hombre tiene mucha experiencia con niños y jóvenes y sabe lo que dice, así que te encontrarás con un gigante cuando lo veas. Cuando se pone el traje de remo se puede observar que tiene un muy buen físico que no termina en los muslos, como pasa con los blancos. Los músculos de sus pantorrillas son puramente chinos, macizos. Resultado: es un campeón en las carreras y rema como los dioses. El críquet es su pasión, lanza tan bien como batea. Espera integrarse al equipo de remo de Cambridge cuando vaya o, al menos, jugar al críquet para su colegio. El colegio será seguramente Caius, que acepta extranjeros. Como habrás notado con todo esto, él está ansioso por empezar en octubre del año próximo. Estoy investigando el sistema de poder de Cambridge para ver si puedo hacer algo que le facilite el camino, porque a pesar de su acento, no es un caballero inglés. Los dos muchachos persas también eligieron Cambridge. Se apoyan bastante en Lee, al igual que muchos otros estudiantes de Proctor. Tu hijo tiene una cualidad que yo llamo fuerza constante.»

Ruby tomó la carta nuevamente de manos de Elizabeth y le dio, llena de orgullo, la fotografía.

– Finalmente, te presento a Lee -dijo.

La fotografía mostraba a Lee sentado en una silla con una pierna cruzada sobre la otra. Elizabeth la estudió con detenimiento, tratando de no dejarse influenciar por el evidente orgullo de Ruby ni por la tendencia, algo sorprendente, de Alexander a la exageración. Tenía que admitir que nunca había visto un muchacho tan bien parecido, ni tan exótico. Ni siquiera Sung, a quien Lee se parecía bastante, poseía tan finas facciones. Pero también tenía algo de Ruby. Lee miraba a la cámara con una ligera sonrisa que dejaba entrever los hoyuelos de Ruby, y los ojos caucásicos del muchacho eran, obviamente, claros. Lo más importante era que demostraban una gran inteligencia.

– Es extraordinario -dijo devolviéndole la fotografía-. ¿Tiene los ojos verdes como los tuyos?

– No son del mismo verde, pero son igual de verdes. ¿Tiene sentido lo que acabo de decir?

– Oh, sí. Tiene el pelo peinado hacia atrás como si se hubiera puesto mucho macasar; seguramente necesitará colocar antimacasares en los respaldos de los sillones.

– No, no se aplica macasar. Tiene una coleta.

– ¿Una coleta?

– Sí. Sung quiso que la llevara.

– Así que ya han pasado ocho años y sólo faltan cuatro para que lo veas.

Sólo cuatro años, pensaba Ruby mientras volvía a Kinross en el funicular. Una eternidad para agregar a la eternidad que ya había pasado. Nunca escuché su cambio de voz, no vi aparecer los primeros pelillos de su barba ni experimenté ese momento apasionante y conmovedor en que el hijo de una mujer excluye repentinamente a su madre de su mundo adulto. Cada una de las cartas que me escribió está atada con una cinta verde jade y guardada en un cofre del mismo color. Conozco cada palabra de memoria y, sin embargo, cuando vuelva a mí será como un desconocido. ¿Cómo podía decir a Elizabeth que casi no lo reconozco en la fotografía? ¿Que lloré durante horas lamentando mi pérdida y la de él? Lo único que me consuela es que, en la fotografía, su mirada es serena, tranquila, sin rastros de dolor o de inseguridad. Seguramente, una vez que superó el trauma inicial de la partida, su vida en Proctor debe de haber sido fascinante y productiva. No puedo pedir nada más, excepto esperar que cuando elija a su pareja lo haga por las razones correctas. Alexander ansía que la elegida sea su Nell, pero yo dudo que sea el tipo de mujer que él encuentre atractiva. A los cinco años ya es enérgica y sensata, tiene una personalidad muy independiente. Bueno, Elizabeth tuvo que dedicar su tiempo a ocuparse de Anna, así que Nell hubo de arreglárselas por su cuenta. Es muy parecida a Alexander y, aunque Lee lo adora, me resulta difícil imaginar que pueda estimar tanto a Nell. De todas formas, son todas preguntas para resolver en el futuro. Todavía faltan cuatro años para que vea realmente qué clase de hombre es mi hijo. Cuando Lee vuelva tendrá veintiún años y será dueño de sus actos. Mi niñito será mayor de edad y le transferiré todas sus acciones de Empresas Apocalipsis. Se sentará con los otros socios como si fuera un extraño para mí.

