– Mamá la profeta.
– No, mamá la intérprete de la realidad -dijo Ruby que, por una vez, estaba seria-. ¿Qué piensas hacer, Lee?
– Como dinero no me falta, puedo hacer lo que me plazca -respondió Lee abriendo los ojos y le dedicó una de esas miradas curiosas que ella siempre había asociado con su pequeño gatito de jade-. Podría viajar a Asia o visitar a algunos de mis amigos de Proctor.
– ¡Oh, no! ¡No te marches de Kinross! -rogó.
– Tengo que hacerlo mamá. Si no, Alexander me destruirá. Deja que se enfrente solo a las consecuencias de sus acciones.
– Se volverá más avinagrado que nunca.
– Entonces no te quedes aquí para verlo; ven conmigo, mamá.
– No, yo me quedo aquí. Honestamente, un viaje fue más que suficiente. Soy sólo dos años mayor que Alexander, pero siento como si en lugar de dos fueran veinte. Además, cuando caiga se va a hacer añicos, y si yo me voy, ¿quién va a juntar los pedazos? ¿Crees que Elizabeth estaría dispuesta a hacerlo?
– No tengo la menor idea -dijo Lee- de qué haría o dejaría de hacer.
A diferencia de Alexander, Lee no daba tanta importancia a las posesiones materiales, por lo que hacer las maletas resultó para él una tarea fácil y rápida. Sólo llenó una grande y otra pequeña. Tampoco creyó necesario llevar atuendos elegantes o trajes para las distintas ocasiones. Sin embargo, le resultaba extraño no estar ansioso por encontrarse con Alexander en alguna parte.
La última mañana, subió por el sendero sinuoso hasta el monte. El sol tenía un resplandor invernal; un brillo tenue teñía de rojo los capullos sonrosados de las nuevas ramas de los eucaliptos. La primavera estaba a la vuelta de la esquina; las mazorcas de maíz nacían y en el lado nordeste de las rocas dispersas aquí y allá crecían las deliciosas espigas color marfil de las orquídeas dendrobium. Hermoso. Todo era muy hermoso, y muy difícil de abandonar.
Se sentó en un inmenso peñasco, entre las orquídeas, y se abrazó las rodillas.
Lo único que no puedo arrancar de mi corazón es mi amor por Elizabeth, que le da sentido a mi vida. Nómada, solitaria, libre. Sin embargo, estaría dispuesto a renunciar a esa libertad. Si pudiera, me quedaría con Elizabeth. Daría todo lo que tengo y lo que soy a cambio de Elizabeth. Su cuerpo, su mente, su corazón, su alma.
Se puso de pie como si de pronto hubiera envejecido. Tenía que despedirse de su amada.
La encontró preocupada. Anna se había escapado.
– ¿Qué sucedió con Dragonfly? -preguntó.
Abrió los ojos, asombrada.
– ¿No lo sabes?
– Evidentemente, no -dijo, sin dejar de ser amable.
– Está enferma del corazón, y Hung Chee aseguró que durante seis meses no podía trabajar. Alexander dijo que haberla contratado era ridículo y me prohibió que buscara a alguien que la reemplazara
– ¿Qué diablos le pasa a este hombre? -exclamó Lee con los puños apretados.
– Es la edad, creo. Sospecho que se siente viejo y no le quedan mundos por conquistar. Ya se le pasará.
– Me voy para siempre -dijo de repente.
Su piel era blanca por naturaleza. Sin embargo, de pronto pareció que se hubiera vaciado adquiriendo una transparencia fantasmagórica. La reacción de Lee fue instintiva: la tomó de las manos y la sujetó con fuerza.
– ¿Estás bien, Elizabeth?
– Hoy no tanto -susurró-. Estoy preocupada por Anna. Es por culpa de Alexander, ¿verdad? Él te obliga a irte.
– Mientras no cambie de actitud, sí.
– Lo hará, aunque me duele pensar el precio que deberá pagar ¡Oh, tu madre, Lee! Esto le romperá el corazón.
– No, eso sólo lo puede hacer Alexander. Será mucho más fácil para ella reconciliarse con él después de mi partida, ya lo verás.
– No es así. Él te necesita, Lee.
– Pero yo no lo necesito a él.
– Te entiendo. -Posó la mirada en sus manos. Sin que él se diera cuenta, los pulgares de Lee se movieron en pequeños círculos, acariciándole las muñecas. Ella estaba encantada.
Intrigado por saber qué estaba observando tan fijamente, Lee también miró hacia abajo, y se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Sonrió y le besó suavemente las manos, primero una y luego la otra.
