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Bueno, chamaquito, me parece que en aquellos años cualquier cosa me habría hecho feliz. Era bastante fácil, la verdad, viniendo de donde venía.

Su mujer, la tía Alicia, que era grande, no muy agraciada, pero de rasgos muy sensibles y tiernos, con una larga mata de pelo negro y lustroso, entraba silenciosamente de vez en cuando para llevarle un té con unas galletas. «Un orujo, mujer, quiero un orujo», decía él y ella se lo traía al cabo de un momento. Pero el tío Adolfo ni bebía el té, ni mordisqueaba las galletas ni se tomaba el licor de orujo; los dejaba ahí, encima de la mesa camilla, junto al cenicero y al tabaco. Alguna vez alargaba la mano y cogía el vasito del orujo y se lo llevaba a la nariz. Lo olisqueaba y lo volvía a dejar sin probarlo. Alicia, tan discreta, tan delicada, era profesora de filosofía en la Universidad de Méjico y decían que una mujer de mucha inteligencia. Se habían conocido en la residencia de Estudiantes de Madrid mucho antes de la guerra y ya nunca se habían dejado. De vez en cuando en el jardín de su casita cercana a la universidad nacional, en los atardeceres aquellos tan luminosos, se cogían de la mano y estaban así en silencio durante mucho rato. Verlos era como ver a una sola persona con dos cuerpos. ¡Su felicidad, su compenetración me daba tanta envidia! Poco sabía yo al principio de mi estancia en Méjico que, dos años después, Alicia moriría de un cáncer que se la había comido por dentro en unos meses.

Recuerdo aquellos primeros días de mi llegada como un sueño. Todo era fácil, a nada se me decía que no, la indiecita me subía el desayuno a la cama y, cada vez que yo sugería que era hora de que me pusiera a trabajar, me decían, el tío Armando o la tía Ramona o Carlos o, sobre todo, la tía María, que había tiempo, que me tenía que recuperar del viaje, que me tenía que aclimatar a la altura de Méjico y que a nadie le amargaban unas vacaciones, sobre todo a mí que no las había tenido en años.

Escribí dos cartas algo avergonzadas a Madrid: una a mis padres y otra a Martita al internado y en ambas contaba el viaje y el recibimiento y cómo me estaba preparando para empezar a trabajar en la tienda y cuánto echaba de menos Madrid y a mi hija. Unas mentirijillas blancas que no hacían daño a nadie pero que a mí me cargaban de sentimientos de culpa.

Mientras tanto, la tía María me había llevado a las tiendas de modas de la zona rosa, incluyendo la de la tía Ramona, y me había hecho comprar ropa y zapatos y guantes y bolsos para cualquier ocasión; quiso regalarme un dos piezas, pero me negué en redondo, y se conformó con darme dos trajes de baño más modestos. Hasta compró dos trajes de noche, uno blanco y otro negro, muy sencillos pero me parecía que muy escotados. Cuando me los probé, me dio mucha vergüenza y la tía María fue la primera que me dijo, «mira, niña no hay nada como enseñar el principio del caminito real; es la mejor manera de que los hombres sufran y eso es bueno, ándele». Y me regaló toda la ropa sin admitir discusión alguna. Aquella noche, a solas en mi cuarto de baño, me fui poniendo todas las cosas que me habían comprado y me paseé de un lado para otro como si fuera una maniquí. Y después me desnudé entera y me estuve mirando en el espejo de cuerpo entero que había, de frente, de costado, de espaldas volviendo la cabeza para verme bien. Y ¿sabes?, me gusté, me pareció que mi cuerpo era bien bonito; me puse las manos debajo de los pechos y jugué a subirlos para luego dejarlos caer. Y no se caían, no, y tampoco eran como albaricoques como te he dicho esta tarde.

– Prepárese, mijita -me dijo la tía María cuando hubimos terminado de completar mi ajuar, porque ése y no otro era el nombre que merecía tanta compra-, que la semana que viene nos vamos para Acapulco a divertirnos.

No supe cómo decirle que no sabía si mi corazón resistiría más diversión de la que me estaban dando ya entre todos, pero creo que todas las personas tenemos en algún momento vocación de hadas madrinas y ninguno de los Anglés de Méjico habría aceptado que yo quisiera resistirme a ser feliz. Todos querían cuidarme y mimarme. Creo que la tía Ramona les había explicado a todos la clase de vida que había tenido hasta entonces y eso había despertado en ellos un instinto maternal colectivo que les hacía competir para ver quién me daba las mayores satisfacciones.

– Pero, tía Ramona -dije yo-, ¿cuándo voy a empezar a trabajar?

– Bah -me contestó ella-, cuando vuelvas de Acapulco. No te andes preocupando, que la vida es corta.

Aquella noche vino Carlos a cenar y su madre le explicó que nos íbamos a la costa. «¡Qué bien!», dijo él y anunció que también acudiría a Acapulco a pasar un par de días y a «espantarle los moscones a este mango y vigilar a estos pinches mejicanos», especialmente porque unos amigos de la tía María daban una gran fiesta y no iba a permitir que su prima se metiera en la boca del león sin nadie que la defendiera. «Una gachupina así de linda tiene que llegar a una fiesta del brazo de un caballero.»

16 de septiembre de 1973

Has vuelto hoy y me has dicho que porque estar conmigo te relaja y te inspira. Andas buscando cómo resolver el argumento de una nueva novela y dices que pensando en otras cosas, no pensando en lo que tienes que escribir, se te acaba ocurriendo, así, como si lo tuvieras en el fondo de la cabeza. ¡Cómo te envidio! Dices que es la primera historia de amor que vas a escribir y me has contado que acabará siendo algo trágica, pero que estás bloqueado y no sabes muy bien cómo seguir adelante. Hemos estado decidiendo dónde iba a ocurrir la acción. Bueno, lo has estado decidiendo tú, y yo te decía que Madrid me parecía un buen sitio para una tragedia.

Ay, chamaquito, yo te podría dar algunas pistas.

Porque mientras hablábamos, pensaba en mi semana de Acapulco y me tuve que morder los labios para no contártelo todo. Perdóname, Javier, ahora te tengo que pedir perdón porque todo hubiera sido más fácil después del primer momento de confesión, pero no podía. No podía porque me daba vergüenza y al mismo tiempo un pudor horroroso. Tú eres mi consuelo, pero sé que mi vida tiene que ser mi secreto. Pienso que a lo peor es un secreto ridículo que sólo me puedo contar a mí misma para que nadie se ría de mí. ¡Es tan vulgar! Como otras miles de historias, ¿no?

¿Mi semana de Acapulco? Oh, sí, esa semana en Acapulco fue como tocar el cielo.

Hicimos el viaje en uno de los cochazos de Carlos conducido por uno de sus mecánicos. La llegada por carretera a Acapulco es sobrecogedora porque de pronto te asomas desde las colinas a la bahía y es de una belleza indescriptibie. Claro que el frente de playa es un poco como Miami, lleno de hoteles de lujo y de miles de luces. Pero estoy tonta. No sé por qué te cuento esto si tú conoces Acapulco tan bien como yo. Es que, ¿sabes?, me impresionó muchísimo. Cada día, cada minuto de cada día me traía una sensación nueva, diferente y estupenda.