De todos modos, él cumplió con su palabra. Le mandó a Dragonfly, una mujer mayor, china, tan hermética como todos los orientales. Dondequiera que Anna estuviera, allí también estaba Dragonfly. Era tan discreta, que al cabo de un par de días Anna se olvidó de que existía.
– Es una guardiana perfecta -dijo Elizabeth a Lee por teléfono, ya que él no iba a la casa Kinross-. No tengo palabras para mostrarte mi agradecimiento, Lee, de verdad. Dragonfly nos permite a Jade y a mí tomarnos un merecido descanso, de manera que cuando ella tiene el día libre nosotras podemos hacernos cargo de Anna. Por favor, ven a tomar el té alguna vez.
– Alguna vez -dijo y colgó.
Alguna vez, o sea nunca, se dijo Elizabeth con un suspiro.
En lo que concernía a Lee, «nunca» era la palabra que lo decía todo. Cuando había visto a Elizabeth lidiando con una versión reducida de sí misma en la estación del funicular, las esperanzas de Lee de haberse librado finalmente de Elizabeth se esfumaron como si jamás hubieran existido. Los sentimientos lo arrastraban como una ola: amor, tristeza, deseo, desesperación. No confiaba en sí mismo, por eso había rechazado su invitación a tomar el té. Pero, de pronto, había caído en la cuenta de lo sola que estaba Elizabeth y su sentido común lo había obligado a acceder. Lo veía en sus ojos, en la expresión de su rostro, en el modo en que ella se comportaba. Estaba inmensamente sola. Sin embargo, mientras compartía ese agradable té con ella estuvo a punto de hacerle una propuesta que estaba seguro que Elizabeth rechazaría terminantemente con temor. Por eso, no podía volver a verla a menos que no hubiera otras personas presentes y, ahora que Alexander estaba de viaje, esas ocasiones eran poco comunes.
Él no quería volver a casa, pero admitía que Alexander tenía derecho a ordenárselo. Después de haber hecho todo lo posible desde la distancia, era hora de que se probara a sí mismo en el núcleo central de la red de Empresas Apocalipsis. Alexander tenía cuarenta y seis años y, evidentemente, estaba buscando un sucesor que lo liberara de sus compromisos para poder viajar y que le permitiera realizar una tarea menos onerosa para la compañía.
Cuando se había encontrado con su madre y Alexander en Sydney, había visto su evidente felicidad por estar juntos, ante la posibilidad de irse lejos los dos, y su corazón se estremeció. Ahora ya conocía la historia de Alexander: la legitimidad ostensible de su nacimiento que ocultaba que era un bastardo; el secreto nunca resuelto de su madre; su firme determinación de adquirir riqueza y poder; el placer que le provocaban esa riqueza y ese poder. Sin embargo, de su relación con Elizabeth nunca decía nada interesante. Lo único que sabía Lee era lo que le había contado su madre: que a Elizabeth no le estaba permitido tener más hijos y que, así las cosas, vivía en la casa de Alexander como si fuera su esposa pero sin actuar como tal. Sin embargo, eso no resolvía el misterio. En un pueblo con tantos chinos, Lee estaba seguro de que Alexander y Elizabeth podían encontrar la manera de disfrutar de las relaciones conyugales sin que ella se quedara embarazada. Aunque eran famosos por multiplicarse, los chinos también sabían cómo evitarlo, si querían. Especialmente los que tenían educación. Sin duda, Hung Chee, de la tienda de medicina china, sabía qué hacer. En la naturaleza abundaban las sustancias que podían provocar el aborto o prevenir la concepción.
Su amor por Elizabeth lo había vuelto sensible a cada gesto que hiciera Alexander, ya sea una expresión en su cara, en sus ojos o un movimiento del cuerpo, cuando hablaba de su esposa. Y esas expresiones mudas eran todas de perplejidad, de dolor. No de un amor que trasciende todo, no… Alexander sentía eso por Ruby, Lee estaba seguro. Sin embargo, Elizabeth no le era indiferente. Sin duda, no la odiaba ni la detestaba. Lee siempre tenía la impresión de que Alexander se había rendido, lo cual significaba que el tipo de relación que llevaban debía de haber partido de Elizabeth. A ningún hombre le podía ser indiferente aquella mujer; era demasiado bella, tanto por dentro como por fuera. Bella en un modo que atraía a los hombres, no que los alejaba. Parecía inalcanzable y eso despertaba el instinto de cazador y de conquistador de los hombres. Pero a Lee no le pasaba lo mismo. El deseaba a Elizabeth en un modo menos primitivo. Detrás de la compostura alejada de Elizabeth, él había vislumbrado dos veces una criatura llena de temor presa en una trampa. Lo que él ansiaba hacer era dejarla en libertad, aun cuando esa libertad significara que ella continuara considerándolo «nada», como había dicho una vez.
