Выбрать главу

– Se va a escapar -objetó Jade apenada.

– Sí, se va a escapar. De todas formas, me atrevería a decir que sir Alexander tiene razón, no le sucederá nada malo.

– ¡Me aseguraré de que no me engañe, señorita Lizzy!

– Lo único que me preocupa es que se caiga en el monte y se rompa algún hueso. ¡Ay… Dragonfly!

Dos días más tarde, Alexander organizó una reunión de junta. Sólo estaban presentes Sung, Ruby y Lee. El marido de Sophia Dewy se encontraba demasiado lejos para llegar a Kinross a tiempo. Alexander no quería tener más oposición de la necesaria.

– Voy a reducir a la mitad la producción de la mina -dijo en un tono que no daba lugar a objeciones-. El precio del oro está cayendo y bajará aún más a medida que pase el tiempo. Por eso vamos a recoger velas antes de que estalle la tormenta. Teniendo en cuenta la mina de carbón, tenemos una plantilla de quinientos catorce obreros. La reduciremos a doscientos treinta. Los empleados que trabajan en el pueblo son otros doscientos, casi todos chinos. De ésos quedarán cien.

Por un momento nadie dijo nada. Luego Sung habló:

– Alexander, si hubiera una crisis económica mundial las Empresas Apocalipsis podrían sobrevivir durante muchos años. En este momento, el oro representa una parte relativamente insignificante de nuestras ganancias. ¿Por qué no podemos seguir extrayéndolo? Tenemos bóvedas de seguridad, podríamos almacenarlo si fuera necesario.

– ¿Y agotarlo para el futuro? No -dijo Alexander.

– ¿Cómo se puede agotar almacenándolo? -preguntó Sung.

– Porque lo estamos extrayendo de la tierra.

Lee cruzó las manos y las apoyó sobre la mesa, esforzándose por mantener la calma.

– Uno de los objetivos de la expansión de las Empresas Apocalipsis fue sostener algunas de nuestras compañías y sociedades cuando atravesaran un mal momento -afirmó en tono neutral-. Si ahora la mina de Apocalipsis necesita apoyo, deberíamos dárselo.

– No se puede mantener una empresa que sufre pérdidas -dijo Alexander.

– Si se disminuye la producción a la mitad, no, estoy de acuerdo. ¡Pero nuestra planta es altamente especializada, Alexander! Tenemos los mejores mineros. ¿Por qué perderlos por una situación temporal? ¿Y por qué habríamos de destruir nuestra reputación? Nunca hemos tenido problemas con los sindicatos. De hecho, tratamos tan bien a nuestros empleados que ni siquiera se molestan en afiliarse a los sindicatos.

La mirada de Alexander no cambió. No obstante, Lee siguió con el intento.

– Siempre he valorado el hecho de que no consideráramos a nuestros empleados como ciudadanos de segunda clase. No es necesario ser codiciosos, Alexander. Empresas Apocalipsis es capaz de mantener nuestro nivel de vida actual, aun cuando la mina sufra pérdidas.

– Lee tiene razón -intervino Ruby-, pero no se atreve a ir demasiado lejos. Apocalipsis y Kinross fueron el principio de esto, Alexander, les debemos todo. Por mi parte no aceptaré recortes que, considerando las dimensiones de la compañía, no son más que una gota de agua en el mar. ¡Está en todas partes! ¡La mina y Kinross son como tus hijos! Has puesto mucho de ti en ellos, y ahora actúas como si hubieran cometido un crimen, y eso sí que es un crimen.

– Puro sentimentalismo -gruñó Alexander.

– Estoy de acuerdo -dijo Sung-, pero son sentimientos buenos, Alexander. Tu gente y la mía llevan una buena vida aquí. Así ha de ser en el futuro, y para eso es necesario conservar la buena reputación.

– Estás abusando de la palabra «buena», Sung.

– Sí, y no me lamento.

– Supongo que, ya que posees la mayoría de las acciones, Alexander, tendrás intenciones de despedir a doscientos ochenta y cuatro mineros y a cien empleados del pueblo, ¿no es así? -preguntó Lee.

– Así es.

– Hago constar mi desacuerdo.

– Yo también -dijo Sung.

– Y yo -dijo Ruby-. Y, asimismo, hago constar que tampoco Dewy está conforme.

