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Amo a mis dos hijas, pero no logro que me agraden: una porque tiene una mente formidable y la otra porque sus hábitos me repugnan.

¡Ay, Dios mío, dime en qué me estoy equivocando! ¿Qué es lo que debería hacer y no estoy haciendo?, se culpó Elizabeth.

Cuando mencionó algunas de estas cosas a Ruby, ella emitió un resoplido burlón.

– Honestamente, Elizabeth, creo que estás siendo demasiado dura contigo. Hay personas, como yo, que tienen estómagos fuertes y no les molesta la suciedad y las asquerosidades, probablemente porque nacieron en lugares rodeados de porquería y de cosas repulsivas. Supongo que tú habrás crecido en una de esas inmaculadas casas escocesas, donde todo está barrido, lavado y limpio; sin nadie al lado que vomitara por haber tomado demasiado alcohol, o que se cagara encima de lo borracho que estaba, o que dejara sin lavar los platos hasta que se llenaban de moho, o que soportara que la basura se pudriera dentro de la casa. ¡Por Dios, Elizabeth, yo crecí en una cloaca! Además, si tu estómago es débil, es débil. No puedes controlarlo, gatita, aunque te esfuerces. Con respecto a Nell, estoy de acuerdo contigo, es una especie de monstruo. Nunca será una persona predecible, es más probable que sea del tipo de personas que descoloca a la gente. Tú sufres porque tuviste poca educación y Alexander te lo hizo sentir. Yo tampoco tuve educación pero cuando lo conocí, no era una niña inmadura de dieciséis años. Anímate y deja de hacerte reproches. Es mucho más importante que ames a tus hijas y no que simplemente te gusten.

Es necesario que llueva, pensó Elizabeth una mañana de mayo de 1882, cuando cabalgaba sobre Crystal para recorrer los cinco kilómetros que separaban la casa de La Laguna. La Laguna me mantiene cuerda. Sin ella, estaría encerrada, parloteando, en un sitio que me llevó a la sumisión. De todos modos, si así fuera no me enteraría de nada y eso da una cierta tranquilidad ¡Autocompasión, Elizabeth! El peor de todos los crímenes porque lleva al delirio, los daños imaginarios y la pérdida de contacto con los sentimientos de los demás. Todo lo que eres y todo lo que te sucede es culpa tuya. Podrías haberle dicho «No» a tu padre. ¿Qué hubiera hecho él, además de pegarte y mandarte a ver al doctor Murray? Podrías haberle dicho que no a Alexander. ¿Qué hubiera hecho, aparte de devolverte a tu casa deshonrada? Ruby tiene razón, pienso demasiado en mí y en mis errores. Debo pensar en La Laguna, me ayuda a olvidar.

Cabalgó con la yegua siguiendo las viejas huellas, que ya estaban tan marcadas que cualquiera que hubiera querido o que hubiera tenido autorización habría podido seguirla. Sin embargo, jamás se le había cruzado por la mente que alguna otra persona además de ella pudiera acercarse a La Laguna.

Hasta que, un par de kilómetros antes de llegar, Elizabeth escuchó el sonido de una risa masculina alegre y despreocupada. Su reacción no fue de miedo, pero de todos modos detuvo la marcha de su yegua. Se apeó de Crystal, la amarró a la rama de un árbol, acarició su blanco pelaje y caminó lentamente hacia La Laguna. Estaba irritada. ¿Cómo se atrevía aquel tipo a entrar en la propiedad privada de los Kinross? Elizabeth no tenía miedo, pero de todas formas era prudente: debía ver primero quién era el intruso. Si, por ejemplo, algún grupo de forajidos hubiera descubierto el sitio, ella cubriría sus huellas y regresaría a caballo a la casa, donde utilizaría el nuevo juguete que Alexander había instalado antes de marcharse: un teléfono conectado con la comisaría de Kinross y con la casa de Summers. La otra posibilidad era que se tratase de un grupo de nativos, pero ellos muy rara vez se acercaban a las poblaciones blancas en esta zona y le tenían miedo a la mina. Había tantas hectáreas de bosques deshabitados que aquellas personas, escasas en número, preferían salvaguardar su identidad tribal evitando la corrupción del hombre blanco.

No había caballos atados en las cercanías, ni señales de forajidos o nativos. Sólo un hombre de espaldas a ella, de pie sobre una roca que se proyectaba sobre La Laguna como un omóplato desnudo. Se quedó sin aliento, disminuyó la velocidad y se detuvo. Estaba desnudo, la luz recorría su piel dorada y una coleta de pelo negro lacio bajaba por su espalda hasta su cintura. ¿Un chino? Entonces, él se volvió en su dirección, alzó los brazos por encima de su cabeza, se zambulló haciendo un movimiento confuso y desapareció debajo de la superficie del agua casi sin salpicar. Mientras nadaba de un lado a otro, ella trató de prestar atención a su cara y lo reconoció como si fuera su propia imagen en el espejo. ¡Lee Costevan! Lee Costevan había vuelto. Se le aflojaron las rodillas y se desplomó sobre un montículo de tierra que había en el suelo. Después se dio cuenta de que cuando saliera para tomar aire, la vería. ¡Qué encuentro! ¡Qué vergüenza para los dos! ¿Qué podía decir? Gateando, se escondió entre la maleza, justo a tiempo.

Era casi doloroso presenciar el placer que el muchacho sentía cuando se impulsaba fuera del agua en un salto tan alto y potente como el de cualquiera de los peces que vivían allí. Después, sacudiéndose el cabello empapado de la cara, se subió sin esfuerzo a la roca, miró a su alrededor fascinado y se acostó a tomar sol. Elizabeth se quedó donde estaba, inmóvil como un lagarto, hasta que él decidió volver a meterse en La La guna. Entonces, ella se marchó arrastrándose.

Nunca supo cómo había hecho para regresar cabalgando a su casa. Sus ojos, su mente y su alma estaban poseídas por el recuerdo de ese hermoso y maravilloso cuerpo sin defectos; sus músculos bien formados bajo la suave piel; su rostro absorto, congelado en una expresión de placer supremo. Siempre había deseado con todas sus fuerzas la libertad, pero nunca la había encontrado personificada en un ser humano; hasta ahora. Aquel momento sería inolvidable, una verdadera revelación. Lee Costevan había vuelto a casa.

7

Un dolor distinto

Ruby apareció poco después de que Elizabeth acabara de bañarse y ponerse un vestido de tarde.

– Lee ha vuelto a casa -exclamó con el rostro transfigurado-. ¡Oh, Elizabeth, Lee ha regresado! ¡Yo no lo esperaba, no tenía ni idea!

– ¡Es fantástico! -dijo Elizabeth automáticamente, formando las palabras en su boca como si fueran de lana-. Tráiganos un poco de té, señora Surtees.

Acompañó a Ruby, que estaba ansiosa y exaltada, al jardín de invierno y la convenció de que se sentara en una silla durante más de un segundo seguido. Ahora le resultaba más fácil sonreír.

– Ruby, querida, tranquilízate. Quiero que me cuentes todo, pero no estás en condiciones de hablar.

– Apareció en el tren de Lithgow anoche, de la nada. No sé por qué pasó tan tarde, pero lo esperó para que hiciera la conexión con el lento tren de Sydney. Yo estaba en el vestíbulo con el obispo de la Igle sia anglicana y su esposa, que están visitando la parroquia -balbuceó Ruby.

– Lo sé. Vienen esta noche a cenar, ¿recuerdas? Ahora podrás acudir tú con Lee.

– ¡Y, en eso, entró Lee! ¡Ay, Elizabeth, mi gatito de jade es todo un hombre! ¡Es muy apuesto! ¡Y tan alto…! Además, deberías escucharlo hablar: pronuncia las vocales más perfectas que el más distinguido de los aristocráticos de Inglaterra. -Se secó las lágrimas y sonrió fascinada-. Al escuchar hablar a Lee, el obispo Kestwick comenzó a elogiarlo y, cuando se dio cuenta de que era mi hijo, no te imaginas cómo cambió su opinión sobre mí.