Se produjo un breve silencio que finalmente Elizabeth interrumpió.
– ¿Qué me estás ocultando, Ruby? -preguntó.
Ruby la miró sorprendida.
– ¡Dios mío! Te has vuelto muy perspicaz.
– ¿No sería mejor si me lo dices?
– Alexander -dijo Ruby de mala gana.
– ¿Qué le sucede? ¿Está enfermo?
– ¿Alexander enfermo? ¡En absoluto! No, es que está cambiado.
– Para peor. -Elizabeth lo dijo convencida.
– Decididamente para peor -respondió Ruby frunciendo el ceño; bebió la taza de té y se sirvió otra-. Siempre tuvo tendencia a ser arrogante pero no era algo que, al menos yo, no pudiera soportar. Hasta tenía cierto encanto. A veces yo merecía que me bajaran los humos de una bofetada… -Soltó una risa nerviosa y continuó-: Metafóricamente hablando, por supuesto. Aunque una vez yo le di una a él.
– ¿En serio? ¿Antes o después de mí?
– Antes, pero no me cambies de tema. Ahora le ha dado por codearse con magnates de la industria y políticos influyentes. Empresas Apocalipsis es una potencia en casi todas partes. Parece que eso se le ha subido a la cabeza a tu marido, o tal vez sería más apropiado decir que ha decidido prestar atención a personas bastante repugnantes.
– ¿Qué personas repugnantes?
– Sus colegas magnates. ¡Te aseguro que jamás has conocido gente tan terrible, mi amor! Lo único que les interesa es ganar dinero, dinero, dinero, por eso tratan muy mal a sus empleados y recurren a todo tipo de trucos sucios para frenar el llamado «movimiento obrero», ya sabes, los sindicatos y esas cosas.
– No pensé que Alexander fuera susceptible a todo eso -dijo Elizabeth quedamente-. Siempre se jactó de tratar a sus empleados de maravilla.
– En el pasado -agregó Ruby en tono misterioso.
– ¡Vamos Ruby! ¡No sería capaz!
– No estoy tan segura. El problema es que las cosas se están poniendo difíciles y están afectando a todo el mundo. Los más ricos están de acuerdo en que la culpa de todo la tiene un libro que se acaba de publicar en inglés. El título en alemán es Das Kapital. Son tres volúmenes, pero sólo el primero está traducido, lo cual ha bastado para provocar un gran revuelo, según dicen Alexander y sus amigos.
– ¿De qué se trata? ¿Quién lo escribió? -inquirió Elizabeth.
– Trata de algo llamado «socialismo internacional», y el autor es un tal Karl Marx. Creo que hay otro más involucrado también, pero no recuerdo el nombre. De todas formas, se ensaña con los ricos, en particular con los industriales, y con una cosa que se llama… hmmmm… capitalismo. La idea es que la riqueza debería ser distribuida en forma equitativa para que no haya ni ricos ni pobres.
– No me imagino cómo una cosa así podría funcionar. ¿Y tú?
– No, no todo el mundo es igual. Además, dice que al trabajador se le explota de una manera vergonzosa, y que esa situación exige una revolución social. En todas partes el movimiento obrero se aferra a esta idea como el náufrago a una tabla. Inclusive hablan de dedicarse a la política.
– ¡Válgame Dios! -dijo Elizabeth con serenidad.
– Yo estoy de acuerdo contigo, Elizabeth, pero el problema es que Alexander y sus amigos parecen tomárselo muy en serio.
– Bueno, eso era allí. Ahora que Alexander está en casa, en sus dominios, se tranquilizará.
Lee no estuvo de acuerdo. No fue necesario que su madre le dijera que Alexander había cambiado: lo vio con sus propios ojos mientras recorrían la mina, los talleres y, para orgullo y alegría de Lee, la nueva planta destinada a separar el oro de la mena sumergiéndola en una solución de cianuro de potasio diluido y haciendo precipitar el oro por medio de limaduras y placas de zinc.
En primer lugar, el nuevo Alexander insistía continuamente en la decadencia mundial de la prosperidad y, por otra parte, veía todo de manera distinta que antes. Buscaba el modo de reducir costos aun cuando ello implicara una merma de la calidad.