– Adiós, Elizabeth -dijo.
– Adiós, Lee. Cuídate.
Se marchó sin darse la vuelta para mirarla. Ella se quedó en medio del jardín, viendo cómo se alejaba. No pensaba en Anna. Sólo pensaba en Lee, y sus ojos se llenaron de lágrimas.
– ¿Sabes? -dijo esa noche Alexander antes de la cena-. Los años te sientan bien, Elizabeth.
– ¿De verdad? -contestó tranquila, pero en guardia.
– Sí. Te has convertido en lo que vislumbré alguna vez, cuando aún te tenía por un ratoncillo inofensivo. Eres una leona mansa.
– Lamento que Lee se haya ido -fue su respuesta.
– Yo no. Era inevitable. Hemos llegado a un punto en que nuestros caminos se bifurcan: él quiere la paz a cualquier precio y yo tengo sed de guerra.
– Un león salvaje.
– ¿Cómo describirías a Lee?
El contorno de su mandíbula cambiaba a medida que inclinaba la cabeza hacia atrás. Se movía con tanta gracia que Alexander sintió una ráfaga de deseo. Cerró los ojos con una sonrisa enigmática.
– Como la serpiente dorada del jardín del Edén.
– ¿Era dorada la serpiente?
– No lo sé, pero tú me pediste que lo comparara con un animal.
– Es adecuado, tiene rasgos de serpiente. Ahora que lo pienso, nunca dijiste si te gusta o no. ¿Te gusta?
– No, nunca me gustó.
– ¿Hay alguien que te guste, Elizabeth?
– Ruby… Sung… Constance… También la señora Surtees.
– ¿Y tus hijas?
– A mis hijas las amo, Alexander. Jamás lo pongas en duda.
– Pero yo, ni te gusto, ni me amas.
– No, es cierto: ni me gustas ni te amo.
– ¿Te das cuenta de que has estado casada conmigo durante casi la mitad de tu vida?
Irguió la cabeza y, con los ojos muy abiertos, lo miró fijamente.
– ¿Eso es todo? -preguntó-. Me parece una eternidad.
– ¿Te dije que eres una leona mansa? -Alexander hizo un gesto de fastidio-. Pues no: una eternidad conmigo te ha convertido en una perra, querida.
Los despidos en la mina Apocalipsis habrían pasado sin demasiado alboroto si no hubiera sido por Sam O'Donnell, un minero que había trabajado allí poco tiempo y, por lo tanto, no recibió más que una suma simbólica a modo de indemnización. Tampoco tenía esposa e hijos que le permitieran aumentarla.
Aun en sus momentos de mayor avaricia, Alexander mantuvo un saludable instinto de conservación que le hizo ver que no era prudente despedir a sus empleados sin darles una compensación, aunque no existían leyes o estatutos que lo obligaran a hacerlo. Si todavía se hablara con Ruby, ella le habría dicho que a fin de cuentas tenía demasiado corazón para ser un capitalista salvaje. Elizabeth, en cambio, le habría dicho que era demasiado vanidoso para soportar que lo tildaran de capitalista salvaje. Ambas tenían algo de razón. Su problema fue que no consideraba a los obreros de la mina de carbón del mismo modo que a los de la mina de oro de Apocalipsis: los despidió con dos semanas de indemnización. Era generoso comparado con otros.
Sam O'Donnell fue directamente a la Asociación de Mineros Unidos, la más activa de las organizaciones que defendían los intereses de los mineros del carbón. La mayor parte de los mineros australianos eran inmigrantes galeses, y las minas, como la de Alexander en Lithwog, eran privadas.
Sam O'Donnell regresó de Sydney acompañado por Bede Evans Talgarth, un joven y prometedor político vinculado con el movimiento que representaba al Consejo Gremial de Nueva Gales del Sur. Aunque había nacido en Australia, Bede Talgarth, como su nombre bien indicaba, era de origen galés. Era más temible que cualquier activista o negociador sindical. Autodidacta, poseía un alto nivel de educación que le permitía entender libros contables y argumentos económicos. Por otra parte, con tan sólo veinticinco años ya se había ganado fama de excelente orador. Devoto de los nuevos dioses Marx y Engels, soñaba con disolver el Consejo Legislativo, que era la Cámara alta del Parlamento de Nueva Gales del Sur, cuyos miembros eran designados de por vida, y acabar con la influencia del gobierno británico en la política australiana. Odiaba a Inglaterra apasionadamente. No obstante, tenía la mente fría y era muy perspicaz.