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Nell fue directamente hasta donde estaba su madre agitando la carta como un sedicioso porta una antorcha encendida.

– ¿Qué le has dicho? -demandó la muchacha con el rostro arrebolado.

– ¿Cómo dices? -preguntó Elizabeth desconcertada.

– ¿Qué le dijiste cuando le escribiste?

– ¿Cuando le escribí a quién? ¿A tu padre?

– ¡Oh, por Dios santo, mamá! ¡Deja de hacerte la tonta!

– ¡Cuidadito cómo me hablas, Nell! No tengo la menor idea de lo que dices.

– ¡Esto! -gritó Nell, sacudiendo la carta en la cara a Elizabeth-. Papá dice que no puedo empezar ingeniería el año que viene ¡Tengo que esperar a cumplir dieciséis!

– ¡Gracias a Dios! -dijo Elizabeth suspirando aliviada.

– ¡Qué actriz eres! Cómo si no lo supieras. ¡Sí lo sabes! ¡Fuiste tú la que lo hizo cambiar de opinión! ¿Qué le dijiste?

– Te doy mi palabra, Nell, de que yo no dije nada.

– ¡Tu palabra! ¡Qué risa! Eres la mujer más falsa que conozco, mamá, de verdad. Lo único que te interesa en la vida es hacernos daño a papá y a mí.

– Te estás equivocando -dijo Elizabeth retrocediendo impasible-. No puedo ocultar que me alegra que tengas que esperar, pero no es por culpa mía. Si no me crees, pregunta a la tía Ruby.

No podía contener las lágrimas un segundo más. Nell salió corriendo del invernadero chillando como si tuviera seis años.

– Su padre la ha malcriado -dijo la señorita Surtees, testigo involuntario del arrebato-. Es una lástima, señora Kinross, porque en el fondo es una buena niña. Muy generosa.

– Lo sé -respondió Elizabeth abatida.

– Ya se le pasará -dijo la señorita Surtees, y se retiró.

Sí, ya se le pasará, pensó Elizabeth, pero aun así no me querrá. No encuentro la forma de llegar hasta Nell. Supongo que el problema es que está tan del lado del padre que yo tengo la culpa de todas y cada una de las cosas que no le gustan. ¡Pobrecilla! Tuvo las notas más altas del estado en los exámenes de matriculación en noviembre. ¿Qué va a hacer para mantener su mente ocupada durante todo un año? No creo que Alexander haya tomado esta decisión por Nell, sino porque se habrá dado cuenta de que los cuatro muchachos no están preparados todavía. Y si ellos no van, Nell tampoco. Pero ¿por qué no se lo explicó? Si lo hubiera hecho ella no me culparía a mí. Era una pregunta retórica, en realidad. Alexander hace lo imposible por mantener a Nell alejada de mí, se dijo Elizabeth.

Tampoco fue de mucha ayuda recurrir a Ruby para buscar consuelo; se había reconciliado con Alexander a pesar de la distancia. Cuando volviera a casa se estrecharían en un abrazo como Venus y Marte. Un escalofrío de terror le recorrió el cuerpo. Con Ruby esperándolo en casa, Alexander podría decidir volver antes de lo planeado.

Diez minutos después del encuentro con Nell, Elizabeth se enfrentó a otro miembro femenino de la familia: Jade.

– Señorita Lizzy, por favor, ¿podría hablar un momento con usted? -preguntó desde la entrada del invernadero.

¡Qué extraño!, pensó Elizabeth observándola. La bella y eternamente joven Jade parecía una muchacha de diecinueve años.

– Entra y toma asiento, Jade.

Jade se deslizó tímidamente, se sentó en el borde de una silla de mimbre blanca y cruzó las manos sobre su falda. Temblaba.

– ¿Qué sucede, querida? -preguntó Elizabeth, sentándose a su ido.

– Es Anna, señorita Lizzy.

– ¡Oh, no me digas que se escapó de nuevo!

– No, señorita Lizzy.

– ¿Qué sucede con Anna?

No lo preguntó preocupada; apenas ayer, durante su turno de cuidar a Anna, había pensado en lo bien que se veía la niña: piel clara, ojos brillantes. Tenía casi catorce años y estaba sobrellevando la madurez física mucho mejor que Nell ¡Si tan sólo no le dieran aquellos ataques cuando le venía la menstruación!

