– Pues, francamente, África, porque no soy capaz de comprender cómo una persona como tú, que lo tiene todo en la vida… -ella rió con amargura-,… sí, todo en la vida para ser feliz, no da ni un paso sensato para serlo. No lo entiendo.
Entonces África volvió muy lentamente la cabeza hacia mí y, suspirando resignadamente, hizo un gesto negativo.
– En realidad, no… Ay, Javier, hay quienes no hemos nacido para ser felices… ya ves. Pasamos por la vida mirando a los demás que lo son y nosotros estamos ahí para compensar.
– Compensar ¿qué?
– Alguien tiene que pagar el precio de los que son felices. Eso lo tengo clarísimo. ¿No funciona todo por compensaciones? Cuando un ladrón roba algo a alguien, él se beneficia pero al mismo tiempo es infeliz el robado porque pierde lo que era suyo y le daba felicidad. ¿Ves? Una compensación.
Me quedé sobrecogido y en absoluto silencio. A lo lejos se oía algún automóvil que bajaba por la autopista de La Coruña silbándole los neumáticos sobre el asfalto; entonces había mucho menos tráfico que ahora; un perro ladraba por algún lugar no demasiado lejano y en la finca de al lado podía oírse el ruido intermitente, chas-chas-chas, del agua pegando contra el muelle de un riego por aspersión.
De pronto, nuestra intimidad fue absoluta. África habría contestado a todo, a cualquier cosa, habría hecho todo. Fue uno de esos momentos cuyo brote nadie es capaz de explicar o comprender. Y aunque hubiera querido hacerlo, no me atreví a tomarla de la mano o a estrecharla entre mis brazos, que era lo que me dictaba el impulso mío: me habría parecido un acto muy fácil de seducción. Qué excusa más barata había encontrado. Dejé que aquel instante único me pasara por delante y no me moví. Supongo que el esfuerzo de permanecer quieto fue tan violento que me noté temblar y, de golpe, me empezaron a sudar los costados. En un segundo tuve la camisa empapada. Pero no me moví.
En voz baja pregunté:
– Pero ¿no recuerdas ni un solo instante de dicha, ni uno solo?
África tenía la vista perdida en un mundo propio. Dios sabe de qué estaría hecho, de cuántos recuerdos innombrables o irrepetibles, Dios sabe qué abismo. Y, después de un rato que se me antojó larguísimo, lentamente hizo un gesto negativo.
Tragué saliva y juro que no fui capaz de reprimirme:
– ¿Ni siquiera con Martita?
Y entonces me miró directamente a los ojos durante, oh Dios mío, un minuto o dos, no sería capaz de decirlo, y negó nuevamente con un movimiento muy lento de la cabeza. Nunca he visto en los ojos de nadie tanta hondura, tanta desolación, tanto desgarro.
– Ni siquiera con Martita -replicó. Y le dolía tanto-. Entiéndeme: la puse en el mundo con sufrimiento, fue mía, creció pegada a mí menos en el tiempo en que estuve en México y la quiero como se quieren pocas cosas en esta vida. Pero no quería tenerla, no era fruto de nada, ni de amor, ni de rabia… de nada. La tuve dentro, me creció y la solté -añadió con verdadera rabia-… como si me hubieran cortado un trozo de mí misma y lo hubieran echado al mundo, muerto o vivo, daba igual. Si hubiera sido menos mojigata, menos tonta, menos beata, menos… asustada… habría abortado. Pero ni de eso fui capaz. -Calló un instante y se llevó el dorso de la mano a una ceja-. No la concebí con amor -dijo entonces desoladoramente-, y para mayor inri, antes de que naciera, Rafael ya me había dejado por su puta. -Se levantó de un golpe y estiró la cabeza, alzando mucho el mentón, como si se fuera a poner a aullar-. ¡La concebí con horror, Javier! ¿Sabes lo que es eso? Me sentí sucia, pero además de por haber sido hollada por Rafael, porque todas las madres, cuando ven a su bebé, sienten ternura, lo olvidan todo, lo toman en brazos y lo quieren. ¡Y yo no, Javier!
