Fue a visitarla vestido con ropa de trabajo. Se detuvo en el pórtico con su sombrero maltrecho en la mano y preguntó a la señora Surtees si la señora Kinross tenía un momento para atenderlo en el jardín. El ama de llaves lo miró extrañada pero asintió y se retiró a toda prisa. Él se dirigió hacia las rosaledas; todas las plantas estaban podadas y desnudas de flores u hojas.
– Las rosas crecen bien en estas alturas, el clima es más fresco -dijo cuando Elizabeth apareció con aire temeroso.
– Sí, pronto florecerán. La primavera llega temprano en Australia.
– Un invierno muy corto comparado con el de Kinross en Escocia.
– Yo diría que casi no existe.
Esto no está nada bien, pensó desesperándose: no podemos pasar el tiempo hablando del clima. Entonces le sonrió, consciente de lo que sus sonrisas provocaban en las mujeres de todas las edades. Pero descubrió que en Elizabeth no surtían efecto alguno. Oh, Señor, ¿cómo hacer para llegar a ella?
– ¿Qué tal estás? -preguntó él.
– Muy bien. En los últimos tiempos os hemos visto poco por Kinross a tu madre y a ti.
– Fue egoísta de mi parte robarte a mi madre, pero ella necesitaba un descanso de la rutina de siempre.
– Me atrevería a decir que a todos nos sucede.
– ¿Incluso a ti?
– Se podría decir que sí.
Se lanzó:
– Entonces vengo a traerte buenas noticias. En realidad, es un mensaje de Alexander. Quiere que en febrero tú, Nell, Anna y mi madre viajéis a Inglaterra. Será un descanso.
Esta vez la criatura lo miró con tanto pánico en los ojos que a él le pareció como si mentalmente hubiera dado contra una pared y luego contra otra avanzando sin preocuparse de cuan gravemente herida estaba. Pero cuando se acercó para sostenerla, ella retrocedió como si él la quisiera asesinar.
– ¡No, no, no, no! -exclamó con gritos apagados.
Confundido y perplejo, Lee se quedó mirándola como si fuera una extraña.
– ¿Es por mí? -preguntó-. ¿Es por mí, Elizabeth? Por que si es por mí, no tienes de qué preocuparte. Yo no estaré con vosotros. Estaré en Cambridge con mi… con mi querida. ¡No me verás jamás, te lo juro! -dijo llorando, afligido.
Ella se había cubierto la cara con las manos y hablaba a través de ellas.
– No tiene nada que ver contigo. ¡Nada!
Se secó las lágrimas, dio un paso hacia Elizabeth y se detuvo.
– Si no es por mí, entonces ¿por qué? ¿Por qué Elizabeth?
– No hay un por qué.
– Eso es una estupidez… ¡Por supuesto que hay una razón! Por favor, dímela.
– Eres un niño. ¡No eres nada para mí! ¡Nada! -Dejó caer las manos revelando una mirada dura-. No hay una razón que puedas comprender. Sólo di a Alexander que no puedo, que no iré, ¡no iré!
– Ven, siéntate antes de que te caigas.
Tomando más coraje del que jamás pensó tener, la sujetó por los hombros y la obligó a sentarse en la hierba. ¡Era tan delgada, tan frágil! Curiosamente, ella no intentó soltarse; es más, se inclinó un poco hacia él, y Lee pudo sentir su perfume. Olía a jazmines y gardenias, pero era un aroma suave, no abrumador. Dejó caer sus manos y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas. Estaba cerca de ella pero no demasiado.
– Ya sé que soy sólo un niño. Sé que no soy nada para ti. Pero, soy lo suficientemente mayor para tener sentimientos de hombre. Tienes que decirme por qué. Si lo haces, podremos limar nuestras asperezas. ¿Es por las niñas? ¿La dificultad que representa llevarlas a un lugar nuevo, sobre todo a Anna, que es tan problemática? -Como no respondía, él se apresuró a continuar-: Será sencillo, lo prometo. Alexander quiere que cinco de las hermanas Wong y Butterfly Wing viajen con vosotras. Reservó una cubierta completa de camarotes en el barco, viajaréis a todo lujo. Cuando lleguéis a Londres, viviréis en una casa enorme que Alexander alquiló en Park Lane, enfrente de la entrada al parque. Tiene establos, jamelgos, carruajes, caballos y personal de servicio residente, desde el mayordomo hasta las criadas. ¡El máximo del lujo!
Elizabeth seguía sin emitir palabra. Lo miraba fijamente como si fuera un extraño, aunque en realidad no lo era… ¿Cómo podía serlo?
