A modo de respuesta se tocó la cabeza con su mano delicada, suspiró y se tambaleó como si fuera a desmayarse. Sam O'Donnell la tomó en sus manos y la sujetó. La sintió temblar e, interpretando su repulsión como deseo, la besó. Jade lo besó de una manera que él jamás había experimentado, ya que no solía andar con putas. ¿Conque así eran las chinas? ¡Cuántas cosas se había perdido por haberlas menospreciado! Un coño pequeño y estrecho (si lo que decían de los hombres chinos era verdad… que la tienen chica). Lo que él no sabía era que Jade había trabajado para la señorita Ruby en sus épocas de burdel y había escuchado (y a veces hasta visto) de todo.
– Te deseo -susurró-. ¡Jade, te deseo!
– Y yo a ti -respondió ella pasándole los dedos por el pelo.
– Termino aquí y te llevo a mi campamento.
– No, tengo una idea mejor -dijo ella-. Volveré a casa en el funicular y tú me seguirás por el sendero. Vivo en la cabaña que está detrás de la casa Kinross, cerca de donde termina el sendero. El personal estará dentro, así que lo único que tienes que hacer es ocultarte entre los edificios de la parte de atrás hasta que llegues a mi puerta: es color rojo intenso, la única de ese color.
– Sería más seguro si fuéramos a mi campamento -objetó.
– No puedo caminar tanto, soy demasiado frágil, Sam. -Le lamió la oreja y después siguió acariciándolo con la lengua hasta recorrer su mandíbula y llegar a sus labios, invadiéndolos-. Amo a los hombres blancos -dijo con voz profunda-. ¡Son tan grandes! Pero yo trabajo en la casa Kinross, así que los hombres me están prohibidos. Sin embargo, aquí estoy rompiendo las reglas por ti. ¡Te deseo, Sam! ¡Quiero recorrerte de arriba abajo con mi boca!
Sonó como si realmente fuera una prostituta inexperta, pero sin duda era dulce y limpia. Sam O'Donnell dejó de lado sus escrúpulos y asintió.
– Está bien -dijo.
Jade se puso el abrigo y volvió a la normalidad: el pelo dentro del abrigo, piernas invisibles, pechos inexistentes.
– Te estaré esperando -dijo y se alejó deprisa.
Sam, ardiendo de deseo por ella, guardó sus cosas y se puso en marcha hacia el sendero. El perro lo seguía con el rabo entre las patas como si supiera lo que iba a suceder; probablemente lo sabía.
En circunstancias normales, Sam O'Donnell era una persona comedida a la que le gustaba estar en buenos términos con las mujeres sin abordarlas sexualmente. Era, según sus propias palabras, un tío difícil de complacer y lo único que aplacaba su deseo era una joven virtuosa de menos de veinte o, corrigió, una puta como las que había en aquella casa de mala reputación en las afueras.
Nacido cerca de Molong, un pequeño poblado rural hacia el oeste, su destino estaba marcado por sus circunstancias: su padre se las apañaba para vivir trabajando como aparcero o esquilador; su madre criaba bebés. Cuando cumplió doce años fue a los esquileos con su padre y aprendió a esquilar: un trabajo agotador y espantoso que se hacía en las peores condiciones. Los esquiladores vivían en un lugar denominado eufemísticamente barraca, dormían sobre camastros sin colchón y los alimentos que recibían ni un perro salvaje los comería. ¡Con razón los esquiladores eran los sindicalistas más activos! Permaneció allí mientras vivía su madre. Luego se fue a Gulgong y a las minas de oro, donde aprendió el oficio. Después, más cerca de los cuarenta que de los treinta, se dirigió hacia Kinross donde lo contrató el responsable de la mina. Nunca conoció al grande y poderoso Alexander Kinross, ni siquiera cuando vino Bede Talgarth.
