Para cuando cumplió diez años, Anna se había convertido en una hermosa réplica de su madre; algo que angustió a todos, especialmente a Jade, que tenía treinta y tres años. Alta y graciosa, Anna ya podía caminar sin dificultad y construir oraciones sencillas. También había dejado de hacerse sus necesidades encima, pero luego esta victoria se había transformado en el mal augurio de una madurez temprana cuando empezó a desarrollarse su busto.
A los once años tuvo su primera menstruación. Una pesadilla. A Anna, como a la mayoría de los niños retrasados, la aterrorizaba la sangre que parecía considerar como el vaciamiento de un ser, ya fuese del suyo propio o de otro. Tal vez ese miedo se había originado a partir de una experiencia que había tenido en la cocina de Sam Wong en el hotel Kinross, cuando uno de los ayudantes del chef se había hecho un tajo profundo en un brazo. Salpicaba sangre en todas direcciones porque había cortado una arteria y gritaba desesperadamente de pánico, impidiendo que lo agarraran para aplicarle un torniquete. Nadie se acordó de que la pequeña Anna, de sólo nueve años, estaba allí hasta que escucharon sus gritos por encima de los del cocinero.
Así que, cuando llegaron sus menstruaciones, Anna empezó a aullar de terror. Había que sujetarla para poder ponerle una compresa. Ni el tiempo ni la repetición del hecho aplacaron su temor. El único método que Jade y Elizabeth tenían para lograr que Anna superara esos cinco días era sedarla fuertemente con hidrato de cloral o, en caso de que eso no funcionara, con láudano.
Si toda la vida de Anna había sido un tormento, eso no era nada comparado con el desastre que provocó su primera menstruación. No había modo de explicarle que lo que le sucedía era normal y natural, que pasaría solo y que lo único que tenía que hacer era aceptar que se repetiría todos los meses. Anna no podía entenderlo por el horror que le provocaba y porque su nivel de atención era muy limitado. Además, tampoco era regular, así que no había forma de prepararla con anticipación para cada episodio.
Entre una menstruación y otra, Anna era bastante feliz a menos que viera sangre, en cuyo caso empezaba a gritar y a dar vueltas como loca por el terror. Si la sangre era suya, se desataban luchas titánicas.
Finalmente, al cabo de un año en los que había tenido ocho veces la regla, Anna había aprendido lo suficiente acerca de las menstruaciones para armar un escándalo cada vez que alguien intentaba desvestirla. Relacionaba el hecho de que le sacaran la ropa con las pérdidas de sangre. Sin embargo, esta situación produjo un cambio positivo. De pronto, Anna aprendió a desvestirse y a lavarse sola. Una vez que Elizabeth y Jade estuvieron conformes con el modo en que Anna se lavaba, la dejaron hacerlo por su cuenta.
– Tal vez las menstruaciones de tu hermana sean una bendición después de todo -dijo Elizabeth a Nell-. Nunca pensé que Anna sería capaz de aprender a lavarse y a cambiarse sola.
Por supuesto, la madurez de sus dos hijas hizo que Elizabeth se sintiera realmente vieja. Una sensación extraña considerando que, en realidad, era muy joven. Pero allí estaba, con treinta años y dos hijas jóvenes en pleno desarrollo en sus manos que no sabía cómo manejar. Si hubiera tenido más conocimientos o experiencia, podría haber hecho frente a las dificultades de otra manera. Sin embargo, tal como estaban las cosas, sólo podía andar a tientas y recurrir a Ruby cuando era necesario. No porque Ruby pudiera ayudarla con Anna. En realidad nadie podía, excepto Jade, amorosa y paciente, inagotable en su devoción.
En marzo de 1889 se cumplían catorce años de su boda. En todos esos años, Elizabeth se había enseñado a sí misma a no sentir y, de ese modo, había logrado un cierto grado de conformidad. De alguna manera, reflexionaba, la vida que llevaba tan lejos de su casa no era muy diferente a la que le hubiera tocado si se hubiera quedado cuidando a su padre y después como la tía soltera junto a sus sobrinas y sobrinos. Aunque era de vital necesidad, no era el centro de la existencia de nadie. Alexander tenía a Ruby y a Nell; ésta, a su vez, tenía a su padre, y Anna, a Jade. Los años pasaban y nada cambiaba entre ella y Alexander. Mientras no la tocara, ella era capaz de mantener las apariencias por el bien de la única hija que observaba, Nell.
