Papá escuchó, después suspiró y me dijo que me fuera. No sé qué le habrá dicho al señor Fowldes, pero debe de haber sido algo en mi favor porque, desde ese momento, el señor Fowldes renunció a tratar de convertirme en una niña. Yo esperaba que lo mandara a freír espárragos y me consiguiera otro tutor más parecido al señor Stephens, pero no fue así. Más tarde, me dijo que a lo largo de mi vida me encontraría con muchos hombres como el señor Fowldes, así que era mejor que empezara a acostumbrarme a ellos desde ahora. ¡Ja, ja, me salí con la mía! Le hice una cama corta y se la llené de melaza. ¡Se puso furioso! Así fue como me gané mi primera paliza con el bastón. Duele de verdad, tía Ruby, pero lo único que hice fue levantar el labio de arriba y ni siquiera me estremecí. Estuve tentada de mandarlo a tomar por culo, pero ni siquiera papá sabe que conozco esa expresión, así que preferí no hacerlo. Se lo diré el último día que esté bajo su tutela. No puedo esperar a ver la expresión que pondrá. ¿Crees que se pueda impresionar tanto que le dé una apoplejía y se muera?
La verdad es que preferiría mucho más estar en Kinross con el señor Stephens y mi poni. Sin embargo, el amigo de mamá, el doctor Gower, me llevó a ver un museo de especímenes anatómicos. Fue la mejor invitación que jamás me hayan hecho. Estantes y estantes llenos de frascos con órganos, piernas y brazos amputados, embriones, cerebros y hasta un bebé con dos cabezas. Ah, y dos bebés unidos por uno de sus costados. Si me dejaran, pondría una cama allí y me pasaría un año examinando todo en detalle, pero papá está más contento cuando me intereso por las rocas y la electricidad. No le gusta mucho la anatomía.
Él y Lee pasaron las vacaciones de tu hijo investigando nuevas ideas para el tratamiento de las aguas residuales. No te olvides de controlar que Chang dé de comer a las ratas, por favor. Me gustan las ratas, son animalillos muy alegres e inteligentes. También me gustas tú, tía Ruby.
Con afecto,
Tu amiga, NELL
Londres, abril de 1885
Querida Ruby:
Finalmente estamos a punto de volver a casa. Bueno, en realidad lo haremos a principios del otoño. ¡Oh, estoy tan contenta! Alexander ha decidido viajar con nosotras, gracias a tu correspondencia continua acerca del problema de las aguas residuales. Estoy de acuerdo, es un divertido juego de palabras lo de Po-popó. También hay un río en Italia que se llama Po. Es un río espléndido, muy caudaloso y ancho y no está muy alejado del sitio más hermoso y pacífico que haya visto en mi vida, los lagos de Italia. Italia es el país que más me ha gustado de toda Europa, incluyendo Gran Bretaña. La gente tiene una actitud muy positiva frente a la vida, aunque son terriblemente pobres. Y pasan el tiempo cantando, cantando y cantando. Los galeses también lo hacen, pero son más melancólicos.
Es muy extraño ser lady Kinross. Alexander, en cambio, está encantado con su título. Yo lo entiendo. Es como una forma de revancha contra los Kinross de Escocia. Desgraciadamente, el doctor Murray y mi padre estaban muertos desde hacía tiempo cuando Alexander se convirtió en sir Kinross. Así que, ahora, Alexander espera que sí exista la vida después de la muerte, para que esos dos se enteren de que es un caballero y se reconcoman por la envidia. En cambio, yo pienso que ni todos los honores ni la inmensa riqueza de Alexander podrían impresionar al doctor Murray y a mi padre, ni en esta vida ni en ninguna otra. Simplemente resoplarían y dirían que ninguna de esas cosas puede cambiar el hecho de que Alexander no sea hijo de su padre; algo que marca tanto como el pecado original.
Finalmente no volví a Kinross de Escocia. Oh, Ruby, me desanimó la idea de pasearme por ese pequeño pueblo con todo mi esplendor francés y mis joyas. Hubiera sido una actitud mezquina de mi parte. Yo podré ser tonta, pero ¿mezquina? ¡Jamás! Sin embargo, hace poco, Alexander me llevó a Edimburgo, porque Lee tiene que ir allí en octubre para empezar su doctorado. En Edimburgo me encontré con mi hermana Jean, la esposa de Robert Montgomery, de Princes Street. Nunca pude olvidar lo mal que trató a Alastair y a Mary cuando me acompañaron a tomar el tren a Londres. Sí, la perdoné, pero eso no es lo mismo. Así que pedí a Alexander que invitara a Alastair y Mary a Edimburgo y que los hospedase en un lujoso hotel. ¡Qué estupidez, Ruby! Parecían dos peces fuera del agua. Se sentían espantosamente incómodos y muertos de miedo por cometer algún error. ¿Por qué será que cometemos nuestros peores pecados en nombre de la caridad? De todas formas, tengo que admitir que me gustó refregarle por la cara mi título de lady a Jean. Alexander dice que a su marido le gustan demasiado los muchachos jóvenes y que todo Edimburgo lo sabe. Pobre Jean. Ahora entiendo por qué no tienen hijos. Ella es bastante irritable y bebe demasiado.
Nell ha cumplido nueve años, y Anna, ocho. Nell tiene serios problemas con su tutor, que no la puede controlar ni enseñarle más: ella lo ha superado en sus conocimientos. Anna descubrió cuatro verbos: necesito, quiero, jugar, se fue.
Las muchachas chinas se lo han pasado de maravilla. Me aseguré de que tuvieran la mayor cantidad de días libres posibles. Cuando estamos en Londres están a todas horas en el museo de Madame Tussaud o en el zoológico.
Lamento no haber podido ver más a Lee, el problema es que está muy ocupado. Imagino que te sentirás orgullosa de que se gradúe con honores. Es un joven refinado y encantador, y su sobrenombre es, como no podía ser de otra manera, «el príncipe». Muchos de sus compañeros de Proctor que fueron a Cambridge lo confirmaron.
Te escribiré de nuevo en estos días, por supuesto, pero quería que supieras lo antes posible que pronto regresaremos a casa.
Con mucho afecto,
ELIZABETH
SEGUNDA PARTE
1
Dos muchachas en flor
Nell cumplió doce años el día de Año Nuevo de 1888, y poco después empezó a tener sus menstruaciones. Como poseía el físico espigado y esbelto de su padre, el desarrollo de sus pechos fue limitado, algo que le había permitido ignorar ese primer signo de su madurez. Sin embargo, la llegada de las menstruaciones era algo imposible de negar, sobre todo con una madre como Elizabeth.
– Ya no puedes andar correteando y jugueteando por ahí, Nell -dijo Elizabeth tratando de recordar las cosas que le había enseñado Mary cuando sus menstruaciones habían empezado-. De ahora en adelante deberás comportarte como una señorita. No más incursiones a las minas y a los talleres, y basta de ser sociable con los hombres. Si tienes que levantar algo del suelo, debes mantener las piernas juntas y agacharte doblando las rodillas de modo que todo tu cuerpo baje al mismo tiempo. Por nada del mundo te sientes con las piernas abiertas, ni las muevas en el aire.
– ¿De qué diablos estás hablando, mamá?
– De un comportamiento recatado, Nell, y no me mires de ese modo.
– A mí me parece una completa estupidez. ¿Quieres que me siente con las piernas juntas?, ¿y que no las mueva por el aire?