Выбрать главу

– ¿Y no viste a Elizabeth?

– No. ¿Tendría que haberla visto?

– No necesariamente. Pero hoy era uno de esos días en que ella da sus paseos a caballo, y siempre va hacia el bosque.

– ¿Uno de los días en que hace sus paseos a caballo?

– Algunos días a la semana deja a Jade en la habitación de la pequeña Anna a su cuidado. Supongo que sabes lo de Anna, ¿verdad?

– Oh, sí.

Entraron en la recepción del hotel.

– Seguramente conocerás a Nell esta noche. Elizabeth le permite que se quede levantada para ver a los invitados que vienen a cenar. -Ruby sonrió irónicamente-. Creo que es su forma de demostrar que una de sus hijas es muy inteligente, a pesar de que la otra sea deficiente.

– Pobre Elizabeth. ¿Tenemos que vestirnos formalmente, mamá?

– Oh, sí.

– ¿Va a ir Sung? Me siento un poco culpable de haberme ido al bosque en lugar de ir a presentarle mis respetos en la impresionante ciudad pagoda que construyó en la cima de la montaña.

– Puedes hacerlo mañana, Lee. Es impresionante su ciudad pagoda, ¿no? Sung no vendrá a la casa Kinross esta noche, es un chino pagano. Todos los invitados están relacionados con la Iglesia anglicana en Kinross. -Se rió-. ¡Excepto los Costevan! No somos chinos, pero somos decididamente paganos.

– ¡Paganos muy adinerados! -dijo él mientras se alejaba por el corredor, rumbo a su habitación.

No tienes un pelo de tonto, Lee, a pesar de todos los años que no estuviste aquí, pensó Ruby imaginándose que el aire todavía contenía algo de su esencia. Me ha superado, pensó. No sabía lo mayor que estaba ni qué extraña mezcla de Sung y mía resultaría ser. ¡Lee, mi Lee!

Después de pasar por la habitación de Anna, Elizabeth fue a su dormitorio y se sentó a mirar por la ventana. Pero no observaba la vista del bosque y de las montañas, sino que se miraba íntimamente, y pensaba en Lee Costevan en La Laguna. Una imagen de belleza, masculinidad y absoluta libertad. Hace años que voy a La Laguna, se dijo Elizabeth. Sin embargo, jamás se me ha ocurrido quitarme la ropa y juguetear entre los peces, como si yo misma fuera uno de ellos. La Laguna no es nada profunda, podría haberme quedado en la parte menos honda. Podría haber experimentado lo que él experimentó hoy. ¡Ay, Elizabeth, sé honesta contigo misma! No lo hiciste porque no podías. No eres libre para juguetear, ni siquiera en los días que sales a cabalgar con Crystal. Estás atada a un marido que no puedes amar y a dos hijas que amas pero que no te agradan, y eso te hunde como un lingote de plomo. ¡Así que sigue con tu vida y vete de aquí, Lee Costevan!

Aun así, eligió con particular cuidado el vestido que se pondría esa noche. Tafetán azul marino pálido con miriñaque decorado con volantes de chiffon que se repetían en la pechera y formaban pequeñas mangas debajo de sus blancos hombros. Ahora se afeitaba los pelos de las axilas, un truco que había aprendido de Ruby, que odiaba a esas mujeres que, como solía decir, «se visten con atuendos provocativos y cuando levantan un brazo muestran una espesa mata de pelos que destruye completamente su atractivo. Pearl sabe usar la navaja, dile que mantenga tus axilas depiladas, Elizabeth. Además, hace que el sudor se vaya; olerás mejor».

– ¿Y con la zona de abajo? -preguntó Elizabeth con una sonrisa picara.

– Yo no me lo depilo, porque cuando vuelve a crecer pica terriblemente, pero lo emparejo con las tijeras -respondió Ruby sin pudor-. ¿Quién quiere tener una barba pegajosa allí abajo? -Rió nerviosamente-. A menos que sea la barba pegajosa de un hombre.

– ¡Ruby!

Por lo menos, pensó, gracias a Ruby estoy al tanto de todas esas cosas. Listo. El conjunto de zafiros y diamantes quedaba muy bien con este vestido: adorno para el pelo, pendientes, collar y dos anchos brazaletes. No se había peinado el pelo como siempre con rodetes y bucles, sino que se lo había alisado hacia atrás y lo había sujetado y enroscado en un moño en la parte superior de su cabeza. No tenía por qué avergonzarse de sus orejas o de su cuello, entonces ¿por qué taparse la cara con un peinado abultado? Unas gotas de perfume de jazmín y estaba lista para hacer frente a la Iglesia anglicana de Kinross.

