Jade se acostumbró a verlo asomado por la ventana de la cocina a las diez de la mañana o por la tarde, bebiendo un té humeante en su tazón de esmalte y comiendo las galletas que Theodora horneaba. A la hora del almuerzo, bebía otra taza de té y se comía dos bocadillos enormes de mantequilla y queso a la sombra de un árbol en el jardín de Theodora. Al final de cada día, Theodora le regalaba una rebanada de su magnífico pan y entonces, seguido por Rover y cargando la bolsa de herramientas en la mano, se iba caminando los cinco kilómetros que lo separaban del campamento que había cerca del pantano.
Ni siquiera una vez, pensaba Jade mientras volvía en el funicular hacia la casa Kinross después de sus «vacaciones», había percibido, en Sam o en cualquier otro posible sospechoso, una palabra, una mirada o una actitud que lo inculpara.
Y así podrían haber quedado las cosas para siempre si no hubiera sido por Jim Summers, cada día más avinagrado y huraño. Como era sabido, su vida familiar era amargamente infeliz. Maggie Summers había llegado a un estado casi demencial. A veces ni siquiera sabía quién era Jim, y otras, en cambio, lo reconocía y se le arrojaba encima con todas sus fuerzas. Summers también asistió al cambio de actitud de Alexander con respecto a él, sobre todo después de lo acontecido con Lee. Tras la deserción de Lee, Alexander se había acordado de la existencia del fiel Summers y le había pedido que lo acompañara en su último viaje, cuando Ruby se había negado a ello. Pero Summers había tenido que rechazar la oferta: no podía dejar a Maggie a menos que la internara en un asilo, y eso era algo que el pobre hombre no se resignaba a hacer. Su vida había sido una sucesión de desilusiones y aunque Alexander dijera que estaba demasiado fuera de sí para darse cuenta de dónde estaba, Jim no podía olvidar el asilo en París al que había ido con su madre a ver a su hermana demente. Cuando no quiso moverse del pueblo, Alexander se enfadó con él.
El momento preciso en que había pasado de sospechar de Sam O'Donnell a sospechar de Jim Summers no estaba claro para Jade. Una breve sucesión de hechos había contribuido a su culpabilidad. El primero fue que lo había sorprendido tratando de violar a su segunda hermana menor, Peach Blossom, que había logrado escapar con su virtud intacta gracias a la intervención de Jade. El segundo era el modo en que observaba a Elizabeth cuando caminaba por el jardín. El tercero, que la miraba con odio a ella, Jade, por haberle arruinado la diversión con Peach Blossom. Y el cuarto, que se comportaba de forma demasiado cariñosa con Nell cuando la ayudaba a montar su caballo rebelde. Nell había reaccionado golpeándolo en la cara con la fusta.
¡Jim Summers! Sí, ¿por qué no? ¿Por qué habrían de detenerlo todos estos años de servicio constante? Tenía acceso a todo, a todos los lugares de la montaña Kinross, desde los bosques y los senderos para los caballos hasta la casa misma. En una época había vivido en la tercera planta. Su esposa había sido el ama de llaves. Ahora, su mujer era incapaz de cumplir con sus deberes maritales; sin embargo, él no podía recurrir a las mujerzuelas que vivían en las afueras de Kinross y rondaban con precaución por allí, mientras la ciudad se volvía cada vez más respetable y sujeta a los preceptos morales de Dios.
Así que Jade se dedicó a vigilar a Jim Summers siempre que él estaba en la montaña y no en los talleres de abajo. Le resultaba más fácil hacerlo ya que Butterfly Wing se había tomado muy en serio la responsabilidad de cuidar a Anna, Dragonfly había vuelto y Elizabeth también se turnaba para ayudar con su hija menor.