– Lo que vosotros digáis me importa un bledo -respondió Alexander.

– ¿No piensas hacer nada por los despedidos? -preguntó Lee.

– Por supuesto, no soy como Simon Legree. Recibirán una indemnización acorde con los años de servicio, con su especialización, y con el mínimo de miembros de sus familias.

– Algo es algo -dijo Lee-. ¿Eso vale también para los obreros de las minas de carbón?

– No, sólo para los empleados de Kinross.

– ¡Por Dios, Alexander! ¡Los de la mina de carbón son los que causarán más problemas! -gritó Ruby.

– Por eso, precisamente, no se beneficiarán de mi generosidad.

– Hablas como el molinero de Yorkshire -observó Ruby.

– ¿Qué te pasa, Alexander? -preguntó Lee.

– Me he dado cuenta del abismo que separa a los que tienen de los que no tienen.

– ¡Sería muy difícil encontrar una respuesta más estúpida que ésa!

– ¡Esto ya raya en la insolencia, jovenzuelo!

– No tan jovenzuelo, visto que tengo veintiséis años. -Lee se levantó con una expresión severa en su rostro-. Reconozco que todo lo que soy te lo debo a ti, desde mi educación hasta mi participación en las Empresas Apocalipsis, pero no puedo continuar siéndote leal si te empeñas en ser tan desconsiderado. Si te obstinas, no tenemos nada más de que hablar, Alexander.

– Eso son sandeces, Lee. El movimiento obrero se está organizando para entrar en política y los sindicatos están empezando a concienciarse de su propio poder: los gigantes industriales, como esta empresa, están amenazados por todas partes. Si no hacemos algo ahora, será demasiado tarde. ¿Quieres que un grupo de idiotas socialistas se haga cargo de todo, desde los bancos hasta las panaderías? Es preciso dar una lección al movimiento obrero. Cuanto antes, mejor. Ésta será una de mis contribuciones -dijo Alexander.

– ¿Una de tus contribuciones? -preguntó Ruby.

– Sí, me he propuesto otras. No tengo ninguna intención de hundirme.

– ¿Pero cómo podría hundirse Empresas Apocalipsis? -inquirió Lee-. Tiene tantos recursos que ni siquiera un verdadero Apocalipsis podría destruirla.

– La decisión ya está tomada y no pienso echarme atrás -dijo Alexander.

– Entonces yo tampoco cambio de opinión. -Lee se dirigió hacia la puerta-. Renuncio a formar parte de esta junta y a mi participación en la compañía.

– Entonces, véndeme tus acciones, Lee.

– ¡Ni loco! Se las diste a mi madre en fideicomiso para que me las transfiriera a los veintiún años. Son una forma de devolución de los servicios que mi madre te brinda, y no son negociables.

Lee se retiró con calma de la habitación. Alexander se mordía los labios, Sung contemplaba la pared, y Ruby miraba fijamente a Alexander.

– Eso no ha estado nada bien, Alexander -dijo Sung.

– Creo que estás desquiciado -dijo Ruby.

Alexander juntó sus papeles nerviosamente.

– Si no hay otros asuntos que tratar, la reunión ha terminado -dijo.

– El problema es -se lamentó Ruby con Lee- que Alexander se está construyendo una coraza de… de… de… ¡Uf! ¡No sé cómo explicarlo! Su altruismo ha desaparecido, gracias a la influencia de sus colegas magnates. Son más importantes las ganancias y el poder que los seres humanos. Está perdiendo de vista a las personas; le gusta (o mejor dicho, lo excita) movilizar un elevado número de personas para lograr sus propios fines. Cuando lo conocí estaba lleno de ideales y principios, pero ya no es así. Si su matrimonio hubiera sido más feliz y tuviera un par de hijos varones propios, las cosas serían diferentes. Estaría ocupado enseñándoles aquellos ideales y principios.

– Tiene a Nell -dijo Lee recostándose con los ojos cerrados.

– Nell es mujer, y no lo digo en sentido despectivo. Es sólo que heredó el temperamento de Alexander en versión femenina. Jamás llegará a dirigir Empresas Apocalipsis. Estoy segura. Sí, será sobresaliente en ingeniería y hará todo lo posible por complacerlo porque lo adora. Pero al final no sucederá nada, Lee. No puede suceder nada más.