Soñaba con una vida mejor para el hombre trabajador, mejores condiciones de trabajo y jefes considerados, por eso se había afiliado a la Asociación de Mineros Unidos. Como era muy activa en Gulgong, él esperaba que también lo fuera en Kinross. Si no era así se debía a la astucia del señor Alexander Kinross: buenas condiciones de trabajo, buen sueldo y un pueblo limpio, económico y agradable en donde vivir. Eso hacía que Sam O'Donnell odiara más a Alexander Kinross. Cuando los empleados de Apocalipsis se habían tomado con tanta tranquilidad el despido, él por su parte había viajado a Sydney y había conseguido al mejor orador del sector, Bede Talgarth. Sin embargo, las ovejas no se transformaron en lobos. Cogieron su indemnización y siguieron con sus vidas. Sabía muy bien por qué no había hecho lo mismo él también.
Todo comenzó el día en que lo despidieron, a principios de julio. Alexander había echado a sus hombres en grupos, y Sam O'Donnell estaba en el primero. Furioso, Sam intentó calmar su ira subiendo la condenada montaña prohibida del maldito Alexander Kinross del demonio. Allí, no muy lejos de la terminal del funicular pero en dirección opuesta a la casa Kinross, tuvo una visión. La niña más bonita que jamás hubiera visto merodeaba tarareando entre los helechos. El viejo Rover, que por lo general era hostil con todos excepto con Sam, emitió un gruñido de placer, se acercó a la niña y saltó sobre ella. En lugar de gritar y tratar de quitarse al perro de encima, la niña chilló de gusto y aceptó el abrazo. Luego, cuando Sam O'Donnell se acercó con una sonrisa conciliadora, ella lo miró con sus ojos color gris azulado e hizo extensiva la bienvenida a él también.
– Hola-dijo él, y dirigiéndose al perro-: ¡Abajo, Rover! ¡Abajo, Rover!
– Hola -respondió la visión.
– ¿Cómo te llamas? -preguntó sorprendido de que no tuviera ninguno de los temores que se le inculcan a las niñas respecto de los extraños en los lugares alejados; temor que, por cierto, había frustrado sus intenciones más de una vez en el pasado.
A modo de respuesta, ella se inclinó para acariciar al cariñoso perro que gemía panza arriba.
– ¿Tu nombre? -preguntó nuevamente.
Alzó la vista sonriendo.
– ¿Tu nombre?
– Anna -respondió ella finalmente-, Anna, Anna, Anna. Yo Anna.
Se iluminó. Era la hija retardada de Alexander Kinross, una pobre criatura estúpida que, según decían, sólo iba a Kinross los domingos, a la iglesia o, de lo contrario, cuando se alejaba más de lo debido. Sin embargo, jamás le había prestado atención allí. No tenía la menor idea de que Anna Kinross fuera tan bella, tan deseable, tan sensual y, al mismo tiempo, la inocencia personificada. ¡Con razón habían dado la orden de devolverla cuando se alejara demasiado! Era la fantasía más fabulosa e imposible de todo hombre.
Se agachó junto a ella. Su instinto de conservación le decía que no debía decirle su nombre. Pero había pronunciado el nombre del perro cuando le había ordenado que se quedara quieto y Anna, que se había enamorado instantáneamente del animal, había tenido uno de sus raros ataques de memoria.
– ¡Rover! -decía mientras seguía acariciando al perro-. ¡Rover, Rover!
– Sí, es Rover-dijo él sonriendo.
Allí comenzó la experiencia más estimulante y exitosa de la vida de Sam O'Donnell, que interrumpió sólo durante dos días para ir a Sydney a buscar a Bede Talgarth.
Con paciencia y tranquilidad, gradualmente incitó a la niña a realizar algunas cosas indecentes: un beso en la mejilla, un beso en la boca, un beso en el cuello que evocaron una respuesta de mujer adulta. Descubrir suavemente sus pechos, un gemido de placer al besar y succionar sus pezones. Una mano que se introducía delicadamente en sus bragas, y ella que se arqueaba y retorcía como una gata en celo. Y lentamente, lentamente, lentamente la llevó hasta una aceptación casi servil. Todos los días aparecía en el mismo lugar, ansiosa de acariciar a Rover y de ser besada, mimada, acariciada, excitada hasta alcanzar un palpitante frenesí que la convertía en una mariposa grande y gloriosa desesperada por inmolarse en aquel fuego desconocido. La virginidad no fue un problema: estaba tan excitada que ni siquiera fue consciente de perderla, y cuando él logró el clímax, ella también.