La entrevista que tuvo con Alexander Kinross el primero de agosto fue como el choque de una fuerza irresistible contra un objeto inamovible. Ambos de origen humilde, aquellos hombres habían elegido caminos muy distintos en la vida, y ahora que se enfrentaban no tenían intenciones de ceder en lo más mínimo. Las condiciones de trabajo y los salarios habían sido tan buenos a lo largo de los años que los mineros y los empleados de la refinería de Alexander no se habían molestado en afiliarse a un sindicato. Excepto Sam O'Donnell, miembro desde los tiempos de Gulgong. Por esta razón, Bede lo utilizaba como punto de apoyo y exigía su readmisión.
– Es pendenciero y problemático -dijo Alexander-. Y por lo tanto es la última de las personas despedidas a la que readmitiría. De hecho, si en el futuro volviera a contratar personal, no emplearía a Sam O'Donnell.
– El precio del oro está bajando, sir Alexander. Esta es una artimaña suya para mantener el oro in situ hasta que el precio vuelva a subir.
– «In situ», ¿eh? ¡Qué frase tan elegante para un simple demagogo! Lo que está sugiriendo es ridículo. Estoy despidiendo gente porque no puedo sostener la producción a pleno rendimiento, eso es todo.
– Vuelva a contratar al señor O'Donnell -insistió Bede.
– Váyase al demonio -respondió Alexander.
Bede Talgarth se retiró.
El único hospedaje disponible en Kinross era el hotel de Ruby, donde Bede había alquilado la habitación más pequeña y más económica. Escrupuloso en el uso de los fondos del sindicato, prefería, siempre que fuera posible, pagar los gastos de su propio bolsillo, que alimentaba, a duras penas, escribiendo artículos para el Bulletin y para un nuevo periódico obrero llamado Worker, o pasando la gorra después de sus soflamas en el Sydney Domain los domingos por la tarde. Tenía la esperanza de que le eligiesen para el Parlamento de Nueva Gales del Sur el año siguiente, ya que los miembros titulares en ese momento habían resuelto que después de las elecciones los integrantes del Parlamento cobrarían salarios interesantes. Hasta entonces no recibían un sueldo, lo cual impedía que los pobres tuvieran acceso a la Cámara baja. En el futuro los pobres también podrían hacerlo.
Bede medía alrededor de un metro ochenta, un poco por encima de la altura promedio. Era corpulento, en parte como consecuencia de sus años de minero en Newcastle (había comenzado a trabajar a los doce años junto con su padre, que había nacido en Gales), y en parte porque había recibido una alimentación mucho mejor que la de su padre durante su infancia en el valle Rhondda, en Gales. A pesar de su estatura, y de que caminaba como un marinero por la musculatura de sus piernas, era muy apuesto. Tenía el cabello rojizo, espeso y ondulado, algunas pecas, y ojos negros como los de Alexander. La gente no lo consideraba bien parecido pero las mujeres encontraban atractivas sus facciones angulosas pero armoniosas. Y si por casualidad lo veían con la camisa arremangada, se quedaban pasmadas mirando sus brazos musculosos. Ruby fue mucho más directa cuando lo encontró en el vestíbulo de su hotel, después de su reunión con Alexander.
– ¡Qué guapo chaval eres! -dijo. Sus verdes ojos espiaban tímidamente a través del abanico de plumas de avestruz-. Si el resto es como lo poco que estoy viendo, corrijo «chaval» por «semental».
Bede resopló y retrocedió como si le hubiera dado. Consideraba a las mujeres como servidoras vulnerables y no toleraba que fueran vulgares.
– No tengo la menor idea de quién es usted, señora, pero si eso ha sido un ejemplo de su nivel de conversación, no tengo ganas de averiguarlo.
– ¡Un mojigato! Seguramente serás también un predicador, ¿no? -dijo ella lanzando una carcajada.
– No logro entender qué relación pueda tener Dios con las mujeres que dicen obscenidades.
– Entonces sí eres un predicador.
– A decir verdad, no.
Ruby dejó caer el abanico. Su sonrisa, enmarcada por los hoyuelos en sus mejillas, era tan jovial que resultaba muy difícil resistirse a su encanto.