– Entonces es por mi madre. ¿Es por mi madre? Te doy mi palabra de que Alexander no te pondrá en ridículo con ella. Para todos los que conozcáis, será tu mejor amiga, que viaja contigo para ayudarte con tus hijas. No será como en Sydney, él me ha jurado que se comportará con absoluta discreción. De modo que si es por mi madre no te preocupes.
La expresión de su rostro continuaba inmutable mientras él hablaba, desesperado, tratando de encontrar las palabras mágicas que la convencieran.
– ¡No quiero ir! -dijo entre dientes, finalmente, como si hubiera leído su mente.
– Es estúpido. Necesitas unas vacaciones, Elizabeth. ¡Imagina todas las personas que conocerás! La Reina está vieja y cansada, pero el príncipe de Gales es el centro de la alta sociedad y Alexander lo conoce bastante bien ya.
Silencio. Lee se lanzó nuevamente.
– Irás a Lake District, Cornwall y Dorset y, si quieres, a Escocia y a Kinross. Puedes conocer París, Roma, Siena, Venecia, Florencia… Ver los castillos de España y los bosques sarracenos en los Balcanes. Hacer un crucero por las islas de Grecia, ir a Capri, a Sorrento, a Malta, a Egipto…
Ella continuaba sentada en silencio, mirándolo en un modo extraño.
– Si no lo haces por Alexander -continuó-, hazlo por mi madre. ¡Por favor, Elizabeth, por favor!
– Sí -dijo exhausta-, ya sé que tengo que ir. Ha sido una sorpresa, eso es todo. Si me niego a ir, sólo empeoraré las cosas. Después de todo, no puedo escapar. Tengo dos hijas. A una de ellas le gustaría vivir sin mí, pero la otra no podría hacerlo. Tengo que complacer a Alexander en todo lo que pueda.
¿Qué era eso tan grave que había entre ella y Alexander? Es verdad que él tiene a mi madre, pensó Lee, y ella no tiene más que a sus hijas.
– ¿Es por que no lo amas? -preguntó Lee.
– Ésa es una parte.
– Si necesitas un amigo, yo estoy aquí.
Elizabeth se retiró más rápida que una anémona. Lee podía ver cómo el hielo se empezaba a formar en sus ojos, en su rostro. ¡Era una mujer muy fría!
– Gracias -dijo insípidamente-, pero no es eso lo que necesito.
Lee se puso de pie y le tendió las manos para ayudarla. Ella las ignoró y se levantó por sus propios medios.
– Estaré bien ahora -dijo ella.
– ¿Quieres decir que por lo menos estoy perdonado por mi comportamiento grosero?
El hielo se derritió un poco. Sonrió con un sentimiento verdadero que le encendió la mirada.
– No tengo nada que perdonarte, Lee.
– ¿Puedo acompañarte hasta la casa?
– No, preferiría estar sola.
Se volvió y se marchó.
Conservaré esa sonrisa conmigo durante el resto de mis días, pensó Lee.
A su madre le dio una versión resumida de los hechos.
– Elizabeth viajará contigo en febrero, pero, por lo que entendí, es más feliz cuando Alexander no está cerca.
Ruby alzó las cejas y miró perpleja a su hijo. ¿Cuándo se había obrado el cambio? ¡Seguramente, no habrá sido esta tarde!, se dijo ella. Sin embargo, en algún momento de su estancia allí, su hijo había dejado de ser un niño y se había convertido en un hombre. Sólo que ella no lo había notado hasta ese día.
Lee, que se había dado cuenta de que su madre había percibido alguna diferencia en él, se escabulló sin pensar en que debía decirle que su papel en la expedición de febrero era el de mejor amiga de Elizabeth. Para cuando volvió a verla, ya lo había olvidado por completo.
Esa noche, mientras se preparaba para ir a la cama, Ruby tuvo otra revelación. Era absolutamente imposible que Alexander tuviera el pan y la torta. Aquí, en Nueva Gales del Sur, su relación con ella era noticia conocida, que ni siquiera valía la pena comentar. Pero ¿en Londres, donde había que relacionarse con personas de las altas esferas, como solía hacer Alexander? No, no podía ser. Y no sería así. ¿Someter a Elizabeth a la humillación y a la vergüenza perpetua porque Alexander Kinross se paseaba con su esposa y su amante en un ménage à trois? ¡Jamás! Así que dejaría que Elizabeth fuera sola. Es lo correcto. Alexander y yo somos unos niños, no nos detenemos a pensar.