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Veo que cuando estamos en compañía no soy sólo Elizabeth para él. Qué astuto de parte suya.

– Sí, conozco la laguna y he visto los peces, Lee. Sin embargo, por más deseos de comer pescado que pudiera tener, no podría soportar pescarlos. Son tan libres, tan independientes, tan alegres… ¿Saltaban fuera del agua hoy?

Lee se sonrojó, como arrepintiéndose de lo que había dicho.

– Eh… no, me temo que no. Los asusté fingiendo que yo mismo era un pez.

He encontrado una fisura en su armadura. Sin querer me ha salido una rima, pensó Lee. Ella envidia a los peces, no se siente libre, ni independiente, ni alegre. Esta casa y su vida son una prisión de la cual no puede escapar. ¡Pobre Elizabeth! ¿Cuántos años tendrá? Es difícil adivinar la edad de una mujer cuando está vestida con toda la ropa que las mujeres tienen que usar. Mamá está llegando a los cuarenta, pero Elizabeth es más joven. Treinta y dos o treinta y tres, tal vez. «Ella camina, bella, como la noche de los climas despejados y los cielos estrellados.» ¿Cómo había hecho Byron para saber cómo eran las noches en Australia? Esos versos son inolvidables, pero es por su distancia. Yo no le agrado. Me pregunto si Alexander le gusta.

Cuando los hombres volvieron a la sala luego de haber bebido su oporto y fumado sus cigarros, Lee encontró a Elizabeth sentada en un sillón individual, y entonces se sentó en otro y lo puso a su lado. Ruby le hizo un gesto de agradecimiento con la mirada. Ahora podía sentarse libremente al piano y ganarse la cena.

– ¿Sabes? -dijo Lee a Elizabeth en voz baja-, mi madre es verdaderamente una excelente pianista y cantante, y estoy seguro de que su talento tiene mucho que ver con el hecho de que quiere ser aceptada por la sociedad de esta ciudad, más allá de su dinero. Escuché que algunos de los otros invitados decían, cuando bajaban del funicular que esperaban fervientemente que ella tocara y cantara.

– Soy consciente de su talento -dijo Elizabeth con recato.

– Hoy he usurpado tu sitio favorito -dijo él-. Lo lamento. No volveré a ir, lo prometo. Tus peces pueden saltar en paz.

– No tiene importancia -respondió ella-. No puedo ir todos los días, sólo los miércoles y los sábados. Los domingos voy a la iglesia en Kinross, y los jueves, a visitar a tu madre al hotel durante algunas horas. Si lo deseas puedes ir a La Laguna cuando yo no puedo, los lunes, martes, jueves y viernes. Me da la sensación de que no estás acostumbrado a ir a la iglesia, así que también puedes acercarte a La Laguna los domingos.

– Eres muy amable, pero puedo ir a otra parte.

– ¿Por qué? Quizá beneficie a los peces que los sacudan un poco.

A ti te beneficiaría una sacudida, pensó Lee. Eres tan serena, tan educada, tan indiferente… La laguna es muy importante para ti, Elizabeth Kinross, pero no puedes, o no quieres, demostrármelo.

– Me gustaría conocer a tus hijas -dijo él.

– Si piensas almorzar mañana en el hotel, las conocerás. Las niñas y yo almorzamos todos los domingos con tu madre.

– Estás muy callado -dijo Ruby a su hijo mientras paseaban por los jardines de la casa Kinross esperando que volviera el funicular. Los enormes e incómodos vestidos que llevaban las mujeres ocupaban más espacio que los mineros o que los hombres vestidos de traje, así que el funicular había partido sin ellos.

– Estaba pensando en Elizabeth.

– ¿En serio? ¿Qué exactamente?

– Cuántos años tiene, por ejemplo. Alexander nunca habla de ella.

– Elizabeth cumplirá veinticuatro en septiembre.

– ¡Estás bromeando! -dijo boquiabierto-. ¡Pero si está casada desde hace siete años!

– Sí, tenía dieciséis cuando se casó con Alexander. La trajo de Escocia sin conocerla. Si no habla de ella es porque su unión nunca prosperó. Si no, ¿por qué crees que sigue estando conmigo? Y seguramente tendrá unos cuantos consuelos femeninos en Europa.