Como era de prever, los invitados quedaron absolutamente eclipsados por las dos mujeres más importantes del distrito, si no de toda Nueva Gales del Sur.

– Espero que sepa disculpar la falta de un anfitrión, su señoría -dijo Elizabeth al obispo-, pero me pareció oportuno incluir una cena en la casa Kinross en su primera visita a nuestro pequeño pueblo.

– Por supuesto -farfulló el obispo, asombrado por tanta belleza, presentada además con tanta elegancia y exquisitez.

– Bienvenido, Lee -dijo después al hijo de Ruby, que se veía como si jamás se hubiera puesto pantalones de trabajo y camisas de algodón sueltas. Su traje de etiqueta había sido diseñado por Savile Row, la corbata era una ancha cinta de seda bordada, como las que mostraban las últimas revistas de moda. Elizabeth había encontrado un nuevo término para definir a Lee: altivo. Sin embargo, era fascinante a la manera de Ruby, y pronto tuvo al obispo comiendo de su mano. Los Costevan son unos descarados.

A la derecha de Elizabeth se sentó el obispo Kestwick, y a su izquierda el reverendo Peter Wilkins; los demás invitados estaban sentados a los dos costados de la mesa, que se había dispuesto de modo que permitiese acomodar a los once comensales. El lugar de Alexander estaba en la otra cabecera, vacío. Por un momento, pensó en dar ese sitio a Lee, pero finalmente decidió que no era una buena idea. Después de todo, aún no tenía dieciocho años. Argumento sobre el cual el obispo decidió hacer un comentario.

– ¿No es usted demasiado joven para tomar vino, señor?

Lee parpadeó, y le dedicó una sonrisa particularmente seductora al invitado clerical.

– Jesús -dijo Lee- fue judío en un país y en una época en la cual el vino era más sano que la mayor parte del agua disponible. Supongo que Él empezó a beber vino apenas su bar-mitsvá le confirió la condición oficial de hombre adulto, o sea, después de haber cumplido doce años aproximadamente. Seguramente lo bebería diluido hasta que cumplió dieciséis años, aproximadamente. El vino es un don de Dios, señor. Si se toma con moderación, por supuesto. No me embriagaré, se lo prometo.

Una respuesta amable pero segura que dejó perplejo al obispo.

Con una sonrisa de oreja a oreja, Ruby lanzó una ardiente mirada verde a su hijo.

– ¡Lo jodiste Lee! -esbozó con los labios.

¡Oh, Dios santo, pensó Elizabeth, leyendo los labios de Ruby, sácame sana y salva de este desastre! Dos Costevan y la Iglesia anglicana a la misma mesa es la receta perfecta de la fatalidad.

Sin embargo, Chang estaba en buena forma y preparó una comida exquisita: una terrina de campo francesa con trufas enlatadas; filetes de cerdo asados a la perfección; el inevitable sorbete; rosbif que provenía de una res alimentada con maíz, y helado salpicado con granadillas.

– ¡Maravilloso, maravilloso! -exclamó el obispo al probar el postre-. ¿Cómo hace para mantenerlo congelado, señora Kinross?

– Tenemos cámaras de refrigeración, su señoría. Después de que el señor Samuel Mort estableció su planta frigorífica en Lithgow, mi marido vio los beneficios de ese recurso. Antes anhelaba poder comer pescado, pero aquí no hay. Ahora podemos traerlo desde Sydney sin temor a envenenarnos.

– Pero, sí hay peces aquí-dijo Lee comiendo con gusto pero cuidando sus modales. Tarea difícil para un muchacho de diecisiete años.

– No, no hay -dijo Ruby.

– Te aseguro que sí, mamá. Los vi hoy cuando fui a pasear por el bosque y descubrí una laguna hermosa que hay río arriba -dijo, mientras le dedicaba una sonrisa enternecedora a Elizabeth. ¿Por qué no se relajaría?-. Usted debe de conocer la laguna, señora Kinross. Yo seguí un sendero que, imagino, sólo usted puede haber hecho.