– ¿Sam? -preguntó Jade frunciendo el ceño-. ¿Qué Sam?
– Sam O'Donnell. Era uno de los mineros que el querido señor Alexander despidió en julio. El resto se mudó a Broken Hill o a Mount Morgan, pero Sam decidió quedarse. En fin, es soltero y no bebe. Los domingos asiste al culto vespertino en Saint Andrew y canta muy bien como tenor. Scripps, el pintor, no tiene remedio. ¡Es tan triste, Jade, pensar que algunos hombres prefieren embriagarse que cuidar de sus propias familias! Así que Sam pinta las casas que puede solo y cuando no tiene casas que pintar, hace pequeños trabajos. Corta leña, cosecha patatas, aterrona carbón. -Theodora se sonrojó y rió tímidamente-. Le gusta trabajar para mí porque le doy una rebanada de mi pan junto con los pocos chelines que pide por su trabajo. Me cobra veinte libras por pintar la casa y lo hace bien: ya sabes, quita toda la pintura vieja y raspa las maderas y después las lija. Muy razonable. Dado que el querido señor Alexander me deja vivir aquí, siento que es mi deber pagar por los arreglos necesarios.
– ¿Dónde vive Sam? -preguntó Jade tratando de imaginárselo.
– Acampa cerca del pantano, creo. Tiene un extraño perro enorme llamado Rover. Son inseparables. Mañana los conocerás.
Jade, finalmente, logró identificarlo en su memoria.
– Sam O'Donnell. ¿No es el que trajo a ese señor del sindicato, Bede no sé qué, justo antes de la gran huelga?
– No sabría decirte, querida; pero sé que los mineros no lo aprecian mucho. Todos los demás sí… me refiero a las mujeres de Kinross que, por lo general, no pueden cortar leña o cosechar patatas por sí solas. Sam es indispensable para muchas mujeres, en especial para las que no tienen marido, como yo.
– Parece que a Sam le gusta conquistar a las mujeres -dijo Jade.
Theodora parecía una gallina agitada.
– No, no es así -exclamó-. Sam es un perfecto caballero. Por ejemplo, jamás entra en la casa de una mujer, tan sólo se asoma por la ventana de la cocina para tomar un té con galletas. -Se estremeció-. ¡Jade! ¿No estarás pensando que Sam es el culpable? No, ¡te juro que no fue él! Sam es muy amable con las mujeres y es muy respetable, pero siempre tengo la sensación de que no está… en fin… interesado en las mujeres, ¿me entiendes?
– ¿Jóvenes? ¿Niños? -inquirió Jade.
Theodora protestó, nerviosa.
– ¡Jade! No, no estoy diciendo eso. Me refiero a que está feliz con su vida tal como es, supongo. Muchas viudas… eh… se le han insinuado; sin embargo, él las ha rechazado siempre con tanto tacto que nadie ha salido lastimado. La señora Hardacre es bastante joven y bonita, y además tiene una fortuna considerable, pero Sam ni siquiera quiso pintarle la casa.
– Lo defiende tan bien, señorita Theodora, que tendré que aceptar su opinión de él.
Theodora se levantó para ir a lavar la vajilla; estaba un poco arrepentida de haber permitido a Jade que se quedara con ella. ¿Y si Jade trataba mal al pobrecito de Sam? ¿O le hacía preguntas impertinentes? La última cosa que Theodora quería en el mundo era ahuyentar a su ayudante y pintor. ¡Ay, Dios!
Cuando, al día siguiente a las siete de la mañana, Sam O'Donnell se presentó en la casa de Theodora dispuesto a empezar a quitar la pintura vieja, Jade estaba junto a ella para recibirlo.
Muy guapo para ser un hombre blanco, decidió. Alto, de movimientos graciosos, con los brazos largos y fuertes de alguien que había esquilado ovejas durante muchos años, cabellos claros, y dotado de unos ojos chispeantes que cambiaban de color: azul, gris, verde. Recorrieron a Jade sin encenderse, como los ojos de un hombre que no se siente atraído hacia las mujeres, y no era porque ella fuera china. Jade todavía era hermosa, y la sangre blanca que corría por sus venas le había dado ojos grandes y bien abiertos; tenía mirada de gacela. Ella sabía que era atractiva tanto para los hombres blancos como para los chinos. Sin embargo, Sam O'Donnell permaneció impasible. Sus modales para con Theodora, que desde que lo había visto llegar había comenzado a temblar, eran impecables. No le daba ningún tipo de esperanza, sin embargo, era afectuosamente amigable.
