– ¿Ex qué?
– Desangrado, Stan. Se desangró hasta morir.
El sargento suspiró profundamente.
– Bueno, no hay ningún misterio: la asesina ha confesado. Si está de acuerdo en escribir un informe para el forense de Bathurst, doctor, entonces yo sugeriría que pongamos el cuerpo en la camilla y lo llevemos a la funeraria de Marcus Cobham. Tendrán que enterrarlo rápido, de lo contrario, se olerá en todo Kinross. Aquí no hay aire. -Se volvió a Jade, que no había quitado la vista de Sam O'Donnell ni había dejado de sonreír-. Jade, ¿estás segura de que tú lo mataste? Piensa bien antes de contestar. Hay testigos.
– Sí, sargento Thwaites, yo lo maté.
– ¿Y qué me dices de las… partes que le faltan, las que están en la comisaría? -preguntó el doctor Burton, cuyas propias partes íntimas se habían encogido e insensibilizado.
El sargento se frotó pensativamente la nariz.
– Me atrevería a decir que son suyas, así que deberíamos llevárselas también a Marcus. No se le pueden volver a pegar pero, aun así, le pertenecen.
– Si realmente fue él quien abusó de Anna, se lo merece -dijo el médico.
– Eso lo tenemos que investigar. Muy bien, doctor, usted y los muchachos bajen con el cadáver. Yo voy a ir con Jade a ver a la señora Kinross; trataré de llegar hasta el fondo de este asunto. -Con una mano detuvo a Ross, uno de los policías-. Cuando hayáis terminado, Bert, será mejor que vayas al campamento del pantano donde vivía O'Donnell para ver qué puedes encontrar. Por ejemplo, alguna prueba de que conocía a la señorita Anna. Después, entre vosotros organizad turnos para interrogar a todos los habitantes de Kinross.
– Lo van a saber -dijo Burton.
– ¡Por supuesto que lo van a saber! ¿Qué diferencia hay?
Jade atravesó el patio junto al sargento Thwaites. Entraron en la casa por una puerta de servicio y se dirigieron a la biblioteca donde Elizabeth los estaba esperando. Era la primera vez que recibía a alguien en los dominios de Alexander, pero, de alguna manera, sabía que no iba a poder mirar a los ojos a Jade bajo la luz más brillante de las otras habitaciones. El sargento también comprendía la seriedad del asunto y agradeció íntimamente la penumbra.
Jade se sentó en una silla entre Elizabeth y Stanley Thwaites, que la miraba con expresión inquisidora.
– Dijiste que Sam O'Donnell había abusado de la señorita Anna Kinross -comenzó el sargento-. Pero ¿cómo lo sabes con certeza, Jade?
– Porque Anna sabía el nombre de su perro, Rover.
– Ésa es una prueba bastante débil.
– Conociendo a Anna, no -respondió Jade-. Ella no aprende ningún nombre a menos que no conozca extremadamente bien a la persona.
– ¿Alguna vez dijo el nombre del atacante, señora Kinross? -preguntó Thwaites.
– No, se refería a él como el «hombre bueno».
– ¿O sea que el único indicio que tenían era el nombre del perro? ¿Rover? Es un nombre casi tan común como Fido.
– Era un perro pastor color grisáceo, sargento. Cuando Anna vio al perro pastor color grisáceo de Summers, lo llamó Rover. Su nombre es Bluey. El de Sam O'Donnell se llamaba Rover -afirmó Jade.
– La raza es bastante nueva -aventuró Elizabeth-. De hecho, como yo no conocía a este tal Sam O'Donnell ni a su perro, pensaba que el del señor Summers, Bluey, era el único ejemplar que había en Kinross.
– Tiene que haber algo más -dijo Thwaites, desesperándose.
Jade se encogió de hombros con naturalidad.
– Yo no necesité más pruebas. Conozco a mi pequeña Anna y conozco al hombre que la violó.
Aunque siguió insistiendo durante otra media hora, el sargento Thwaites no logró sonsacarle nada más.