Se volvió hacia mí. Dos gruesos lagrimones le corrían por las mejillas dejando un rastro de rímel negro. Hubiera querido decirle que a mí esas reacciones sentimentales de las madres, «no lo quise, pero de repente ya lo quiero porque la maternidad es mi instinto», me parecían paparruchas, gimoteos de Hollywood; me parecía que se quiere a los niños deseados y, con un poco de suerte, a los no deseados se los quiere con el tiempo. Pero no me atreví a decir nada. ¿Cómo iba a interrumpir ese flujo de pasión con una nimiedad de filosofía barata sobre cosas de las que no tenía ni idea?
África sollozó una vez como si se le fuera a romper la garganta; se pasó los dedos por las ojeras humedecidas y añadió:
– ¡Pobre Marta! Y durante cada uno de los años siguientes, miré a mi hija con el espanto de no haberla querido, de haberla rechazado, e intenté exagerar mi amor por ella, para que pareciera más, para compensarla. Pero ¿cómo iba a ser capaz? ¿Qué felicidad podía producirme saberme culpable? ¿Y sabes lo peor de todo? Estoy segura de que ella se dio cuenta, de que lo sabe y, lo más terrible, de que no me lo ha perdonado.
Se desplomó en el banco nuevamente.
El sol ya había caído por detrás de los grandes cipreses aunque la luz del atardecer tardaría aún un tiempo en volverse de color índigo y en borrar los perfiles de las sombras. ¡Qué momento tan poco apropiado para la tristeza! Los pájaros del atardecer, los vencejos y las golondrinas, daban mil vueltas allá en lo alto esperando a comer la miríada de incautos insectos que tardarían poco en dejar la protección de la yerba y de las hojas. Pero todavía faltaba tiempo para que volara el primer murciélago de la noche o se divisara la estrella Polar. Era el momento del día en que todo se suspende, se detiene para cambiar los registros del sol por los de la luna, y, por un instante, la naturaleza da rienda suelta a sus aromas, los olores de tierra y pétalos, de rocío y yerba, de pino y jacinto, que quedan suspendidos hasta que los sorprende la oscuridad y los repliega.
– ¡Oh sí! Me enamoró, me embrujó. Lo tuvo facilísimo. Durante la boda de tus padres hizo todo lo que había que hacer. ¡Si yo tenía diecisiete años! Como un pichón, caí. Me dejé engatusar porque jugábamos a dos juegos distintos: yo a flirtear y a provocar y a esas cosas que me parecía que no tendrían consecuencias; él, a acabar conmigo. Era la primera vez que yo bailaba, bueno, que no fuera con mis hermanas y en casa, claro, la primera vez que me tomé una copa de champán… ¡qué una! Dos o tres o cuatro. Me puse piripi, claro. Ya sabes que las bodas en Santa Cruz se hacían de noche. Estuvimos bailando qué sé yo cuánto tiempo, el be-bop y el charlestón y el fox-trot. -Rió-. Lo llamaban el paso de zorra. -Se pasó los dedos cuidadosamente por las mejillas para borrar las huellas del rímel-. ¿Se me nota algo? ¡Qué tonta soy! -Hice que no con la cabeza, me saqué el pañuelo del bolsillo y se lo di. África le puso un poco de saliva en una esquina y se frotó vigorosamente los carrillos y los costados de la nariz-. ¿Ya?
Asentí sonriendo.
– Me parece que luego te vas a tener que maquillar de nuevo: se te notan un poco los churretones de tanto frotar.
Se encogió de hombros.
– Cuando vuelvan los abuelos del cine. ¿Te vas a quedar a cenar?
– Sí.
De pronto, la tensión había cedido. África sonrió como si se le hubiera quitado un peso de encima. Probablemente nunca había contado todo esto a nadie. ¿Cuántos conocían su secreto? ¿El lado más oscuro del horror? Apostaría a que ni siquiera los abuelos, por más que ellos debieron conocer algunos detalles del comportamiento de Rafael cuando el matrimonio se rompió y África regresó a su casa.
– Una vez, durante nuestro noviazgo, perdió los estribos, la paciencia y quiso… bueno… supongo que hacer el amor conmigo. ¡Vaya sarcasmo! ¡El amor!… Me asusté mucho y él se echó para atrás. Supongo que juró vengarse o algo así, no sé. Pero para mí que todo lo que me hizo después fue por venganza, por demostrar hombría. ¡Rechazarle a él! ¡Ha!
Estiró una de sus piernas para apoyar el tacón altísimo de su zapato en el albero. Tomó el vaso de coca-cola que había dejado a su lado sobre el banco, bebió un poco y me dijo: