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– No sabía que tuvieras esas aspiraciones -dijo Elizabeth, deseando que su corazón no latiera tan rápido.

– No las tengo, pero el viejo está muy confundido acerca de mi posición en el universo Kinross; aunque sabe que no me puede tratar como a una mujerzuela, pues formo parte de la cúpula de Apocalipsis y soy una potencial contribuyente para su Iglesia. De todos modos, cuando vio a Lee, decidió que tenían una opinión equivocada sobre mí. Mi hijo ha estudiado nada más y nada menos que en Proctor. ¡Ay, Elizabeth, soy muy feliz!

– Hasta un ciego podría verlo, querida Ruby. -Elizabeth se mojó los labios-. ¿Esto quiere decir que Alexander va a regresar a casa? ¿Está en Sydney y vendrá más tarde?

El entusiasmo de Ruby disminuyó un poco al ver cómo cambiaba la expresión en los ojos de Elizabeth y cómo su rostro se cubría con aquella antigua máscara.

– No, mi amor, Alexander se ha quedado en Inglaterra. Mandó a Lee a casa durante el verano inglés porque Alexander es así. En la carta dice que no podía permitir que yo pasara otros tres años sin ver a mi gatito de jade. Lee se queda hasta fines de julio y después vuelve.

Cuando llegó el té, Elizabeth lo sirvió.

– Entonces, ¿qué haces aquí, Ruby? ¿Por qué no estas aprovechando para pasar cada minuto con Lee?

– Lee viene para aquí-respondió Ruby, que parecía haber vuelto a los veinticinco años, pues irradiaba juventud-. ¿Pensaste que iba a esperar hasta la cena para presentarte a mi hijo? Salió a recorrer Kinross y me prometió que vendría para la hora del té. -Frunció el entrecejo fingiendo estar enfadada-. ¡Qué sinvergüenza! Llegará con retraso.

– Cuando esté aquí haremos más té.

Apareció media hora más tarde. Para entonces, Elizabeth había logrado recomponerse. Un tanto sorprendida, había descubierto un rastro de desilusión dentro de sí cuando Ruby le había dicho que Alexander no volvía. Al menos Nell habría estado encantada de verlo. De todas formas, comprendía por qué Ruby no estaba molesta. Hubiera sido incómodo atender a un hijo y un amante que eran amigos entrañables y ocultar a Lee lo que Alexander significaba para ella.

Lee llegó al jardín de invierno con el pelo recogido en una coleta. Vestía unos pantalones de trabajo viejos pero limpios y una camisa de algodón con el botón del cuello desabrochado y las mangas remangadas. Elizabeth se puso de pie sin darse cuenta de la expresión abstraída y lejana que había adquirido su rostro, y extendió una mano para saludar al joven con una sonrisa distante en sus labios pero ninguna en los ojos. Ruby tenía razón, era increíblemente apuesto. Se parecía a Sung y a su madre. De Sung había heredado las facciones precisas y el aire patricio; de Ruby, la gracia de sus movimientos y su encanto natural. Pero sus ojos eran sólo suyos. El iris verde claro rodeado por una aureola de verde más oscuro volvían su mirada penetrante. Sí, los ojos claros con pestañas negras y piel color bronce eran desconcertantes, sugestivamente incongruentes.

– ¿Cómo está usted? -preguntó ella con voz inexpresiva.

La expresión de alegría que ella había visto un rato antes en su rostro se había desvanecido. Lee inclinó la cabeza hacia un lado mientras la inspeccionaba un tanto perplejo.

– Muy bien, señora Kinross -respondió estrechando la floja mano que le tendió Elizabeth-. ¿Y usted?

– Estupendamente, gracias. Por favor llámame Elizabeth. Toma asiento. La señora Surtees traerá té recién hecho enseguida.

Se sentó donde podía observar a las dos mujeres y dejó que fuera su madre la que hablara. De modo que ésta era la esposa de Alexander, de la que él casi nunca hablaba. No me extraña, reflexionó Lee. No era una mujer cálida o femenina, aunque la fría compostura iba bien con su estilo. Era la mujer más hermosa que jamás hubiera visto, con esa piel blanca como la leche, el pelo negro y los ojos color azul oscuro. Tenía una boca sensual sometida a una rigidez ajena a sus facciones naturales, el cuello largo y gracioso y hermosas manos que mostraban anillos que parecían fuera de lugar. Elizabeth Kinross no era una persona ostentosa, pero, seguramente, Alexander, que sí lo era, le había regalado los anillos. Desearía que hubiera venido conmigo, pensó Lee. Lo echo de menos y sospecho que en su ausencia me estoy perdiendo la ocasión de conocer la verdadera esencia de Kinross. Su esposa no me quiere aquí.

