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A Jade no le importaba trabajar duro o durante horas y horas. Amó a esa pequeña mocosuela llorona como si fuera suya desde el primer día de su existencia. Tampoco se le había ocurrido jamás hacer el menor reproche a la señorita Lizzy por aquellos dos primeros meses de indiferencia hacia Anna. La señorita Lizzy había sufrido mucho, y el señor Alexander no era ni el esposo ni el padre que ella hubiera deseado. Cómo hacía Jade para saber estas cosas era un misterio, ya que la señorita Lizzy en ningún momento había dicho nada, ni había dejado entrever sus sentimientos en algún gesto. También sabía (cómo, sigue siendo un misterio) que la señorita Lizzy se sentía atraída por Lee y que Lee estaba enamorado de ella. Considerando que la vida de Jade transcurría esencialmente en torno a Anna, era sorprendente cuánto sabía.

Nada de lo que ocurre en una casa pasa desapercibido a los ojos de los sirvientes más antiguos, que forman parte de la familia en todos los sentidos. Jade era la criada más antigua y más fiel. Inclusive, estaba más unida a Anna que Butterfly Wing a Nell. Jade sabía lo que Elizabeth no soportaba saber: que el destino de Anna pendía de un hilo. Tenía un padre tan poderoso y dominante como el príncipe Sung y que no vería lo que le había sucedido a Anna del mismo modo que las mujeres. De acuerdo con la eterna ley que gobierna todas las razas, él tomaría las decisiones. Cuando descubrieron que Anna era discapacitada, había sido muy tolerante y compasivo. Sin embargo, eso había ocurrido hacía doce años, y el señor Alexander ya no era el mismo. Si la señorita Lizzy lo hubiera amado… pero no lo amó. Se iba a sentar como un juez en su lujoso sillón, ubicado por encima del mundo de las mujeres, y a considerar el caso con el más absoluto desapego, en un intento por tomar una decisión lógica y razonable acorde con la manera de pensar de los hombres. ¿Cómo explicarle entonces que una decisión lógica y razonable podía herir los sentimientos? ¿Cómo evitar que encerrara a Anna en un asilo?

Por la noche, Jade, demasiado aturdida para llorar, yacía en su cama en la habitación de Anna escuchando la suave respiración de la niña-mujer. Entonces, resolvió que encontraría al hombre que había destruido el mundo de Anna, la posibilidad de Anna de ser feliz en su inocencia.

– Señorita Lizzy -dijo Jade tras la visita del doctor Wyler-, necesito unas vacaciones. Hung Chee, de la tienda de medicina china, dice que tengo el corazón cansado y que he de someterme a un tratamiento con las agujas. Hablé con Butterfly y no tiene inconveniente en ocuparse de mis tareas. Nell no la necesita demasiado y ella no se siente muy bien.

– Por supuesto, Jade -respondió Elizabeth, y titubeó-. Espero que te paguen las vacaciones, el señor Alexander no ha sido el mismo últimamente en lo que respecta a los sueldos.

– Sí, señorita Lizzy, me pagará.

– Por curiosidad, ¿cuánto os paga?

– Más que a los supervisores de la mina. Dice que somos difíciles de encontrar y que debe cuidarnos.

– ¡Gracias a Dios! ¿Ya pensaste a qué lugar quieres ir de vacaciones?

Jade se sorprendió.

– A Kinross, señorita Lizzy. He de hacerme el tratamiento con las agujas. Me quedaré con la señorita Theodora, que tiene que pintar la casa. Yo puedo ayudarla.

– Eso no son vacaciones, Jade.

Pero Jade ya se había retirado, contenta de lo fácil que había resultado la primera tarea.

Metió sus cosas en una maleta de mano y tomó el teleférico hasta el pueblo, donde Theodora Jenkins la esperaba, un tanto perpleja.

Aunque sus días de profesora de piano en el teatro de Kinross pertenecían al pasado debido a que Nell la había superado y Elizabeth había perdido interés después del nacimiento de Anna, Theodora Jenkins estaba cómodamente instalada en la vida de Kinross. El querido sir Alexander le había concedido una pensión generosa (no sabía muy bien por qué) y todavía le permitía vivir en su pequeña casa sin cobrarle un centavo. Daba clases de piano y de canto cuando consideraba que alguien tenía posibilidades, tocaba el magnífico órgano en la iglesia de Saint Andrew y participaba de todos los clubes y sociedades del pueblo, desde el de jardinería hasta el de teatro de aficionados. Su pan era famoso y, cada año, ganaba el primer premio en el festival de Kinross. Sin embargo, amable y agradecida como era, atribuía todo el mérito a la cocina económica de hierro que le había instalado el señor Alexander.

Era tan extraño el señor Alexander… Theodora sospechaba que si alguien le caía simpático, era capaz de hacer cualquier cosa; en cambio, si alguien le resultaba antipático o era uno más de sus numerosos empleados, no hacía otra cosa que asegurarse de que el pueblo en el que vivía, o sea Kinross, fuera superior a cualquier otro. Eso continuaba siendo así, a pesar de que había despedido a muchos de los chinos que mantenían Kinross limpia y funcionando.

Jade había acudido a ella para pedirle si podía hospedarse en su casa por algunos días mientras Hung Chee, de la tienda de medicina china, la curaba. Esa petición había sorprendido a Theodora, que no comprendía por qué Jade no había ido al hotel de Ruby o, simplemente, por qué no subía y bajaba la montaña con el teleférico. Sin embargo, Ruby tenía fama de ser rigurosa y, quizá, después de un tratamiento con centenares de agujas, viajar en el teleférico no era tan confortable. En fin. Lo único que Theodora Jenkins sabía era que jamás dejaría que nadie le clavase una sola aguja a ella.

– Es una situación terrible, Jade -dijo, mientras comían un plato de carne, patatas y col frita-. No me sorprende que te haya afectado tanto, querida.

– Hung Chee dice que me sentiría mejor si encontrara al culpable -dijo Jade, que adoraba la carne con patatas y col.

– Entiendo lo que dice pero, desgraciadamente, nadie sabe absolutamente nada. -Theodora miró el plato vacío de Jade-. ¡Dios mío, acostumbrada a cocinar siempre para uno, no sé calcular para dos! ¿Quieres más pan frito, Jade? ¿O un trozo de pastel con mantequilla?

– Pastel con mantequilla, por favor, señorita Theodora. Mañana prepararé comida china: arroz con carne de cerdo y huevo y, de postre, requesón de soja al coco.

– ¡Qué cambio tan agradable! ¡No veo la hora!

– Usted debe de conocer a todos en Kinross, señorita Theodora y, seguramente, mejor que la señorita Ruby. Ella ve a los que van al hotel a beber una copa, pero hay muchas personas que no se pueden permitir comer en su restaurante, ni siquiera en ocasiones especiales; además, la señorita Ruby tampoco va a la iglesia los domingos -dijo Jade devorando el trozo de pastel untado con una gruesa capa de mantequilla.

– Es verdad -contestó Theodora.

– Entonces piense, señorita Theodora. Piense en cada una de las personas que viven en Kinross o que vienen de visita regularmente.

– Ya lo he hecho, Jade.

– No lo suficiente -insistió Jade inexorablemente.

No insistió más, y dejó que Theodora hablara de la parte de su casa que necesitaba pintura, que resultó la exterior.

– Sam accedió a hacerlo por mí: color crema con bordes marrones. Tengo la pintura, los pinceles y el papel de lija como me pidió. Empieza mañana.