Sin embargo, ¡ella se había alegrado de verlo! Se había alegrado lo suficiente para pedirle que no se fuera, para suplicarle que fuera a visitarla nuevamente. Pero eso había sido producto de su soledad y su rechazo, de la sabiduría. Tenía que continuar en su posición. Alexander era su amigo y su mentor. Traicionarlo era impensable.
Así que Lee continuó con su trabajo en Apocalipsis manteniéndose alejado de la casa de la montaña y de Elizabeth, inmerso en sus obligaciones.
2
Querellas, industriales y de las otras
Alexander regresó a su casa renovado en abril de 1890, justo a tiempo para celebrar sus cuarenta y siete años.
Si el viaje no había durado más la razón era que Ruby se regocijaba más en la idea de viajar que en la sensación concreta que le producía hacerlo.
– O quizá -le dijo ella a Elizabeth antes de sacarse siquiera el sombrero- sea porque Alexander es un viajero muy desconsiderado: casi nunca se detiene. Hubo veces en las que hubiera dado cualquier cosa por un par de alas. San Francisco, luego en tren a Chicago; de ahí otro tren a Washington, Filadelfia, Nueva York, Boston. Y eso que Estados Unidos fue sólo el comienzo.
– Probablemente ésa fuese la razón por la que a mí me dejó recorriendo los alrededores con un guía cuando fui con él -dijo Elizabeth contenta de ver a Ruby-. ¿Llegasteis a los lagos de Italia?
– Yo sí. Alexander se quedó en Turín y en Milán. ¡Negocios, como de costumbre! Ya ves, acabamos de llegar y ya está recorriendo los talleres y la mina con Lee.
– ¿Te gustaron los lagos de Italia? -insistió Elizabeth.
– Maravillosos, querida. ¡Maravillosos! -respondió desconcertada.
– Yo los adoro. Si pudiera, me iría a vivir al lago de Como.
– Odio ser aguafiestas pero, personalmente, prefiero el hotel Kinross -dijo Ruby sacudiendo los pies para quitarse los zapatos. Lanzó una verde mirada inquisidora a Elizabeth.
– ¿Lograste entenderte mejor con mi gatito de jade? -preguntó.
– Casi no lo he visto, pero se ha portado muy bien conmigo-repuso Elizabeth.
– ¿En qué sentido?
– Anna adquirió la costumbre de escaparse de la casa después de que Alexander y tú os marcharais; incluso llegó hasta las torres de perforación. ¡Es tan astuta, Ruby! Tú conoces a Jade, así que sabes con cuánta atención la vigila. Sin embargo, la pequeña sinvergüenza nos burló a Jade y a mí juntas.
– ¿Y entonces? -preguntó Ruby alzando la vista para mirar a Elizabeth.
– Lee consiguió a Dragonfly, que es perfecta. Verás, Anna nos conoce y es lo suficientemente lista para distraernos y luego escapar en un santiamén. En cambio Dragonfly es como un poste: está pero no está. No se la puede asustar. Te digo, Ruby, que Lee me quitó un enorme peso de encima.
– Estoy encantada de que finalmente te lleves bien con él. ¡Ah… té! -exclamó Ruby al ver que Peach Blossom traía la bandeja-. Sé que eres algo baja, Elizabeth, pero siéntate. Me estoy muriendo de sed. En el extranjero no hay nadie que sepa hacer una taza de té decente. Bueno, salvo en Inglaterra, pero eso fue hace mucho tiempo.
– Has ganado algo de peso -dijo Elizabeth.
– ¡Ni me lo recuerdes! Es por culpa de esos deliciosos pasteles de crema que preparan en el continente.