– ¿Cómo está Alexander? -preguntó ella cuando logró emitir una palabra.

– Le está yendo muy bien -dijo Lee con una sonrisa en la que aparecieron los mismos hoyuelos que se formaban en el rostro de Ruby-. Está pasando el verano con los hermanos Siemens, en Alemania.

– Viendo motores y máquinas.

– Sí.

– ¿Sabes si ha pasado por Kinross, en Escocia?

Lee se sorprendió. Abrió la boca para decir que seguramente Alexander le habría escrito una cosa así, pero la cerró. Cuando respondió a la pregunta lo hizo de un modo más directo.

– No, Elizabeth, no ha estado allí.

– Me lo imaginaba. ¿Habéis pasado mucho tiempo juntos?

– Todo el tiempo que Proctor me permitía.

– Típico de él.

– Es más padre para mí que Sung, aunque no lo digo con rencor o con ánimo de criticar. Amo y respeto a mi padre legítimo, pero no me siento chino -afirmó Lee.

Ruby miraba a uno y a otra con desilusión. No era así como había imaginado el encuentro entre su adorado hijo y su más preciada amiga. No estaban estableciendo ningún tipo de conexión, es más, Elizabeth irradiaba fastidio. La frialdad había vuelto para vengarse. ¡No me hagas esto, Elizabeth! ¡No rechaces a mi gatito de jade! Se levantó de un brinco y se puso el sombrero.

– ¡Uy, qué tarde es! Vamos, mientras todavía quede un bocadillo en la bandeja. El obispo Kestwick viene a cenar aquí esta noche, así que tú y yo volveremos junto con la pareja episcopal a las siete y media.

– Os espero -dijo Elizabeth con indiferencia.

– ¿Que te ha parecido la esposa de Alexander? -preguntó Ruby a su hijo en el funicular que los transportaba hacia Kinross.

Lee tardó unos segundos en responder. Después, volvió la cabeza y miró a su madre a los ojos.

– Alexander nunca me habló de ella, mamá, pero ahora que la conozco comprendo por qué sigues siendo su amante.

Ruby sintió que se quedaba repentinamente sin aire.

– Entonces lo sabes.

– Él no me lo quiso ocultar, porque sabía que tarde o temprano yo lo iba a descubrir. Tuvimos una larga charla sobre ti, y lo aprecio por eso. Habló de ti con profundo afecto. Dijo que eras la luz de su vida. Pero no mencionó a Elizabeth, ni me explicó por qué todavía estaba contigo. Sólo dijo que no podía vivir sin ti.

– Ni yo sin él. Entonces ¿no lo desapruebas?

– Por supuesto que no, mamá. -Sonrió, mirando hacia el pueblo a medida que se acercaban-. Es asunto vuestro, no mío, y no afecta a nuestra relación, ¿verdad? Me satisface pensar que mi madre y el padre que elegí están enamorados.

– Gracias, mi gatito de jade -dijo con voz ronca, estrechándole la mano-. Eres muy parecido al padre que elegiste en muchos aspectos. Ambos sois muy prácticos y eso, a su vez, os da la objetividad necesaria para aceptar las cosas que no se pueden cambiar.

– Como Alexander y tú.

– Como Alexander y yo.

Bajaron del funicular y caminaron entre los enormes depósitos techados con chapas de hierro acanaladas que albergaban las actividades de Apocalipsis hasta las calles de Kinross.

– Lee, ¿fuiste a ver la planta de procesamiento de mena, la fábrica de gas, los crisoles y todo eso, esta tarde? -preguntó Ruby mientras caminaban sobre la hierba de la plaza Kinross.

– No, me fui a recorrer los bosques, mamá. Europa está llena de fábricas pero no tiene bosques. Eso era lo que quería hacer primero: ver a nuestros propios animales correr libremente, oler los eucaliptos, ver los pájaros que tienen todos los colores del arco iris en su plumaje. Los pájaros europeos son bastante deprimentes, aunque el ruiseñor canta muy bien.