A su lado, vigilante, rondaba un perro enorme de los más nuevos, criados especialmente para custodiar el ganado. Tenía el pelaje grisáceo moteado y una enorme cabeza negra. Los ojos color ámbar del animal eran despiertos, atentos y algo siniestros; como si supiera que debía portarse bien, pero dentro de él sus instintos primarios lo impulsaran a asesinar.
Sam observó lo que Theodora había reunido, asintió y extrajo un soplete polvoriento de su bolsa de herramientas.
– Gracias, señorita Jay, está bien -dijo mientras empezaba a rellenar el tanque del soplete con alcohol.
Obviamente, no tenían más nada que hacer allí. Theodora entró nuevamente a la casa y Jade la siguió, sin dejar de mirar hacia atrás. Pero Sam O'Donnell no las miraba, continuaba preparando el soplete. No, suspiró Jade para sí, no creo que sea él.
Durante siete días recorrió el pueblo, incluida la zona china y la ciudadela del templo de Sung, interrogando a todas las personas que encontraba, aunque algunos blancos y chinos no querían hablar con ella. El prejuicio de las dos razas era parte de su herencia, así que proseguía decidida y perseverante a pesar de la falta de cooperación. Investigaba, escogía, descartaba. No debía apartarse de su misión.
Sus averiguaciones sobre Sam O'Donnell dieron resultados diversos. Las esposas de los mineros hablaron pestes de él, mientras la mayoría de los habitantes de Kinross que no tenían que ver con la minería tenían opiniones positivas. El reverendo Peter Wilkins, que justo en ese momento estaba arreglando el altar, conocía a Jade como la acompañante de Anna, que siempre la esperaba en la puerta de la iglesia de Saint Andrew hasta que terminaba el oficio matutino. Estaba dispuesto a conversar sobre lo que había sucedido con Anna, pero no tenía nada que ofrecer. De Sam O'Donnell dijo:
– Es un buen muchacho. Por lo general viene al oficio vespertino más que al matutino. A pesar de su actitud cuando los mineros fueron despedidos, es un buen chico. Solía ser esquilador y los esquiladores siempre están involucrados en los temas sindicales, Jade.
– ¿Usted piensa que es un buen chico porque asiste al oficio vespertino? -preguntó Jade con un tono respetuoso que excluía cualquier intención de ofenderlo.
– No -dijo el pastor-. Sam es una buena persona. Después de que la mitad de los empleados del pueblo fueron despedidos, hubo una plaga de ratas en la rectoría y él se deshizo de ellas en dos días. No hemos visto una rata desde entonces. Cumple una función importante en Kinross haciendo todos los trabajos que los chinos no quieren hacer. No lo tomes a mal, Jade. Los chinos son muy trabajadores.
– Comprendo, señor Wilkins, gracias -dijo Jade.
Aun así, siguió vigilando a Sam O'Donnell que había asaltado el exterior de la casa de Theodora con tanto empeño que Jade se preguntaba por qué algunos mineros lo consideraban un holgazán. Tal vez, pensó Jade, a Sam le gustaba el sueldo del trabajo en la mina de oro pero odiaba estar bajo tierra. Entonces, cuando el representante del sindicato, Bede no sé qué, se había ido, Sam había descubierto una oportunidad de trabajo en Kinross que nadie quería aprovechar. Estaba al aire libre, podía tener a su perro siempre con él y, a juzgar por el ejemplo en casa de Theodora, se alimentaba mejor que cualquier otro en su situación. Hasta el perro recibía huesos y restos que le daba el carnicero. El único inconveniente era que, de vez en cuando, Sam decía que tenía que ir a casa de la señora Murphy o a la de la señora Smith para ayudarlas durante un par de horas y volvía. No mentía; Jade lo había seguido y había comprobado que las ayudaba. Un poco fastidioso para Theodora ya que sus ausencias suponían un retraso en el trabajo que hacía para ella. Pero Theodora no se quejaba.