La habitación de la niña se había convertido en una sala de maternidad. El doctor Wyler había insistido en que era necesario estar preparados por si Anna daba a luz antes de lo previsto. La más competente de las Wong, Pearl, había aprendido a humedecer una mascarilla de gasa con cloroformo en la medida justa para anestesiar sin asfixiar. El doctor Burton se había capacitado en las nuevas técnicas, en caso de que el doctor Wyler no estuviera presente. Por aquellos tiempos Kinross también contaba con una matrona, Minnie Collins, que estaba, según la opinión del doctor Wyler después de haber hablado con ella, más preparada que el viejo Burton para afrontar un parto complicado. Así, en la habitación había un armario lleno de instrumentos brillantes metidos en ácido fénico y otro con frascos de cloroformo, ácido fénico y alcohol. Los cajones que apestaban a ácido fénico estaban llenos de sábanas, trapos y varias mascarillas de gasa.
Anna, por su parte, era más paciente en su estado de lo que cualquiera habría esperado. A medida que su cuerpo se ensanchaba se sentía cada vez más orgullosa; lo mostraba a la menor provocación. Cuando el bebé se movió dentro de ella, gritó complacida. Sin embargo, la había tomado con Nell. Una situación dolorosa para Nell que deseaba desesperadamente ayudar, participar del embarazo y del parto de Anna.
Cansada de las matemáticas, la historia, las novelas y la anatomía, Nell refunfuñó hasta que Ruby vino al rescate.
– Es hora de que empieces a involucrarte en los asuntos de Empresas Apocalipsis -dijo Ruby a Nell en ese tono que no daba lugar a objeciones-. Si Constance ha podido aprender a ocupar el lugar de Charles, y el esposo de Sophia, a encargarse de los libros, sin duda tú puedes reemplazar a Lee. Tienes la cabeza llena de teoría; ha llegado el momento de que te enfrentes a la realidad. Sung, Constance y yo estamos de acuerdo en que trabajes cinco días a la semana: dos en las oficinas del pueblo y tres inspeccionando la mina, la refinería y los talleres. No será del todo nuevo para ti ya que Alexander solía llevarte consigo cada vez que podía. Si vas a tener que sobrevivir en la facultad de Ingeniería, es mejor que primero sepas cómo es dirigir a hombres que no te aprecian.
Para Nell era la salvación. Había conocido máquinas y minas en las rodillas de su padre, luego a su lado y, muy pronto, vestida con un mono enorme (¡impresionante!), les había demostrado a los hombres que la observaban furiosos que podía distinguir una parte de una locomotora de otra y que sabía todo lo que había que saber sobre la refinación del cianuro. Podía utilizar una llave inglesa como el mejor de ellos, no le molestaba mancharse de aceite lubricante y tenía buen oído para identificar anomalías en los metales cuando pasaba tocando y golpeando las máquinas o las ruedas de un tren. Lo que en principio había sido ira masculina se convertía en admiración. Sobre todo porque Nell ignoraba la novedad de su sexo y se comportaba como uno más de los muchachos. Además, poseía la autoridad natural de Alexander: cuando daba una orden esperaba que se cumpliera porque era la orden correcta y si no sabía una cosa, la preguntaba.
Para Elizabeth, que se preocupaba más por Nell que por Anna, fue una bendición. Era Nell la que debía ir a un mundo de hombres y que además poseía la inteligencia y la sensibilidad para sufrir un rechazo. Si bien tenía el temperamento de Alexander, también poseía la enigmática desconfianza de Elizabeth y, aunque no estaba demasiado unida a la madre, Elizabeth la comprendía mucho mejor de lo que ella se imaginaba (o hubiera querido). Nell era la niña de papá, exiliada porque su padre no estaba allí. De modo que saber que estaba ocupada con los asuntos de él era un alivio para Elizabeth.
A medida que Anna se acercaba al octavo mes, marzo de 1891, se sentía demasiado pesada para dar las largas caminatas que todas las mujeres habían insistido en que debía hacer. No mostraba signos de preeclampsia, pero el peso que tenía que cargar la tornaba irritable y difícil de entretener.
El lugar favorito de Jade para llevar a Anna cuando estaba de turno era el jardín de rosas que, dado que se acercaban al final del verano, estaba todo florecido. Allí, tras dar un paseo tranquilo, Anna se acomodaba en una silla de mimbre y se entretenía tratando de adivinar el color de las rosas. Si bien entendía el concepto de color, no era capaz de nombrar uno específico. Así que Jade lo convertía en un juego que la hacía reír por la forma en que pronunciaba los distintos colores.