Otra pregunta que tenía respuesta, y sin embargo el misterio era cada vez más oscuro y las convulsiones más tortuosas. ¿Qué van a decir mañana cuando haga explotar mi bomba? No puedo esperar.
Lo último que Lee vio antes de quedarse dormido fue la boca de Elizabeth, y lo último que pensó fue cómo sería besarla.
– Es extraño que Nell no estuviera presente antes de la cena, anoche -dijo Ruby saludando a Lee con un abrazo-. ¿Cómo estaba Sung?
Lee la abrazó, y el rígido cuello de su camisa se estiró desmesuradamente.
– Hoy, que es domingo, ¿me tengo que quedar con este traje para el almuerzo?
– Sí. Elizabeth asiste al culto en la iglesia anglicana, así que seguramente estará bien vestida, con sombrero y todo. No me has dicho cómo estaba Sung.
– En excelente forma, por supuesto. La plutocracia sienta muy bien a papá. Sospecho que mucho más que ser un príncipe pequinés. ¡Se quedó muy conforme conmigo! Me parece que se arrepiente del día en que me repudió.
– Bueno, él no tenía forma de saber lo que depararía el futuro cuando eras tan sólo un hermoso bebé regordete -dijo Ruby sonriendo-. Él perdió, yo gané.
– Recuerdo que dijiste que Nell iba a estar ayer noche, mamá. ¿Te parece extraño que no estuviera?
– Sí, decididamente extraño. Tal vez Nell está atravesando una fase darviniana y Elizabeth temía que hubiera refutado las afirmaciones de la Iglesia anglicana acerca de la creación.
– ¿A los seis años? Por favor, mamá.
– Nell es un verdadero prodigio, hijo mío. Sus intereses son mayormente científicos, pero también dibuja, pinta, esculpe y toca el piano y el arpa extremadamente bien. Cuando le crezcan los dedos y alcance a tocar una octava, voy a tener competencia. A mí me agrada, pero a muchas personas no. -Sonrió-. Su principal defecto es dejar a las personas sin aliento, ¿te suena familiar? Ahora que lo pienso, es obvio que fue por eso que Elizabeth no la dejó estar anoche. Nell se habría puesto a la altura del obispo en un minuto y habría dado una conferencia sobre el pene en sus estados flácido y erecto. Es una apasionada de la anatomía y no le llevó demasiado tiempo darse cuenta de que ciertos aspectos de la materia son dinamita social si se usan ante el auditorio correcto.
Lee se echó a reír.
– ¡Es una descarada! A mí también me gustará.
– Sé que Elizabeth tuvo una vida complicada -dijo Ruby-, pero me temo que la de Nell será mucho peor.
– ¿Con el apellido que tiene? Mamá, es una Kinross, es de la nobleza australiana.
– Podrá ser una Kinross, pero es mujer, Lee. Una mujer que está interesada en temas que los hombres consideran dominio exclusivo. ¡Es muy pedante! Alexander está fascinado, por supuesto, pero no podrá salvarla de los malos tratos y de la oposición toda la vida.
Cuando llegó el grupo de la iglesia, Lee observó a Nell con gran curiosidad y vio en ella a Alexander. Con el pelo corto y un par de pantalones por encima de las rodillas sería un Alexander de seis años. Eso provocó que Lee la amara de inmediato. Sin embargo, Nell no estaba dispuesta a corresponder ese amor hasta que él no pasara su prueba.
De todos modos, primero tuvo que saludar a Elizabeth y a Anna. Una niña bellísima que era igual a Elizabeth, excepto por los ojos.
– Éste es Lee, Anna -dijo Elizabeth, que tenía a Anna en brazos-. Lee. ¿Puedes decir Lee?
– Dolly -dijo Anna sacudiendo su muñeca.
– ¿La puedo coger? -preguntó Lee.
– Se va a poner a llorar y no lo puedo permitir -dijo Elizabeth; cortante, displicente.
– No lo hará -respondió él con tranquilidad, tomando a Anna de los brazos de su madre-. ¿Ves? Hola, Anita-bonita. -La besó por toda la cara. La niña quedó fascinada. ¿Acaso nadie la besaba así?-. Soy Lee, Anita-bonita. ¿Puedes decir Lee? Lee, Lee, Lee.
Anna se volvió para abrazarle el cuello y descubrió la coleta.
– ¡Víbora! -dijo, aferrándose a ella.