– Eres Bede Talgarth, el representante del Consejo Gremial, ¿verdad? -preguntó-. Típico de tu clase: desesperado por liberar al trabajador, pero siempre manteniendo a la mujer en su lugar, criando niños, cocinando, limpiando, colgando eternamente la ropa lavada… Soy Ruby Costevan, propietaria de este hotel, y ferviente enemiga de la doble moral.
– ¿Doble moral? -preguntó desconcertado.
– Eres hombre y puedes decir «coño» libremente. Yo soy una mujer y no tengo libertad para decirlo. Bueno, cariño: ¡Qué coño! -Se acercó a él y pasó un brazo por debajo del suyo-. Irás mucho más lejos y más rápido si aceptas que las mujeres pertenecemos a la raza humana. Aunque, personalmente, no creo que haya muchos hombres que estén a mi altura.
Se estaba ablandando sin entender muy bien por qué. Ruby era extraordinariamente bella y lograba irradiar buen humor. Por fin, se relajó y se dejó conducir por ella hacia la entrada. Por supuesto, apenas escuchó su nombre, supo de quién se trataba: era la amante de sir Kinross, y miembro de la junta directiva de Apocalipsis.
– ¿Adonde estamos yendo? -preguntó.
– A almorzar en mi salón privado.
Bede se detuvo.
– No puedo pagarlo.
– Serás mi invitado. ¡Y no me vengas con esa monserga de que estamos cada uno a un lado distinto de la valla y que no quieres comer de los frutos de Mammón! Eres un activista sindical terco y obstinado, y apuesto a que jamás has compartido una cena con una millonaria. Es tu oportunidad de descubrir cómo vive la otra mitad de la gente.
– Para ser más exactos, es la centésima parte del uno por ciento.
– Acepto la corrección.
Se escuchó un taconeo y un porrazo en el vestíbulo. Ruby y Bede se volvieron y vieron una figura femenina despatarrada en el suelo.
– ¡Mierda! -dijo la figura femenina mientras Bede la ayudaba a ponerse de pie-. ¡Odio estos malditos vestidos largos! ¡Son una porquería!
– Él es Bede, Nell. Bede, te presento a Nell, que tiene catorce años y medio y acaba de dejar de usar faldas cortas -dijo Ruby-. Por desgracia, todavía no hemos podido convencerla de que se recoja el cabello, y tampoco quiere ponerse un corsé, ni por amor ni por dinero.
– Usted es el hombre del sindicato -dijo Nell acompañándolos con un revolotear de las abominadas faldas-. Yo soy la hija mayor de Alexander Kinross. -Le lanzó una mirada desafiante con sus ojos azules brillantes al tiempo que se sentaba frente a él a la pequeña mesa redonda.
– ¿Dónde está Anna? -preguntó Ruby.
– Desaparecida como siempre. Anna -explicó Nell a Bede- es mi hermana menor. Es discapacitada. Es un término nuevo que encontré leyendo, tía Ruby. Me parece mejor que decir «retrasada mental», porque la palabra «mental» se relaciona con la capacidad de pensar, y no con la incapacidad para hacerlo.
Un tanto mareado, Bede Talgarth almorzó con dos mujeres como jamás había conocido antes. El vocabulario de Nell era menos subido de tono que el de la tía Ruby, pero sospechaba que era solamente porque se sentía intimidada por su presencia y no se fiaba de él, el enemigo de su padre por antonomasia. De todas formas no la culpaba por su lealtad filial. ¡Y cómo se le parecía! Pero ¿en qué clase de manicomio vivía Alexander Kinross, que su propia hija almorzaba con su amante? ¿Y la llamaba tía? Y es que, mientras conversaban, se sintió incómodo al advertir que la niña estaba al tanto de la posición que ocupaba Ruby. Estaba horrorizado, aun cuando se consideraba un espíritu libre, emancipado de la religión y de sus rígidas convenciones. Decadencia, eso es lo que es, decidió. Esta gente tiene tanto dinero y poder que se asemejan a los antiguos romanos, son depravados y degenerados. Sin embargo, Nell no parecía depravada ni degenerada, sino más bien terriblemente franca. Después, se dio cuenta de que él no estaba a la altura de su inteligencia.