Jade logró hablar:

– Supongo que ha debido de ser por la confusión que ha reinado estos últimos meses: las huelgas, la partida del señor Alexander… -Jade se detuvo y se humedeció los labios. Temblaba cada vez más.

– Dime lo que sea, Jade. No me enfadaré.

– Anna no tiene sus menstruaciones desde hace cuatro meses, señorita Lizzy.

Elizabeth abrió desmesuradamente los ojos, dejó caer la barbilla y miró aterrada a Jade.

– ¿Hace tres meses que no las tiene?

– O cuatro. No recuerdo muy bien, señorita Lizzy. Las odio tanto que trato de no pensar. Mi dulce niña amarrada, tomando opio, gritando. ¡Trato de no recordarlo! Hasta hoy, que me dijo: «Anna no sangra más.»

Elizabeth sintió que un escalofrío recorría sus huesos y en el pecho notó un peso más intenso que el plomo. Se levantó y subió corriendo las escaleras. Pero a medida que se acercaba a la habitación de Anna, sus pasos se hacían cada vez más lentos.

La niña estaba sentada en el suelo jugando con un ramillete de margaritas que había recogido en el jardín. Jade le había enseñado a separaras el tallo y trenzarlas para formar un collar. Elizabeth la observó con nuevos ojos. Anna es una mujer floreciente. Tiene un cuerpo y un rostro hermosos y también una hermosa inocencia porque su mente es como la de una niña de tres años. Anna, mi Anna. ¿Qué te han hecho? ¡Tienes trece años!

– Mamá -dijo Anna alegremente, alcanzándole un collar de margaritas.

– Sí, es precioso, mi amor, gracias. -Elizabeth se colocó las flores alrededor del cuello y se acercó a Anna para ponerla de pie-. Jade encontró una garrapata entre las margaritas. Uno de esos bichos asquerosos que pican. Hemos de asegurarnos de que tú no tengas una garrapata, así que vamos a quitarte la ropa, ¿sí?

– ¡Puaj! ¡Garrapata asquerosa! -dijo Anna, que recordaba la ocasión en que se le había pegado una garrapata en el brazo-. ¡Calamina! -gritó. Una palabra de cuatro sílabas muy importante para Anna, porque sabía que se refería a algo que ayudaba a calmar la picazón y el ardor de las heridas.

– Sí, Jade tiene la calamina. Sácate toda la ropa, por favor, querida. Tenemos que buscar la garrapata.

– No, no quiere. Anna no sangra.

– Sí, lo sé. Es por la garrapata, Anna, por favor.

– ¡No! -dijo Anna con expresión rebelde.

– Entonces veamos si encontramos la garrapata en las partes en las que no llevas ropa. Si no la hallamos, jugaremos a quitarnos la ropa poco a poco hasta que aparezca. ¿De acuerdo?

Y así continuaron hasta que Anna se quitó las bragas. Su ropa estaba doblada en una pila como Jade le había enseñado a través de los años con persistente paciencia.

Las dos mujeres miraron a Anna desnuda y luego se miraron entre ellas. Un cuerpo hermoso, cuyo vientre, habitualmente plano, se estaba comenzando a hinchar; pechos redondos y perfectos, cuyos pezones se habían oscurecido, ensanchado.

– Deberíamos de haber continuado bañándola sin importarnos cuánto se quejara -dijo Elizabeth amargamente-. Pero no es posible predecir el futuro. -Besó a Anna en la frente con ternura-. Gracias, mi amor. Has tenido suerte. No tienes ninguna garrapata asquerosa que pueda picarte. Vístete de nuevo. Eres una niña buena.

Una vez vestida, Anna volvió a sus margaritas.

– ¿De cuánto crees que esté? -preguntó Elizabeth a Jade en el pasillo.

– Más cerca de los cinco que de los cuatro meses, señorita Lizzy.

Las lágrimas corrían por sus mejillas, pero Elizabeth no lo notaba.

– ¡Oh! ¡Mi pobre bebé! Jade, Jade, ¿qué podemos hacer?

– Pregúntele a la señorita Ruby -sugirió Jade, que también estaba llorando.

La ira le sobrevino con tanta violencia que Elizabeth comenzó a temblar sin poder parar.

– ¡Yo sabía que Alexander estaba equivocado! ¡Yo sabía que teníamos que reemplazar a Dragonfly! ¡Oh, qué estúpidos son los hombres! Realmente creyó que podía cubrir con el manto de su poder a mi bella, deseable e inocente niña. ¡Maldito sea!