– Nunca más. Tus bragas podrían estar manchadas.
– Eso sólo sucede cuando tengo la regla -dijo Nell provocativamente.
– Nunca sabes cuándo te vendrá. Al principio es bastante irregular. Lo siento, Nell, se acabó el juego -afirmó Elizabeth con frialdad-. Usarás vestidos cortos durante dos años más, pero te comportarás como una señorita.
– ¡No lo puedo creer! -exclamó jadeando teatralmente-. ¡Me estás sacando de la vida de papá! ¡Yo soy como un hijo para él!
– Eres su hija, no su hijo.
Nell miró a su madre llena de terror.
– Mamá, tú no se lo habrás dicho, ¿verdad?
– Por supuesto que lo hice -repuso Elizabeth poniéndose a la defensiva-. Siéntate, Nell, por favor.
– ¡No puedo!
– Cuando Anna era bebé -comenzó Elizabeth, que se sentía en la obligación de dar una explicación-, yo no la veía tan a menudo como una madre debería hacerlo, así que pensaba que era un poco retrasada, no que era demente. Fuiste tú la que preguntó a tu padre qué le pasaba a Anna. El se dio cuenta y eso me trajo muchos problemas con él.
– ¡Te lo merecías! -gruñó Nell.
– Sí, me lo merecía. Pero, desde ese momento, me aseguré de informar a tu padre acerca de todo lo que os ocurriera a Anna y a ti.
– ¡Eres una mujer despreciable!
– ¡Por favor, Nell, sé razonable!
– ¡Eres tú la que no quiere ser razonable! ¡Lo único que quieres es arruinarme la vida, mamá! ¡Quieres alejarme de papá!
– Eso no es justo y no es verdad -protestó Elizabeth.
– ¡Vete al demonio, mamá! ¡Vete al demonio! -exclamó Nell.
– Cuida tus modales y tu boca, Eleanor.
– Ah, conque ahora soy Eleanor, ¿no? Bueno, ¡me niego a ser Eleanor! ¡Mi nombre es Nell! -estalló, y se marchó enfurecida a llorar su rabia en la intimidad de su habitación.
Elizabeth quedó exhausta y confundida. No ha ido como yo pensaba, se dijo. ¿Yo también reaccioné así cuando Mary me habló de mis menstruaciones? No, la escuché obedientemente y a partir de entonces me comporté como ella me había dicho. ¿Sería Mary más afectuosa de lo que yo acabo de ser con Nell? ¿Tendría más tacto? No, no creo. Recuerdo que yo me sentía como si acabara de ser aceptada en una sociedad secreta y estaba orgullosa de mi ingreso. ¿Por qué asumí que Nell iba a reaccionar como yo, si no se parece en nada a mí? Tenía la esperanza de que nos hiciéramos amigas a partir de esta conspiración femenina, y en cambio, lo único que he logrado ha sido provocar su hostilidad. ¿Acaso Nell no se da cuenta de que, de ahora en adelante, será un objeto de deseo para los hombres? ¿No entiende que cada vez que vaya a un sitio que esté lleno de hombres, corre el riesgo de provocarlos en un modo que una niña ni siquiera puede imaginar?
Aunque Alexander no mencionó el tema, Nell era demasiado inteligente para no ver el cambio que se había producido en su padre de un día para el otro. La miraba de un modo diverso, con una mezcla de orgullo y tristeza. Es como si de pronto me hubiera convertido en alguien que no conoce y en quien no puede confiar, pensaba Nell avergonzada. A Nell nunca le habían gustado demasiado las mujeres, por eso odiaba que la naturaleza le hubiera recordado que era una de ellas. Especialmente, porque ahora papá la veía como a una extraña. ¡Muy bien! Si papá la consideraba una extraña, entonces él también dejaría de existir para ella. Así fue como Nell decidió alejarse de su padre.
Afortunadamente, Alexander comprendió la razón por la cual ella se había distanciado y la afrontó.
– ¿Crees que quiero convertirte en una señorita formal y correcta, Nell? -le preguntó, sentado en su sillón favorito de la biblioteca.
Ella se había acomodado en una silla enfrente de él con las piernas juntas, por si acaso sus bragas estaban manchadas.
– ¿Qué otra alternativa tengo, papá? No soy un niño.
– Nunca creí que lo fueras. Discúlpame si estuve un poco distante en estas últimas semanas. Es duro darse cuenta de lo rápido que vuela el tiempo, eso es todo. Mi pequeña amiga está creciendo y yo me siento viejo -dijo.
– ¿Viejo? ¿Viejo tú, papá? -preguntó irritada-. El problema es que se acabó la diversión para nosotros. ¡Mamá no quiere que vaya a la mina contigo, ni a los talleres, ni a ninguna parte! Tengo que dejar de comportarme como una chicarrona, pero ¡no quiero! ¡Quiero ir contigo, papá! ¡Contigo!
