– El año que viene iré a la Universidad de Sydney a estudiar ingeniería -dijo Nell.
– ¿Ingeniería?
– Sí, ingeniería -respondió pacientemente, como si estuviera hablándole a un idiota-. Minería, metalurgia y ensayo, y también derecho minero, para ser más exacta. Wo Ching y Chan Min vendrán conmigo y Lo Chee estudiará ingeniería mecánica y construcción de maquinaria. Donny Wilkins, el hijo del pastor de la Iglesia anglicana, estudiará ingeniería civil y arquitectura. De esa forma, papá nos tiene a tres para su interés principal, la minería, uno para los motores y las dínamos, y otro para construir los puentes y diseñar su teatro de ópera -explicó Nell.
– Pero usted es una mujer, y tres de los otros son chinos.
– ¿Qué problema hay? -preguntó Nell con tono amenazador-. Somos todos australianos y tenemos derecho a recibir cuanta educación seamos capaces de asimilar. ¿Qué cree que hace la gente rica con su vida? -lo interrogó con hostilidad-. La respuesta es: lo mismo que hacen los pobres. Desperdiciamos nuestro tiempo si somos holgazanes o nos rompemos el trasero trabajando si somos industriosos.
– ¿Qué puede saber usted de la gente pobre, señorita?
– Más o menos lo mismo que usted de la gente rica: muy poco.
Bede Talgarth cambió de táctica.
– La ingeniería no es una profesión para mujeres -dijo.
– ¡Uh! -contestó Nell-. Supongo que también dirá que deberíamos deportar a Wo Ching, Chan Min y Lo Chee.
– Visto que ya están aquí, no. Pero sí creo que hay que frenar la inmigración china. Australia es un país para blancos con salarios de blancos -dijo Bede en un tono un tanto solemne.
– ¡Por Dios! -resopló Nell-. Los chinos son inmigrantes mil veces mejores que esa banda de borrachos y perezosos que llega de todas partes de Gran Bretaña.
Un conflicto interesante que no desembocó en una guerra franca gracias a que Sam Wong entró con el primer plato. El rostro de Nell se encendió y, para asombro de Bede, comenzó a hablar con él en chino. Su mirada estaba llena de afecto.
– ¿Cuántos idiomas habla? -le preguntó después que Sam se hubo retirado. Cuando saboreó el hojaldre relleno de langostinos rociados con una salsa dulce conoció el paraíso gastronómico.
– Chino mandarín (nuestros empleados son mandarines, no cantoneses), latín, griego, francés e italiano. Cuando vaya a la ciudad tendré que buscarme un profesor de alemán. Muchos documentos y textos de ingeniería están en alemán.
Nuestros empleados, pensaba Bede Talgarth más tarde mientras caminaba por Kinross. Nuestros empleados son mandarines, no cantoneses.» ¿Qué diablos quiere decir? Siempre pensé que un chino era un chino y basta. Cuando comience la verdadera presión para prohibir la inmigración china, Alexander Kinross se opondrá enérgicamente. Es una ley federal, así que habrá que esperar la federalización, y entonces todos los industriales blancos se opondrán, porque a los chinos les pueden pagar menos de la mitad de lo que pagan a un blanco. Sí, el movimiento obrero tendrá que conseguir que el Parlamento federal apruebe la ley. Eso quiere decir que es más importante que nos organicemos políticamente que atender a las cuestiones sindicales.
¡Uf! ¿Por qué este tema de Kinross ha tenido que suceder ahora, cuando tenemos situaciones tan peligrosas en Queensland y cuando los usurpadores de Nueva Gales del Sur han formado sus condenados sindicatos rurales? Si, o mejor dicho, cuando los esquiladores hagan huelga será como un barril de pólvora y me necesitarán en Sydney, no en este rincón apartado, por más oro que haya aquí. Los esquiladores están presionando tanto a Bill Spence que tendrá que insistir en crear un sindicato unificado de todos los obreros de los establos, y si logra reunir a todos los trabajadores del muelle de una parte, se nos vendrá encima una grande. ¿De dónde saldrá el dinero para la huelga? El año pasado, les dimos treinta y seis mil libras a los estibadores de Londres y los ayudamos a ganar. Pero ahora no tenemos un centavo. Y yo aquí, en Kinross.
