Viajar era otra de sus distracciones, pero estaba atado a Kinross. En una parte de su mente, Alexander aún seguía los pasos de Alejandro Magno, curioso de ver todo lo que el mundo tenía para ofrecer. Y ahora estaba anclado en una casa cuajada de sonidos y olores de mujeres. Más aún desde que Anna se había unido al club femenino con una cacofonía de alaridos y gritos.
– ¡Haz tus maletas! -le ladró a Ruby en junio de 1889.
– ¿Qué? -preguntó desconcertada.
– ¡Haz tus maletas! Tú y yo nos vamos de viaje.
– Me encantaría, Alexander, pero no podría. Ni tú tampoco, para el caso. No habrá nadie que se ocupe de las cosas.
– Dentro de poco, sí-respondió Alexander-. Vuelve Lee. Llega a Sydney dentro de una semana.
– Entonces yo no voy a ningún lado -dijo Ruby con aire rebelde.
– ¡Lo vas a ver! -protestó Alexander-. Nos encontraremos con él en Sydney, podréis veros y saludaros, y después nosotros partimos para Norteamérica.
– Llévate a Elizabeth.
– ¡Ni loco! Quiero divertirme, Ruby.
Los ojos verdes de ella lo miraron con una expresión que rayaba en el disgusto.
– ¿Sabes, Alexander, que te estás volviendo demasiado obsesivo contigo mismo? -dijo Ruby-. Para no hablar de tu arrogancia. Todavía no soy tu lacayo, buen señor, así que no vengas a gritarme que haga mis maletas sólo porque estás harto de Kinross. Yo no lo estoy. Si vuelve mi hijo, quiero quedarme aquí.
– Lo verás en Sydney.
– Sí, cinco minutos, si es que no tienes nada mejor que hacer.
– Cinco días, si quieres.
– Cinco años, quisiera yo. Pareces olvidar, amigo mío, que hace una eternidad que casi no veo a mi hijo. Si realmente vuelve a casa, entonces ahí es donde me quiero quedar.
Alexander, que comprendió que había firmeza en el tono de su voz, decidió abandonar su prepotencia e intentó poner una cara seductora y cargada de arrepentimiento.
– Por favor, Ruby, no me abandones -suplicó-. No nos iremos para siempre, sólo el tiempo necesario para sacudir las telarañas de mi mente y de mis zapatos. ¡Por favor, ven conmigo! Después, te prometo que volveremos a casa y te podrás quedar allí para siempre.
Ella se ablandó.
– Bueno…
– Ésa es mi chica. Pasaremos todo el tiempo que quieras con Lee en Sydney antes de embarcarnos. Lo que quieras, Ruby, con tal de estar fuera de aquí contigo. Nunca te llevé de viaje al extranjero. ¿No te gustaría conocer la Alhambra y el Taj Mahal, las pirámides y el Partenón? Si Lee está aquí, seremos libres. ¿Quién sabe qué nos depara el destino? ¡Ésta podría ser nuestra última oportunidad, mi queridísimo amor! ¡Dime que sí!
– Si tengo tiempo para ver a Lee en Sydney, sí-respondió Ruby.
Le besó las manos, el cuello, los labios y el cabello.
– Te doy todo lo que quieras con tal de que los dos estemos fuera de Kinross, y yo, lejos de Elizabeth. Desde que las niñas se desarrollaron, no hace más que rezongar, rezongar y rezongar.
– Lo sé, hasta la tomó un poco conmigo -añadió Ruby-. Pienso que, si pudiera, encerraría a Nell y a Anna en un convento. -Hizo un leve ronroneo de placer-. ¡Oh, ya dejará de ser tan estúpida al respecto! Es algo pasajero, pero sería bueno no estar en su punto de mira.
Cuando, al día siguiente, Elizabeth escuchó la versión abreviada de esta charla de boca de Ruby, se quedó pasmada.
– ¡Oh, Ruby, seguramente no soy tan mala! -protestó.