– No se puede economizar en el proceso del cianuro y poner en juego la seguridad -le dijo Lee-. El cianuro de potasio es mortalmente tóxico.
– En altas concentraciones sí, pero no al cero coma uno del uno por ciento, mi querido jovenzuelo.
Lee parpadeó. ¡Alexander le hablaba como a un principiante!
– Basta la sal de cianuro para encenderlo -dijo Lee-, por eso no podemos permitir que cualquiera prepare la solución. Es una tarea para personas inteligentes y sumamente responsables; el tipo de personas que contemplé en el presupuesto destinado a sueldos.
– Y sin ninguna necesidad.
Y así continuó: que había demasiados operarios en el taller de locomoción porque el servicio técnico a las locomotoras se realizaba con más frecuencia de la necesaria, que por qué Lee no había automatizado la provisión de carbón a las máquinas de vapor, que no había motivo para retirar los viejos carros de carbón de la línea Lithgow-Kinross, que él no había notado ninguna anomalía al cruzar por el puente número tres.
– ¡Vamos, Alexander! -objetó Lee, atónito-. Para verla es necesario pasar por debajo del puente.
– Me niego a creer que haya que reconstruir la estructura completa -respondió Alexander de manera tajante-. La línea quedaría inhabilitada durante semanas.
– No si lo hacemos como sugiere Terry Sanders. Nos llevaría, como máximo, una semana. Además podríamos hacer una reserva de carbón.
– Eres un buen ingeniero, Lee, pero no le llegas ni a los talones a un hombre de negocios, es obvio -sentenció Alexander.
– Fue como estar frente a un tigre enfurecido, mamá -dijo Lee a Ruby esa noche mientras tomaban una copa.
– ¿Tan malo es, mi gatito de jade?
– Sí, tan malo. -Lee prefirió whisky escocés puro en lugar de jerez-. Sé que no tengo demasiada experiencia, pero no estoy de acuerdo en que yo haya gastado el dinero inútilmente, como dice Alexander. De repente, la seguridad ha dejado de ser importante para él. Podría aceptarlo si ello no significara poner en peligro la vida de los empleados, pero es así, mamá. ¡Es así!
– Y él es el principal accionista -dijo Ruby-. ¡Mierda!
– ¡Exactamente! -Lee sonrió y se sirvió otro whisky-. Estoy en la mierda y sobre la mierda. La planta de tratamiento de aguas residuales requiere urgentemente de las reparaciones que yo autoricé para que después me dijeran que no son necesarias. En todo este tiempo que conozco a Alexander, nunca se me había ocurrido pensar en él como un escocés tacaño. Sin embargo, ahora lo es.
– Porque lo han aconsejado mal en el extranjero. Escucha a personas que serían capaces de cortar por la mitad un chelín si con eso pudieran ahorrar un cuarto de penique de cada cien libras. ¡Maldición! -dijo Ruby poniéndose de pie de un salto-. ¡Somos muy rentables, Lee! Nuestros gastos son insignificantes en comparación con lo que ganamos, y ni siquiera hay accionistas a los que rendir cuentas, solamente los cuatro socios originales. Ninguno de nosotros se ha quejado. ¿Cómo podríamos? ¡Por el amor de Dios! -Ella también recurrió al whisky-. Bueno, en la próxima junta podríamos informarle de que no estamos de acuerdo.
– No prestará la menor atención a nuestras protestas -respondió Lee.
– No tengo ganas de subir la montaña para ir a cenar.
– Yo tampoco, pero tenemos que ir, aunque sólo sea por Elizabeth.
– Me contó -dijo Ruby mientras se colocaba la tupida boa de plumas alrededor del cuello- que fuiste muy amable con ella.
– Tendría que ser un monstruo para no ser amable con ella. -Miró divertido la boa-. ¿Dónde conseguiste esa cosa tan loca?
– En París. El problema es -dijo empujando la cola para que cayera detrás de ella mientras se daba la vuelta- que pierde plumas como una gallina vieja. -Lanzó una risotada-. Después de todo, yo misma soy una gallina vieja.
– Para mí serás siempre una pollita, mamá.