Bede habría deseado que Sam O'Donnell le cayera simpático, pero cuanto más lo conocía, menos lo soportaba. De todas formas, se inclinaba más a considerarlo un seductor incompetente que un verdadero buscapleitos. El hecho de que tuviera numerosos amigos entre los empleados de la refinería y de los comercios y ninguno entre sus colegas de la mina hacía pensar que irritaba a las personas que estaban más cerca de él. Sin embargo, Bede estaba decidido a explotar al máximo las características más positivas de Sam. O'Donnell era bien parecido, de caminar sereno, y moderado al hablar. Además odiaba a los chinos y representaba una valiosa fuente de información sobre el tema. Tanto Kinross como la mina Apocalipsis constituían un misterio para el Consejo Gremial; y no porque sir Alexander hubiera favorecido a los chinos durante los despidos; de hecho, habían perdido sus trabajos a la par de los blancos.
La solicitud que presentó al sargento Thwaites, de la policía de Kinross, para hablar en público el domingo por la tarde en la plaza de la población fue recibida con cautelosa sospecha. Sin embargo, una llamada telefónica de sir Alexander resolvió la situación.
– Puede hablar, señor Talgarth, usted y todos los que quieran. Sir Alexander dice que la libertad de expresión es la base de la verdadera democracia, y que él no se opondrá.
Entonces los rumores son correctos, pensó Bede, alejándose con su paso de marinero. Alexander Kinross sí estuvo en Estados Unidos. Nadie nacido y criado en Escocia utilizaría, fuera de su país, expresiones del tipo «verdadera democracia». Basta con mencionar la palabra «democracia» a un defensor acérrimo de los británicos en Sydney para que éste reaccione como un toro frente a la muleta: ¡la mayor idiotez americana! ¡Los hombres no son todos iguales!
¡Maldición! ¿Dónde se había metido O'Donnell? Habían quedado en encontrarse en el hotel poco después del almuerzo, pero la tarde pasaba y el hombre no daba señales de vida. Finalmente, al atardecer, apareció algo desarreglado.
– ¿Qué estuviste haciendo, Sam? -preguntó Bede quitando abrojos de la chaqueta de O'Donnell.
– Jugueteando un poco -respondió con una risotada.
– Tenías que estar aquí conmigo para presentarme a los obreros despedidos, Sam, no flirteando por ahí.
– No estaba flir… lo que sea -replicó malhumorado O'Donnell-. Si la hubieras visto, lo entenderías.
Durante los seis días que pasó en Kinross, Bede Talgarth se dedicó a hablar con los obreros despedidos, entre los cuales había caldereros, armadores, torneros, mecánicos y obreros de la refinería y de muchos otros talleres que se habían visto afectados por la reducción en la producción de oro. Como el consumo de carbón había disminuido, únicamente circularía un tren por semana. Sólo uno de cada cuatro obreros de la mina de carbón Apocalipsis en Lithgow aún conservaba su trabajo.
Bede se dio cuenta de que era imposible cautivar a los trabajadores de las minas de oro con su propuesta. Les pagaban muy bien, trabajaban turnos de seis horas por día, cinco días a la semana, y si trabajaban en el turno nocturno recibían una compensación adicional. Cumplían sus tareas en una zona de la mina limpia, iluminada con potentes luces eléctricas, y bien aireada mediante orificios de ventilación equipados con extractores eléctricos. Las voladuras eran seguras y nadie podía acceder al área de detonación hasta que el polvo no se hubiera asentado por completo. Para rematar, eran mucho menos numerosos que los mineros del carbón afiliados a la Asociación de Mineros Unidos, a la que por otra parte calificaban de «agrupación para carboneros». Por último, un detalle que Bede Talgarth, ex obrero de minas de carbón, no había notado antes de llegar a Kinross: los mineros del oro menospreciaban a los del carbón porque ellos tenían mejor salario y trabajaban en un ambiente más limpio y en mejores condiciones. No terminaban el turno tiznados y tosiendo sin parar por la silicosis.