Выбрать главу

– ¡Maaaaalva! -decía Jade señalando un pimpollo-. ¡Roooooosa! ¡Blaaaanco! ¡Amariiiiiillo!

Anna repetía los sonidos pero jamás recordaba qué flor era color malva, rosa o amarilla. De todas formas, la hacía pasar el tiempo y le mantenía la mente ocupada.

Estaban jugando a ese juego en el jardín de las rosas cuando Summers pasó caminando a unos metros de ellas. A su lado caminaba un perro pastor grisáceo. Jade había escuchado que se había hecho con un perro, aparentemente para que le hiciera compañía; además, a su mujer le gustaban los perros, otra ventaja.

De pronto, Anna gritó de alegría y extendió los brazos.

– ¡Rover! -gritó-. ¡Rover, Rover!

Se oscureció el día, como si la luna hubiera pasado por delante del sol radiante. Jade permaneció en medio de la rosaleda y sintió toda la fuerza de esta inocente confusión; comprendió la espantosa diferencia entre sospecha y certeza. Anna sabía el nombre del perro de Sam O'Donnell.

Pero ¡Anna no conocía a Sam O'Donnell! Durante la semana en que había estado en el pueblo, Jade había interrogado a todos para ver con quién se encontraba Anna cuando iba al pueblo, con quién hablaba, quién se encargaba de ella y daba aviso a la casa Kinross. Como sospechaba de Sam O'Donnell, había preguntado específicamente por él, pero no figuraba en la lista de los conocidos de Anna. Si llegaba hasta el pueblo, iba donde Ruby, al hotel, o a ver al reverendo Wilkins a la rectoría. ¿Habría sido allí? ¿Cuando O'Donnell se había ocupado de las ratas? Según el pastor, no, y seguramente se acordaría. Sin embargo, Anna sabía el nombre del perro de Sam O'Donnell, lo cual significaba que lo conocía muy bien.

– ¡Rover, Rover! -continuaba llamando Anna con los brazos extendidos.

– ¡Señor Summers! -gritó Jade.

Summers se acercó con el perro pisándole los talones.

– ¿Se llama Rover? -preguntó Jade mientras el perro, una amigable criatura, se iba directamente hacia Anna y respondía a su saludo extático con lengüetazos y moviendo la cola.

– No, se llama Bluey -respondió Summers sin alterar su expresión-. Anna, es Bluey, no Rover.

Summers no sabía el nombre del perro de Sam O'Donnell. Jade se sentía como si estuviera caminando por un lago de jarabe. Dejó que Anna se divirtiera con el perro, que saludara a Summers mientras se alejaba y siguió jugando con ella hasta la hora del almuerzo. Jade advirtió que Anna se estaba volviendo sensible al sol, ya que cuando volvieron a casa se quejaba de que le dolía la cabeza.

– Tú tienes más paciencia con ella cuando está enferma -dijo Jade a Butterfly Wing yendo y viniendo ansiosa con una poción de láudano-. ¿Podrías quedarte con ella? Necesito ir a Kinross.

Butterfly le administró la medicina a Anna (que la apreció; era una bendición), entre tanto, Jade fue hasta el armario que tenía los frascos y tomó uno que decía CLOROFORMO. Luego, mientras Butterfly se sentaba en el borde de la cama de Anna para ponerle paños húmedos en la frente, Jade tomó una de las mascarillas de gasa del cajón. Hizo todo con tanta rapidez que Butterfly Wing no se dio vuelta, ni siquiera cuando Jade, cargada con todo aquello, cerró la puerta de un portazo.