– Puedo tenerla en las celdas de Kinross esta noche -le dijo a Elizabeth mientras se preparaba para partir-, pero mañana tendré que enviarla a Bathurst, donde será procesada. En la prisión de Bathurst hay un pabellón para mujeres. Tendrá que dirigirse a las autoridades de Bathurst para la fianza. De todos modos, no hay un juez residente, sólo tres magistrados a sueldo que la pueden juzgar pero que no pueden ocuparse de las penas capitales. Lo que sí le sugiero, señora Kinross, es que contrate un abogado para que la asesore sobre la señorita Wong.
Una formalidad repentina.
– Gracias, sargento. Ha sido muy amable. -Elizabeth le estrechó la mano y permaneció en la puerta observando cómo aquella mole corpulenta cruzaba el jardín hasta llegar al funicular; la figura menuda y esbelta de Jade caminaba pasivamente a su lado.
Cuando llamó al hotel Kinross, le informaron de que la señorita Ruby estaba en camino.
– ¡Por Dios, Elizabeth! -gritó Ruby irrumpiendo en la biblioteca donde Elizabeth seguía refugiada-. La noticia de Jade ha corrido como un reguero de pólvora. ¡Dicen que le cortó las partes pudendas a Sam O'Donnell, se las metió en la boca y lo obligó a que se las tragara antes de aplicarle la Muerte China de las Mil Puñaladas por haber violado a Anna!
– En lo esencial es verdad, Ruby -dijo Elizabeth con calma-, aunque la cosa no fue tan macabra como la cuentan. Bastante macabra, de todas formas. Le cortó sus partes pudendas, eso es cierto, pero las llevó a la comisaría y confesó el asesinato. Está convencida de que fue Sam O'Donnell el que abusó de Anna. ¿Tú lo conocías?
– Sólo de nombre. Nunca bebía en el hotel. La gente dice que ni siquiera bebía. Theodora Jenkins es un caso perdido: él le estaba pintando la casa y ella piensa que el sol salía por el trasero de ese tipo. Niega que él haya tenido algo que ver con lo de Anna. Dice que era un verdadero caballero, y que ni siquiera se atrevía a entrar en su casa para lavarse las manos. El pastor de la iglesia anglicana también lo defiende y está dispuesto a poner las manos en el fuego por él. Dice que Sam O'Donnell era un ciudadano absolutamente honesto.
Ruby se había hecho el peinado tan deprisa que se le estaba desarmando. Ni siquiera se había detenido a ajustarse el corsé. Si no supiera lo maravillosa que es esta mujer, pensó Elizabeth terriblemente ensimismada, diría que es un carnero desastrado y mordaz disfrazado de cordero.
– Entonces habrá problemas en todos los frentes -dijo.
– Esto está dividiendo a la ciudad en dos, Elizabeth. Los mineros y sus esposas están de parte de Jade; todas las solteronas, las viudas y los predicadores se solidarizan con Sam O'Donnell. La gente de la refinería y de los talleres está dividida. No todos se han olvidado de que trató de causar problemas en julio y agosto -dijo Ruby frotándose la cara con mano temblorosa-. Ay, Elizabeth, dime que Jade mató al verdadero culpable.
– Estoy segura, porque sé lo unidas que Jade y Anna han estado siempre. Cada mirada, palabra o gesto de Anna es una historia para Jade; historias que, a veces, ni yo misma puedo descifrar.
Continuó hablándole del perro por el cual Jade había decidido matar a su dueño.
– Eso no impresionará al juez -dijo Ruby.
– Es verdad, Ruby. El sargento, que fue muy amable, me recomendó que contratara un abogado inmediatamente, pero yo ni siquiera sé cómo se llaman los abogados de Alexander. ¿Necesito un procurador o un abogado defensor? ¿Hay bufetes que se especializan en casos como éste?
– Déjamelo a mí -dijo Ruby enérgicamente, feliz de tener algo concreto entre manos-. Enviaré un telegrama a Alexander, por supuesto. Está en la mina de oro de Ceilán. Pediré a los abogados de Empresas Apocalipsis que designen la firma adecuada para que se ocupe de los intereses de Jade. -Se detuvo en la puerta-. Puede ser que decidan enviar a la pobre muchacha a Sydney para el juicio, si es que piensan que un jurado de gente local puede ser parcial. En mi opinión, un jurado de ciudad sería peor. -Resopló-. Pero bueno, yo tampoco soy imparcial.