– Te equivocas, mamá. Es más casto que un monje. -Lee sonrió divertido-. Lo cual no le impidió contratar una hermosa muchacha para que me iniciara a mí en los misterios del sexo.

– Qué amable de su parte -dijo ella sinceramente-. Me preocupaba ese tema: la gonorrea, la sífilis, las mujeres indecentes, las cazafortunas. Seguramente, se arremolinan alrededor de las escuelas como Proctor con la esperanza de atrapar a los muchachos inexpertos que tienen dinero para despilfarrar.

– Lo mismo pensó Alexander. Sé discriminador en el buen sentido, me dijo. Que el amor te gobierne, pero nunca el sexo.

– ¿Tienes alguna muchacha en este momento?

– Todavía sigo teniendo la misma. Me gusta entretenerme en los brazos de una mujer pero no soy promiscuo. Una por vez. La tengo en un apartamento bastante alejado de Proctor, para guardar las apariencias, y cuando vaya a Cambridge la llevaré conmigo y le pondré un apartamento más grande. Podré invitar a mis amigos -dijo Lee, satisfecho.

– ¿Crees que te sea infiel en tu ausencia?

– No, no lo creo. Sabe bien cuál es la mano que le da de comer, mamá. Sobre todo cuando es la misma mano que le da diamantes.

– ¿Y qué otra cosa estabas pensando acerca de Elizabeth?

– Oh, no, nada importante -dijo él vagamente.

Era una mentira que sabía que su madre no se creería. Sin embargo, por algún motivo, no tenía más ganas de compartir sus pensamientos con ella. ¡Sólo veintitrés anos! Había pasado directamente de la escuela a la cama matrimonial. Eso respondía a varias de sus preguntas, porque conocía a muchas muchachas de dieciséis años. Algunas eran hermanas o primas de sus compañeros de escuela, pero la nacionalidad no era importante, las niñas eran niñas y estas niñas eran bastante inmunes a las restricciones que la pobreza y la estricta moral religiosa imponía a las personas más humildes de sus reinos. Reían mucho, eran adictas a los chismes, se ponían histéricas cuando veían al hombre que les gustaba y soñaban con un matrimonio romántico, aunque fuera un matrimonio arreglado. A menos que ya conocieran al novio, siempre podían fantasear con que fuera el joven y apuesto hijo de un noble, en lugar de un amigo anciano de sus padres, y esperar que la suerte estuviera de su lado. Eran más las que se casaban con hijos apuestos que las que lo hacían con ancianos experimentados. Además de esas niñas, Lee conocía a las que acudían a la academia para señoritas de Rockleigh, que quedaba cerca de donde él estudiaba. Proctor tenía un acuerdo con esa academia, por el cual los estudiantes de ambas escuelas asistían a bailes juntos y a la fiesta del primero de mayo. Llamaban a eso «preparar a los alumnos para su debut social».

Esa clase de existencia, supuso, no había sido la clase de vida que Elizabeth había llevado. Algo más que un instinto le dijo que, una vez, Alexander había lanzado una diatriba contra el Kinross escocés, contra el ministro de la Iglesia presbiteriana y contra el clan Drummond, al cual pertenecía Elizabeth. Si lo que Alexander decía era verdad, las niñas estaban recluidas en una especie de claustro. Y ella salió de allí para casarse con un hombre muchos años mayor que ella. Alexander había cumplido treinta y nueve en abril. Ella llevaba su belleza como un atuendo que la vestía, del mismo modo que un hombre lleva su uniforme, para decirle al mundo quién creía Alexander que ella era.

¿Por qué me desprecia? ¿Porque soy mestizo? No, estoy seguro de que si Elizabeth fuera una fanática mi madre no la querría tanto como la quiere. ¡Sin embargo, es una alianza de lo más extraña! Ella debe de conocer cuál es la relación que hay entre mi madre y Alexander.

– ¿Elizabeth sabe de tu relación con Alexander? -preguntó.

– Por supuesto. Él trató de separarnos pero no lo logró. Desde que nos vimos por primera vez nos hicimos buenas amigas -dijo Ruby.