– Y así será, Nell. Pero tu madre me pidió que te diera un poco de tiempo para que te acostumbraras a los cambios.
– Eso quisiera ella -dijo Nell amargamente.
– No te olvides que tu madre tuvo una educación muy estricta -respondió Alexander que estaba tan molesto con Elizabeth como Nell. ¿Cómo se atrevía a asustar a esa niña adorable para que lo abandonara?-. Para ella, una vez que te conviertes en mujer, debes aprender a comportarte como una señorita con todas las letras. Las madres tienden a pensar que sus hijas son presa fácil para las atenciones de los hombres, en cambio, yo creo que mientras no los provoquen, están a salvo. Y no veo que tú estés haciendo una cosa así, Nell -dijo dedicándole una sonrisa-. No tengo ninguna intención de perder a mi mejor amiga.
– Entonces ¿puedo seguir yendo contigo a la mina y a los talleres?
– ¡Trata de impedirme que te lleve!
– Oh, papá, ¡te quiero! -exclamó trepándose a su regazo y echándole los brazos alrededor del cuello.
Elizabeth también le había dado un sermón a Alexander. Le había advertido que, de ahora en adelante, Nell tenía prohibido sentarse en su falda o comportarse como si fuera una niña pequeña en lugar de como una señorita. Sin embargo, Elizabeth se equivoca, pensó abrazando el cuerpo todavía infantil de Nell. ¿Por qué será que su educación la hace pensar siempre lo peor de las personas? ¿Acaso piensa que puedo empezar a tener pensamientos obscenos respecto de mi propia hija, de un momento a otro, tan sólo porque está creciendo? ¡Qué estupidez! ¡Ni loco voy a negar a Nell el afecto sincero que siempre le di! Además, ¿cómo puede pensar Elizabeth que cualquier hombre podría tratar de aprovecharse de la hija virgen de Alexander Kinross? Aunque Nell fuera como Ruby (cosa que jamás será), ningún hombre se atrevería a hacerle propuestas indecentes. Mi nombre y mi poder la protegen.
Una vez que Nell se reincorporó a la vida de su padre como en los viejos tiempos, lo único que quedó de la llegada de su primera menstruación fue una profunda brecha entre Alexander y Elizabeth, que no aprobaba, no podía aprobar, su decisión de seguir tratando a Nell como si nada hubiera cambiado. Su sentido de la corrección le decía que esta vez ella tenía razón y Alexander estaba equivocado. Lo único que la consolaba era que Nell seguía siendo terriblemente plana. Su cabello, negro y abundante, era de lejos su mayor virtud. Desgraciadamente, también sus cejas eran negras y espesas, pero además eran puntiagudas y con un aspecto algo diabólico. Su nariz, bastante grande, su boca, demasiado fina, como la de Alexander, y un rostro alargado de huesos tan pronunciados le daban un aspecto más bien lúgubre. Sus ojos, de un azul encendido, tenían una expresión firme y ligeramente burlona. De hecho, Nell tenía aire de ser una persona que estaba dispuesta a luchar por sus ideas, y ésa no era una actitud muy adecuada para una señorita.
En la clase ella tenía el control. El tiempo que había pasado con el señor Fowldes en Londres le había enseñado que no tenía sentido tratar de ser sumisa, porque eso llevaba solamente al conformismo. Era mucho mejor que la azotaran, que la arrastraran de una oreja a ver a su padre, y burlarse, sin importar cuál fuera el castigo. El único castigo que hubiera logrado aplacar a Nell hubiera sido uno que su padre jamás le impondría: suspender su educación y cambiarla por una que fuera más adecuada para una señorita.
Como no tenía hijos varones propios, Alexander había puesto todas sus expectativas en Nell, que lo adoraba a tal punto que no se atrevía a decirle que lo que ella realmente quería era ser doctora en medicina. De todas formas, era una ambición imposible de lograr, aun para la hija de Alexander Kinross. La facultad de Medicina de la Uni versidad de Sydney no aceptaba mujeres y jamás lo haría. Podría ir al extranjero a estudiar, o incluso a la Universidad de Melbourne, pero papa quería que lo sucediese un heredero de su propia sangre. Eso significaba que tendría que estudiar minería y metalúrgica en la facultad de Ingeniería, que tampoco había admitido mujeres hasta ahora, pero que no poseía ninguna ley que prohibiera que las mujeres se inscribieran, como era el caso de la de medicina. Una omisión producto de la falta de previsión: nadie pensaba que una mujer pudiera estar interesaba en estudiar ingeniería.