– Bastante, y tú no eras así -respondió Ruby-. En serio, Elizabeth, tienes que terminar con esta obsesión de cuidar de la virtud de tus hijas. Estos últimos dieciocho meses han sido terribles. Sé que no es cosa de todas las madres tener dos niñas que se convierten en señoritas tan rápidamente, pero te puedo asegurar que están perfectamente a salvo en este pueblo. Si Nell fuera una cabeza hueca, podrías tener algún motivo para preocuparte, pero es una persona muy sensata y no está enamorada del amor en lo más mínimo. Con respecto a Anna… ¡Anna es una niña grande! Tus continuas críticas han hecho que Alexander se aleje, inclusive de Nell, quien no se mostrará en absoluto agradecida contigo si descubre por qué su padre está tan ansioso por marcharse.
– Pero ¿y la empresa? -exclamó Elizabeth.
– La empresa se mantendrá -respondió Ruby, que no se sentía con ganas de informarla acerca de la llegada de Lee.
– ¿Y tú realmente irás con Alexander? -preguntó Elizabeth con tono melancólico.
Ruby suspiró.
– ¡No me digas que estás celosa!
– ¡No, no, por supuesto que no estoy celosa! Sólo me preguntaba cómo sería viajar con alguien que adoras.
– Espero de corazón que algún día lo averigües -dijo Ruby y la besó en la mejilla.
En la estación del tren los despidió una Elizabeth escarmentada. Ha vuelto a meterse en su caparazón, pensó Ruby con tristeza. ¿No será culpa de Alexander y mía que su única incursión en el mundo de la realidad haya sido por su preocupación acerca de las niñas? Lo peor de todo es que está fuera de lugar. Ninguna de las dos necesita que ella se preocupe.
– ¿Le dijiste a Elizabeth que Lee vuelve a casa? -preguntó Ruby a Alexander cuando el tren se puso en marcha.
– No, supuse que se lo habrías dicho tú -respondió sorprendido.
– No se lo dije.
– ¿Por qué?
Ruby se encogió de hombros.
– Si lo hubiera sabido, sería como uno de esos clarividentes modernos. Además, ¿qué importa? A Elizabeth no le interesa en lo más mínimo la empresa… ni Lee.
– Eso te molesta, ¿verdad?
– ¡Es la peor de las afrentas! ¿Cómo puede ser que haya alguien a quien no le agrade mi gatito de jade?
– Ya que a mí me gusta mucho, honestamente, no sabría contestarte a eso.
Después de que Alexander se fuera, Nell se sumergió en sus libros; estaba decidida a matricularse a finales de diciembre e ingresar en la universidad a la tierna edad de quince años. Su madre consideraba los planes de su hija como una ambición aterradora y se oponía rotundamente. Por toda respuesta, Nell le decía que no era problema suyo.
– ¡Si quieres molestar a alguien -dijo Nell, furiosa- ve a molestar a Anna! Por si no te has dado cuenta, se comporta cada vez peor. Le das media oportunidad y se escapa.
Como sabía que la crítica era legítima, Elizabeth se mordió la lengua y fue a buscar a Jade a fin de averiguar qué podía hacerse para disciplinar a Anna.
– Nada, señorita Lizzy -dijo Jade melancólica-. Mi niña Anna ya no es un bebé y no hay forma de retenerla en casa. Trato de vigilarla, pero ¡es tan… tan astuta!
¿Quién lo hubiera dicho jamás?, pensaba Elizabeth. Anna se había vuelto curiosamente independiente. Era como si haber aprendido a bañarse y a vestirse hubiera abierto una puerta secreta en su mente y que, una vez abierta, le hubiera dicho que podía cuidarse sola. En los períodos intermedios entre sus menstruaciones, era una niña alegre, fácil de entretener. Bastaba darle un rompecabezas o algunos bloques de construcción y jugaba durante horas y horas. Pero cuando cumplió doce años, que fue el año en que Alexander y Ruby se fueron de viaje, empezó a jugar a eludir a sus guardianes, correteando por los jardines y escondiéndose. Sólo su incapacidad de contener la risa (reía muy fuerte) permitía que Jade o Elizabeth la encontraran.