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Nell llegó justo a tiempo para escuchar esto. Parecía estar lo suficientemente tranquila para comprender que su madre no era la culpable de su pérdida.

– ¿Qué sucede mamá? No estarás llorando porque te grité, ¿verdad?

– Anna está embarazada -dijo Elizabeth secándose los ojos.

Nell se tambaleó; se apoyó contra la pared para no caerse.

– ¡Oh, no, mamá! ¡No puede ser! ¿Quién sería capaz de hacerle una cosa así a Anna?

– ¡Un asqueroso degenerado que merece que se la corten! -dijo Elizabeth enfurecida. Se dirigió a Jade-. Quédate con ella, por favor. Nell, tú serás nuestro refuerzo. No podemos dejar que vague por ahí.

– Tal vez deberíamos dejarla -dijo Nell, pálida-. De ese modo podríamos atrapar al bastardo.

– Yo diría que ya se habrá ido y, si no se largó hace tiempo, seguramente se dará cuenta de que está embarazada y se marchará.

– ¿Qué vas a hacer, mamá?

– Voy a ver a Ruby. Tal vez podamos deshacernos de la cosa.

– ¡Es demasiado tarde! -gritaron Nell y Jade al unísono mientras Elizabeth se marchaba-. ¡Es demasiado tarde para eso!

Y lo mismo dijo Ruby tras proferir una violenta sarta de blasfemias.

– ¿Qué demonios os pasa a ti y a Jade? -preguntó apretando los puños-. ¿Por qué habéis dejado que pasara tanto tiempo? ¡Por Dios santo!

– Sinceramente, creo que todo ha sido porque es una verdadera pesadilla cada vez que le viene la menstruación. Le tenemos tanto miedo que ni siquiera queremos pensar en eso, y ni hablar de esperar que suceda. Por otra parte, a veces no le viene; no es regular -dijo Elizabeth-. Además, ¡quién se hubiera imaginado una cosa así! ¡Fue una violación, Ruby!

– ¡Yo me lo hubiera imaginado! -replicó Ruby.

Por alguna razón era importante obtener la aprobación de Ruby; Elizabeth siguió intentándolo.

– Todo ha sido muy confuso, y es tan difícil convivir con Alexander… Entre su arrogancia, la deserción de Lee, su necesidad de irse y los roces entre vosotros dos…

– ¡Oh, ya veo! ¡Ahora es culpa mía! ¿Verdad?

– ¡No, no, la culpa es mía! ¡Mía y de nadie más! ¡Yo soy la madre, soy responsable de ella! -gritó Elizabeth-. ¡No culpo a nadie más que a mí misma! Pobre Jade, está desquiciada.

– Igual que tú -dijo Ruby que, ya más calmada, se acercó al aparador sirvió dos vasos largos de coñac-. Es brandy, Elizabeth. Y no discutas, bebe.

Elizabeth bebió y se sintió un poco más fuerte.

– ¿Qué hacemos?

– Primero, sácate de la cabeza la idea de deshacerte de eso. Si está más cerca de los cinco meses que de los cuatro, Anna podría morir. Se puede interrumpir un embarazo hasta las seis semanas; a las diez ya es arriesgado. Además, ¡con trece años es demasiado joven! Aunque el hijo del señor Edward Wyler estaría dispuesto a operarla. Se hizo cargo de la consulta de su padre, ¿verdad?

– Sí, Simón Wyler.

– Le enviaré un telegrama, pero no te hagas ilusiones. Dudo que un médico en sus cabales lo consienta, aun en estas circunstancias. -Ruby respiró profundamente-. Y debemos decírselo a Alexander aunque decida no volver para el nacimiento de su nieto.

– ¡Dios mío! Se pondrá furioso, Ruby.

– Oh sí, se pondrá furioso.

– Lo que más me atormenta es pensar cómo será el bebé.

– El bebé puede ser perfectamente normal, Elizabeth. Si Anna es como es, es por su nacimiento. -Ruby lanzó una carcajada histérica-. ¡Por Dios! ¡Qué ironía! Alexander podría tener el varón que siempre deseó de su hija retardada y un asqueroso degenerado de mierda que se aprovecha de niñas indefensas. -Su risa se volvió cada vez más descontrolada; se convulsionó hasta las lágrimas y se arrojó a los brazos de Elizabeth hasta que su llanto se convirtió en sollozo-. Mi querida Elizabeth, mi queridísima Elizabeth -dijo después-. ¿Qué más te queda por sufrir? Si pudiera quitarte este peso de encima y cargarlo yo, lo haría. Jamás le has hecho daño a nadie, en cambio yo soy una puta de casi cincuenta años.

