Выбрать главу

Pero ¿cómo hago para que vaya sin mí? Ruby sabía muy bien que Elizabeth se negaría a moverse de Kinross. Entonces, haré que Jasmine y Peach Blossom sean mis cómplices, se dijo; ¿por qué habría de dejarlas sin viaje cuando tres de sus hermanas van a ir? Le llevarán una carta a Alexander que expondrá mis sentimientos en un modo tan terminante que hasta él entenderá. Maldito confabulador.

Fingiré abordar el barco y simularé sentirme mal antes de que el buque leve anclas. Haré que Jasmine y Peach Blossom cierren la puerta de la cabina y que no dejen entrar a nadie, ni siquiera a Elizabeth. Buscaré al doctor de a bordo y le revelaré mi secreto, estoy segura de que no le vendrán mal unas cuantas libras extras. Para cuando Jasmine le dé mi carta a Elizabeth, será muy tarde para volver. Estarán en algún punto remoto del océano Índico. La decisión será irreversible.

Y Sung y yo nos quedaremos en Kinross para administrar Apocalipsis, y Charles nos ayudará. Ya he visto a mi gatito de jade, he pasado un maravilloso invierno junto a él, el último de su niñez. La próxima vez que lo vea, el hombre que vislumbré hoy ya lo será oficialmente. No sé qué haría si Alexander decide dejarlo en Inglaterra.

8

Cartas

Kinross, enero de 1883

Queridísima Elizabeth:

Si todo sale como lo planeé, Jasmine te dará esta carta cuando el barco se haya alejado del puerto de Ceilán. Supongo que podrías volver y tomar un barco desde Colombo, pero ya estás a mitad de travesía. Es mejor que sigas adelante.

A finales de julio, cuando Lee se fue después de haberme dado la noticia de este viaje, finalmente crecí. Alexander siempre decía que lo que más ama de mí es la niña que llevo dentro, y ahora comprendo a qué se refería. Soy tan despreocupada y mi sentido de la diversión y de la aventura están tan exacerbados que he atravesado cada situación, positiva o negativa, rechazando displicentemente las opiniones de los demás porque no las consideraba importantes. Si yo fuera una mujer respetable, tal vez las cosas hubieran sido diferentes, pero se podría decir que nací sin nada que perder. Si nunca recibiste una opinión positiva de la gente, ¿por qué habrías de esforzarte por ganar su favor? Así que me paseé descaradamente con Alexander por todas partes, inclusive en Sydney. Por supuesto, yo consideraba que tenía el derecho principal a sus afectos y me sentí reivindicada cuando volvió a mí después de casarse contigo. No soy una persona moral, de verdad no lo soy.

Cuando Lee me dio la noticia, en lo único que podía pensar era en volver a ver a Alexander. Tomé el hecho de que nos hubiera mandado a llamar como una señal de que no tenía intenciones de volver en el futuro inmediato. Mi mente se llenó de imágenes acerca de cómo sería mi vida de vuelta en sus brazos, y eran imágenes que me gustaban y que sabía que tú no desaprobarías, porque te estaría liberando de Alexander.

Y después me di cuenta de que, tal vez, él pensaba superar a Benjamin Disraeli paseándose con su amante y su esposa en el mismo carruaje abierto. Pero eso nunca funcionaría. El escándalo conmocionaría a Londres.

A mí ¿qué me importa un pequeño escándalo? En cambio para ti sería un desastre terrible. Por lo que pude imaginar de lo que pasaba por la cabeza de Alexander, su idea era hacerme pasar como tu mejor amiga, de esa manera no admitía nuestra verdadera relación. Pero hoy en día la gente de Sydney viaja constantemente a Inglaterra, sobre todo a Londres. No pasaría mucho tiempo antes de que la noticia se supiera y Alexander no es el príncipe de Gales.

Por esa razón decidí quedarme en casa, querida. Este es tu momento, así que disfrútalo como un regalo de mi parte. El problema es que nosotros tres somos producto de un pueblo pequeño y seguimos viviendo en un pueblo pequeño. Gracias al oro de Apocalipsis podemos hacer lo que nos place. En Sydney quizá también, pero en Londres no.