Quizá porque todas estas cavilaciones le resultaban muy dolorosas Ruby desvió su atención hacia la ciudad de Kinross. ¡Qué cambiada estaba! Todo lo feo había desaparecido, reemplazado por caminos pavimentados, bordillos y alcantarillas, calles de tres vías, algunos elegantes edificios de ladrillos entre los que se encontraban el hotel Kinross y la iglesia de Saint Andrew. En uno de los lados de la plaza Kinross, que ahora era un vergel de flores y plantas bien cuidado, se estaba construyendo una nueva estructura: el magnífico teatro de ópera de Alexander. ¿Por qué sólo Gulgong podía tener un teatro de ópera? ¿Por qué Bathurst había de contar con tres teatros y Kinross con ninguno? Todas las casas eran de madera. El último exponente de adobe y cañas había sido derribado cuando la escuela se había instalado en un edificio de ladrillos mucho más grande e imponente. Hasta el hospital era respetable. El río corría terraplenes de hormigón equipados con bancos de parque, árboles y faroles ornamentales a gas, aunque, desgraciadamente, el agua seguía tan sucia como de costumbre.

Porque, entre el pueblo y la base de la montaña, había una industria con vías, máquinas, motores, la planta de refinería, docenas de depósitos de hierro acanalado y chimeneas humeantes. El oro continuaba saliendo en las mismas cantidades, pero a las estructuras complementarias se habían incorporado una fábrica de gas, una de dínamos y una unidad de refrigeración. Ahora, Kinross exportaba leche fresca y carne desde Bathurst y pescado y frutas de Sydney.

¿Qué habría sido de aquella colonia sin personas como Alexander y Sam Mort, el rey del frigorífico? En Inglaterra probablemente se hubieran estancado, pero aquí, en Nueva Gales del Sur, habían afrontado proyectos importantes y habían progresado. Me pregunto qué dirían mi abuelo Richard Morgan y mi madre, ambos convictos, si vieran en qué se ha convertido el sitio al que los mandaron como castigo. Y mírenme a mí, Ruby Costevan: primero amante de un viejo, después madama y ahora, socia de una empresa. Los hombres no lo pueden evitar: cuando tocan una cosa la cambian para siempre. Especialmente, Alexander Kinross y Samuel Mort. Eso pensaba Ruby mientras volvía a su distinguido hotel.

El tiempo transcurría. En el ámbito público la situación era bastante desalentadora por culpa de los errores de los políticos. Los habitantes de Kinross, descendientes de irlandeses, se indignaron cuando, en su discurso a los miembros del Parlamento, el primer ministro sir Henry Parkes aseguró que era necesario restringir la inmigración irlandesa para preservar el verdadero sentimiento británico en la colonia y consolidar el dominio de las religiones protestantes. Era su deseo, expresó, asegurar la enseñanza y la influencia de la ética protestante, por lo tanto, no era posible extender los beneficios a irlandeses y católicos que pudieran alterar el statu quo, que ya era demasiado irlandés y católico. Una afirmación estúpida que solamente logró abrir más la creciente brecha entre los irlandeses católicos y sus primos protestantes provenientes de otras partes de las islas británicas. También contribuyó a exacerbar las diferencias entre la clase trabajadora y las clases superiores, porque los irlandeses y los católicos eran más numerosos entre la primera de éstas. Por otra parte, también corrían rumores acerca de las «hordas de mongoles y tártaros», que ni siquiera eran cristianos de ningún tipo. Pero el hecho de que el fanatismo y la intolerancia provinieran de personas tan respetadas como los primeros ministros de los diferentes estados, simplemente reflejaba cuan generalizados estaban esos sentimientos retrógrados y cuan indiferentes eran los políticos a lograr la unión en lugar de la separación del pueblo.