– Hay algo más, Ruby.

– ¿Qué?

– Debemos encontrar al que lo hizo.

– ¡Ah! -Ruby se sentó, buscó su pañuelo y enjugó las huellas de su dolor-. Dudo que lo encontremos, Elizabeth, porque nunca escuché que alguien se estuviera metiendo con Anna. Es un pueblo pequeño y yo estoy en el centro. Entre la taberna, la cantina y el restaurante, me entero de todo. Yo diría que no es de aquí: nadie del pueblo se atrevería, lo lincharían. Todos los de aquí saben la edad que tiene. Mi teoría es que fue algún viajante: van y vienen tan a prisa que es difícil llevar un control. Nunca mandan dos veces seguidas a la misma persona de una misma compañía. Vendedores de rifles, talabarteros, timadores y comerciantes de cualquier cosa, desde ungüentos hasta tónicos, perfumes y bisutería. Sí, un viajante.

– Debemos encontrarlo y juzgarlo. ¡Colgarlo!

– Eso no es sensato. -Sus ojos verdes se tornaron severos-. ¡Usa la cabeza, Elizabeth! Sería como ventilar tus trapos al sol. Los problemas privados de sir Alexander Kinross estarían en boca de todos.

– Entiendo. -Elizabeth suspiró-. Entiendo.

– Ve a casa. Yo enviaré un telegrama al doctor Simón Wyler y haré una excepción a la regla enviándole un telegrama a Alexander. No creo que le guste recibir esta noticia. ¡Vete querida, por favor! Anna te necesita.

Elizabeth se fue. Estaba desolada, pero de todos modos sentía que podía hacer frente al desastre. El brandy la había ayudado, pero no tanto como Ruby. Era práctica, enormemente experimentada, realista. De todas formas, Ruby tampoco se lo había visto venir, si no hubiera hablado.

Es un consuelo. Nos confiamos demasiado; pensamos que todo el mundo sentiría pena y protegería a estos pobres desdichados como nosotros lo hacemos. No es culpa suya si son como son. Pero ¿en qué mundo vivimos que hay monstruos así, que sólo piensan en sus apetitos carnales y que consideran a la mujer como un simple recipiente? Mi adorada niña. ¡Tiene tan sólo trece años! Mi adorada niña; ni siquiera sabe qué le pasó, y tampoco lo comprenderá cuando se lo expliquemos. Debemos ayudarla a enfrentarse con esto; cómo, no lo sé. ¿Se darán cuenta las vacas o las gatas cuando están preñadas? Pero Anna no es ni una vaca ni una gata, es una niña discapacitada de trece años, así que no puedo pretender que afronte el parto como lo hacen las vacas y las gatas. El embarazo, quizá. Conociendo a Anna, pensará sencillamente que está engordando, si es que sabe qué significa engordar.

– Haremos ver que es algo natural y que no hay por qué preocuparse -dijo Elizabeth a Jade y a Nell cuando regresó-. Si se queja porque le cuesta moverse, le diremos que ya se le pasará. Jade, no ha vomitado, ¿verdad?

– No, señorita Lizzy, si lo hubiera hecho me habría dado cuenta antes.

– Entonces lo está llevando bastante bien. Veremos qué dice el doctor Simón Wyler, pero dudo que sea preeclámptica como yo.

– Encontraré al que lo hizo -dijo Jade sombríamente.

– La señorita Ruby dice que no es posible, Jade, y tiene razón. Lo hizo un viajante y se marchó hace tiempo. Nadie aquí habría abusado de Anna.

– Lo averiguaré.

– Ninguna de nosotras tendrá tiempo para eso. Nuestro trabajo es cuidar de Anna -dijo Elizabeth.

A Nell le resultó más difícil aceptar la situación de Anna. Durante toda su vida Anna había estado presente, no tanto como una hermana sino, a su modo, como algo más. Una criatura más difícil de educar que una mascota, absolutamente adorable por su manera de ser: dócil, dulce, sonriente. Anna nunca estaba de mal humor; lo único que la ponía enferma era sangrar. Si besas a Anna, ella te besa. Si ríes, ella ríe contigo.

Tal vez había sido Anna quien había movido a Nell a leer sobre el cerebro. ¡Había tantos misterios que descifrar! Pero se habían hecho descubrimientos y se seguirían haciendo. Quizás algún día se descubriría una cura para las personas como Anna. ¡Qué maravilloso sería si ella, Nell, pudiera contribuir a descubrir la cura! Lo cual no evitó que Nell fuera a su habitación y llorara desconsolada. La pérdida de la inocencia de Anna era la suya propia.