Que te diviertas, Elizabeth. Pasea mucho y ¡al diablo con Alexander! Lo único que te pido es que le des mis saludos a Lee y que trates de llevarte bien con él, hazlo por mí.

Con mucho afecto,

RUBY

Ceilán, marzo de 1883

¡Ay, Ruby!

Te escribo desde Colombo porque aquí hay una saca de correo que va a Sydney. La carta te llegará en tres o cuatro semanas. Lo mismo que tardaría yo si hubiera decidido volver.

¡Qué astutos fuisteis! El doctor Markham, Jasmine y Peach Blossom me engañaron por completo. Nunca se me ocurrió pensar que pudieras no estar en la bodega sufriendo terriblemente, porque recuerdo lo mal que se sentía la señora Watson cuando vinimos en el Aurora para que yo me casase con Alexander. Yo también estuve un poco mal cuando cruzamos el Gran Golfo Australiano, pero soy bastante buena a la hora de navegar. Según parece, Nell y Anna también. Las muchachas chinas lo pasan un poco peor, pero el océano Indico es como una laguna, de modo que una vez sobrepasemos Perth se recuperarán.

No sé si será porque el barco se mueve o por qué otra razón, pero Anna ha decidido caminar. Se bambolea un poco, pero ahora que ha descubierto para qué sirven las piernas no para de caminar hasta que se duerme. Su gordura de bebé ha desaparecido, se ha vuelto esbelta y está en buena forma. Su palabra favorita siendo «¡Lee!», pronunciada con un chillido, aunque está incorporando algunas otras a paso acelerado: barco, costa, soga, humo, hombre. Aquí en Colombo ha aprendido a decir palabras más complejas, como marinero, puerto y mujer.

Agradezco mucho tu preocupación, pero Lee me había explicado la situación y era como te la imaginabas: tú y yo íbamos a ser para todos las mejores amigas. Me tiemblan las rodillas de sólo pensar lo que dirá él cuando se entere de que no estás con nosotros, pero Jasmine me dijo que escribiste una carta para que se la demos a Alexander apenas lleguemos a Inglaterra.

Mi queridísima Ruby, acepto tu sacrificio de todo corazón y comprendo tus razones. Te prometo que iré a saludar a Lee.

Con mucho afecto,

ELIZABETH

Londres, abril de 1883

Mi adorada aguafiestas:

¡Nadie tenía por qué enterarse de lo nuestro! Si Elizabeth no fuera una hermosísima mujer, la gente podría sospechar, pero teniendo una esposa para presentar ante las personas más importantes, aun cuando alguno supiera lo nuestro, no lo podrían probar y no habría represalias. En realidad, es bastante común aquí que las personas de los círculos más elevados estén involucrados en el tipo de ménage à trois en que la esposa y la amante pertenecen al mismo círculo social. Aunque tengo que admitir que, por lo general, las amantes son las esposas de otros hombres y no solteronas como tú.

De todos modos, ahora nada de eso tiene importancia. Cumpliré con mi deber y escoltaré a mi hermosísima mujer a todas partes sin su mejor amiga.

Te echo de menos y te amo.

ALEXANDER

Londres, noviembre de 1883

Querida Ruby:

¡Ha sucedido algo extraordinario! Seguramente tú tenías un presentimiento acerca de esto, por eso te quedaste en casa. Si hubieras venido y se hubiera descubierto nuestra situación real, nada de esto hubiera sido posible. Alexander no tenía la menor idea, ¿entiendes?

¡Ahora soy lady Kinross! Alexander fue nombrado Caballero Comendador de la Orden Real del Cardo, lo cual significa que tiene un rango superior al de Henry Parkes y John Robertson, que fueron relegados a la de Saint Michael y Saint George. La reina Victoria en persona le confirió el título en una ceremonia privada. Por supuesto, Alexander me compró un conjunto de diamantes. Hay que vestirse de blanco y ponerse plumas blancas de avestruz en el pelo. Me sentía como uno de esos caballos blancos todos enjaetados que tiraban del carruaje que llevaba a Cenicienta al baile. Pienso que Alexander debe de haber recibido el título por ser un escocés casado con una escocesa. La Reina ama a los escoceses. Se rumorea que amó a uno de ellos en particular más que a los otros.