Elizabeth se quedó boquiabierta.
– Jade, no tenía ni idea de que Anna sabía decir víbora.
– Yo tampoco, señorita Lizzy -dijo Jade perpleja.
– No es una víbora, es una cola de caballo, hinn, hinn -corrigió Lee, relinchando, sin inmutarse siquiera por la enérgica fuerza con la que la niña se aferraba a su pelo-. Yo soy Lee. Lee, Lee.
– Lee -dijo Anna abrazándolo-. Lee, Lee.
Hubo expresiones de asombro y satisfacción. También de desilusión.
Cómo se atreve ese intruso, pensó Lee, dándole la niña a Jade, que se retiró a la cocina para estar con Sam Wong.
Lee, Ruby, Elizabeth y Nell se sentaron a la mesa en el comedor privado de Ruby. Nell se había sentado sobre un almohadón.
– ¿Qué está haciendo papá, Lee? -preguntó la niña.
– Inspeccionando el eficiente sistema telegráfico alemán con Ernst y Friedrich Siemens.
– Ah, sí, Siemens y Halke -dijo Nell y frunció el ceño-. Considero que el Siemens más interesante es el que se llama Wilhelm.
– Estoy completamente de acuerdo, Nell. Sólo que ahora Wilhelm se llama William y vive en Inglaterra. Hay mejores leyes de patente que en Alemania.
– Es sólo una nación unida -dijo Nell-, es por eso.
– Dale tiempo al conde Von Bismarck, Nell.
– Su nombre de pila es Otto.
– Eres una engreída -dijo Lee sin alterarse.
– ¡No soy engreída!
– Sí lo eres. Las personas verdaderamente eruditas no abruman a sus semejantes menos instruidos con datos innecesarios. Tú sabes que su nombre de pila es Otto, y da la casualidad de que yo también lo sé. Pero no me siento en la necesidad de sacar a relucir mi erudición para impresionar a mi auditorio.
Nell se quedó callada como una mimosa púdica cuando la tocan: la cara colorada, la mirada baja y los labios apretados y rectos como los de Alexander. Se hizo un profundo silencio mientras las dos mujeres pensaban qué decir, qué hacer. Al final, ambas decidieron ignorar la monumental bofetada a la dignidad de Nell. Ruby, porque pensaba que sería beneficioso para Nell en un futuro y Elizabeth, porque le aterraba que alguien hubiera hecho lo que ella no lograba hacer: poner a esa niña terrible en su lugar. Lee comía alegremente su tortilla china como si nada hubiera pasado.
Elizabeth, que estaba sentada frente a él, no podía dejar de mirarlo, abstraída por la curiosidad que le suscitaba verlo comer. La forma en que movía la boca, la articulación de los músculos de sus mejillas, la suavidad con la que tragaba. Un movimiento económico pero minucioso; perfecto. Él alzó la vista y la miró a los ojos tan repentinamente que ella se convenció de que Lee podía leer lo que estaba pensando a través de su mirada. Elizabeth no se sonrojó, pero por un segundo él vio una criatura terriblemente tímida que había sido sorprendida en el acto. Después, bajó la vista y comió la tortilla con un entusiasmo que él sabía que era fingido. ¿Qué es lo que pasa detrás de esa fachada, Elizabeth? ¿Qué pensabas cuando me observabas hace un momento? ¡Háblame de tu personalidad secreta!
– El problema de que vayas a la escuela en Inglaterra, Lee -estaba diciendo Ruby-, es que no tienes amigos de tu edad en Kinross, así que los invitados a tu fiesta de cumpleaños serán señoras viejas y aburridas como Elizabeth y yo. Podríamos invitar al pastor de la iglesia anglicana y, por supuesto, vendrá el alcalde, que es Sung.
– En realidad, no necesito una fiesta de cumpleaños.
– Nadie necesita una fiesta de cumpleaños, pero eso no cambia el hecho de que la tendrás. -Ruby tenía una expresión maliciosa-. Lástima que no hayas traído contigo a tu querida.
Elizabeth se quedó boquiabierta.
– ¿Tu querida?
– Nell, no juegues con la comida. Vete.
Nell se marchó lanzando una penetrante mirada de reproche a Ruby.
– Una «querida» -dijo Lee apenas Nell se hubo marchado- es una mujer con más atractivo que virtud. Tengo una en Inglaterra.