¡Cuántas veces había imaginado ese momento en su cabeza! Cada movimiento estaba planeado; cada complicación, calculada. Jade llevaba a cabo su cometido con la tranquilidad de quien ha estudiado cada paso. De la habitación de Anna a la cabaña situada en el patio de detrás de la casa donde, años atrás, Maggie Summers había decidido que viviera Jade. Luego la habían convertido, por un tiempo, en una prisión para un ayudante de cocina que se había vuelto loco. Lo habían confinado allí hasta poderlo esposar para llevarlo a un manicomio. Desde entonces seguía siendo una celda de detención en caso de duda. Las ventanas tenían barrotes y persianas, las paredes estaban revestidas con un paño relleno de paja y la cama era un armatoste pesado de hierro atornillado al suelo. No tenía colchón, pero Jade había traído ropa de cama consigo y la había arreglado. Una mesa, una silla, y una mesilla con cajones, también de hierro y atornilladas al suelo, completaban el mobiliario. Aunque muchas veces habían tratado de erradicarlo, todavía persistía un ligero olor a heces y a vómito. Jade abrió todas las ventanas y encendió algunas barritas de incienso que colocó en un frasco de mermelada sobre la mesa. Iba y venía de la cocina de la casa bajo la mirada de Chang y sus asistentes que, acostumbrados a verla entrar y salir, no sospechaban de su conducta. Tomó un calentador de alcohol con un pequeño hervidor de cobre para el agua, algunas vasijas chinas y un paquete de té verde.

El patio estaba desierto porque no era día de limpieza y Chang estaba ocupado preparando la cena.

Una vez satisfecha con la apariencia de la habitación (había cerrado las persianas y puesto seis lámparas de queroseno), Jade regresó a hurtadillas y fue hacia su alcoba. Se puso el vestido más bonito que tenía: era entallado, de seda bordada color verde azulado y abierto en ambos costados de la falda para permitirle caminar. En circunstancias normales, ninguna mujer china hubiera usado un vestido así en un pueblo de blancos, por eso, Jade se puso un sobretodo a pesar del calor. Tomó una pequeña botella de láudano del botiquín del baño y la puso en el bolsillo del abrigo.

Luego, tan tranquila, pidió el funicular y se dirigió a Kinross. Eran casi las cuatro de la tarde y sabía que Theodora Jenkins estaría en Saint Andrew ensayando en el órgano para tocar en un culto especial, el último antes de la cuaresma. El turno de los obreros de la mina cambiaba recién a las seis, así que podía disponer del funicular, visto que las torres de perforación estaban prácticamente desiertas. Cuando llegó al pueblo, caminó velozmente, evitando pasar por la plaza, hasta llegar a la casa de Theodora Jenkins.

Sam O'Donnell no había cambiado sus horarios: trabajaba todos los días, de lunes a viernes, hasta las cinco. Si tenía que ir a ayudar a alguien, lo hacía después del almuerzo para regresar a tiempo. El perro gruñó antes de que Jade estuviera a la vista, así que cuando dobló la esquina, Sam O'Donnell ya sabía que venía alguien y se quedó quieto, pincel en mano, esperando a Theodora. Cuando vio a Jade con sobretodo alzó las cejas desconcertado, sonrió y puso cuidadosamente el pincel atravesado sobre la lata de pintura.

– ¿No te estás asando con eso? -preguntó.

– Terriblemente, es como estar dentro de un horno -respondió ella-. ¿Te molesta si me quito el abrigo, Sam?

– Adelante.

No pensaba que la amiga china de Theodora (mitad blanca, seguramente) fuera atractiva, pero cuando se quitó el abrigo mostrando ese increíble vestido, experimentó un deseo profundo que no sentía desde la última vez que había visto a Anna Kinross. ¡La zorra era realmente hermosa! Tenía cintura delgada y pechos firmes. Sus piernas brillaban, envueltas en medias de seda con portaligas de encaje que le llegaban por encima de las rodillas; un poco más arriba asomaban, provocativos, sus muslos desnudos. El pelo -oscuro, lacio, abundante y brillante como el pelaje de un caballo pura sangre- le caía por la espalda y lo llevaba sujeto detrás de sus pequeñas orejas. A Sam lo atraían sólo dos tipos de mujeres: las jovencillas virginales y las prostitutas inexpertas.

– ¿Adonde vas vestida así? -logró preguntar.

– Al pueblo del príncipe Sung; por eso estoy vestida así. No tendría que haberme dejado el abrigo. Hace demasiado calor. Así que pensé en pedirle un vaso de agua a la señorita Jenkins y volver a casa.

– La señorita Jay no está, pero la puerta está abierta.