¡Oh, pero sí había buenos momentos! Una risa compartida con Nell acerca de Chang, el cocinero; alguna cuestión en la que Alexander y ella coincidían plenamente; deliciosas charlas con Ruby; las visitas de Constance para aliviar la soledad de su viudez; cabalgar por el maravilloso mundo de los bosques; algún libro que la atrapaba, o tocar el piano a dúo con Nell; además, tenía privacidad cuando la quería, que era con bastante frecuencia. Y aunque pensaba en La Laguna, pues la imagen de Lee en La Laguna todavía la perseguía, al menos el tiempo había suavizado sus bordes afilados, difuminando el dorado brillo del sol y de su piel con el inexorable pulgar de un recuerdo que no se repetía. El tiempo, incluso, le había permitido volver a La Laguna y disfrutar de ella sin detenerse realmente a pensar en Lee.
Para Alexander, de repente, la casa se había vuelto tan femenina que lo hastiaba. Y aunque continuaba noblemente con la tarea de llevar a Nell con él en sus recorridos, cada vez que ella no tenía clases, se veía obligado a admitir que no era lo mismo que antes. No era culpa de ella, sino de él, y también de Elizabeth y sus reiterados comentarios acerca de que ahora Nell era una señorita y, por lo tanto, un blanco para los hombres. Así que, por más que tratara de evitarlo, se descubría a sí mismo controlando que ninguno de sus empleados estuviera mirando a Nell con deseo o, peor aún, que ninguno estuviera, como decía Elizabeth constantemente, detrás de ella pensando en todo el dinero que tenía. El sentido común demostraba que Nell no era una mujer fatal y que a buen seguro jamás lo sería. Sin embargo, el padre posesivo que llevaba dentro estaba lo suficientemente alterado para decretar, por ejemplo, que Nell no podía irse sola ni con Summers ni con ningún otro hombre de la mina o de los talleres. Hasta fue a la clase de Nell para asegurarse de cómo eran las relaciones allí. En ese momento se dio cuenta de que era un verdadero estúpido. Nell, obviamente, no era ni más ni menos que los otros muchachos. Las tres niñas blancas que habían empezado con ella se habían ido cuando ellas y Nell cumplieron diez años, por motivos que iban desde mandarlas a internados en Sydney hasta necesitarlas en casa.
La madurez de Anna fue la gota que colmó el vaso e hizo que Alexander deseara escapar. Ni siquiera Ruby podía procurar cordura suficiente a su vida mientras él estuviera atado a Kinross. Irse resultaba más difícil que antes a causa de la muerte de Dewy y de que Sung se estaba dedicando cada vez más a temas puramente relacionados con los chinos. Sin embargo, lo que una vez había sido una simple mina de oro, se había convertido en un imperio que requería su atención personal en todas partes del mundo. Tenía inversiones en otros minerales, desde la plata, el plomo y el zinc, hasta el cobre, el aluminio, el níquel, el manganeso y los microelementos; inversiones en el azúcar, el trigo, ganado vacuno y ovino; fábricas de motores de vapor, de locomotoras, equipos rodantes y maquinaria para la agricultura. Había plantaciones de té y una mina de oro en Ceilán, plantaciones de café en América Central y del Sur, una mina de esmeraldas en Brasil y acciones en cincuenta florecientes industrias de Estados Unidos, Inglaterra, Escocia y Alemania. La compañía todavía era privada así que nadie, excepto sus socios y él, sabía exactamente cuánto valían las Empresas Apocalipsis. Hasta el Banco de Inglaterra tuvo que hacer sus propias conjeturas.
Alexander se había dado cuenta de que tenía un ojo infalible para las antigüedades y el arte, por eso había adquirido la costumbre de combinar sus viajes de negocios al extranjero con la adquisición de pinturas, esculturas, objetos de arte, muebles y libros raros. Los dos iconos que había dado a sir Edward Wyler ya habían sido reemplazados, y la colección había seguido aumentando; al Giotto se agregaron dos Tizianos, un Rubens y un Boticelli que adquirió antes de enamorarse del arte no figurativo de los pintores modernos de París y comprar cuadros de Matisse, Manet, Van Gogh, Degas, Monet y Seurat. Tenía un Velázquez y dos Goyas, un Van Dyke, un Hals, un Vermeer y un Bruegel. Los guías de Pompeya estaban dispuestos a vender un invaluable suelo de mosaico romano por tan sólo cinco libras esterlinas de oro. En realidad, los guías de todas partes estaban dispuestos a vender lo que fuera por unas pocas piezas de oro. En lugar de poner estas cosas en la casa Kinross, Alexander se ocupó personalmente durante algunos meses de construir un anexo cerca de la casa donde todas las obras de arte, excepto sus favoritas, estaban instaladas, colgadas o expuestas en urnas de cristal. Era un pasatiempo, algo para aliviar su aburrimiento.