—Nadie lo sabe —repuso Sheriam—. Parece verdadero en el recuerdo, y algunas han salido con las marcas reales de las heridas recibidas adentro. Otras se han hecho profundos cortes y han regresado sin rastro de ellos. Todo es diferente para cada mujer que entra. Los antiguos decían que había muchos mundos. Tal vez este ter’angreal nos conduce a ellos. Si ése fuera el caso, no obstante, lo hace siguiendo unas reglas muy severas para tratarse de algo que únicamente tenga el cometido de trasladar a alguien de un lugar a otro. Yo creo que no es real. Pero recuerda: tanto si lo que ocurre es verídico como si no lo es, el peligro es tan patente como un cuchillo clavado en el corazón.
—He encauzado el Poder. Ha sido tan fácil…
Sheriam la miró sorprendida.
—Se supone que ello no es posible. No deberías siquiera recordar que eres capaz de encauzar el Poder. —Examinó a Nynaeve—. Y sin embargo, no has salido malparada. Aún puedo detectar la habilidad en ti, tan poderosa como antes.
—Habláis como si fuera peligroso hacerlo —repuso Nynaeve.
Sheriam, vaciló antes de responder.
—No se considera necesario avisar, dado que no deberías poder recordarlo, pero… Este ter’angreal fue hallado durante la Guerra de los Trollocs, y tenemos registrados los resultados de su funcionamiento en los archivos. La primera hermana que entró iba fuertemente salvaguardada, habida cuenta de que nadie podía predecir los efectos. Mantuvo la memoria intacta y encauzó el Poder Único al verse amenazada. Y salió con sus habilidades consumidas, incapaz de encauzar ni de detectar siquiera la existencia de la Fuente Verdadera. La segunda que lo probó iba también protegida y también resultó destruida del mismo modo. La tercera se adentró sin ninguna precaución, lo olvidó todo cuando se encontró en el interior, y regresó indemne. Ésa es una de las razones por las que te hemos hecho entrar sin advertirte. Nynaeve, no debes volver a encauzar el Poder dentro del ter’angreal. Sé que es difícil recordar algo, pero inténtalo.
Nynaeve tragó saliva. Lo recordaba todo minuciosamente, incluida su capacidad de recordar.
—No encauzaré el Poder —afirmó. «Si puedo recordar que no he de hacerlo». Sentía deseos de reír sin control.
Habían llegado al siguiente arco. Todos despedían aún el mismo resplandor. Sheriam dedicó a Nynaeve una última mirada de advertencia y la dejó sola.
—La segunda prueba guarda relación con el presente. El camino de retorno sólo aparecerá una vez. Ten firmeza.
Nynaeve contempló el reluciente arco de plata. «¿Qué habrá ahora adentro?» Las otras esperaban y observaban. Se encaminó resueltamente hacia la luz.
Nynaeve miró con sorpresa el sencillo vestido marrón que llevaba y luego se sobresaltó. ¿Por qué estaba mirándose el vestido? «El camino de retorno sólo aparecerá una vez».
Miró en derredor, y sonrió. Se encontraba en una punta del prado de Campo de Emond, rodeado de casas de tejados de paja, frente a la Posada del Manantial. El establecimiento brotaba de la roca que despuntaba entre la hierba del prado, y el arroyo del manantial discurría tumultuoso bajo los sauces que crecían junto a él. Las calles estaban vacías, pero la mayoría de la gente debía de estar trabajando a aquella hora de la mañana.
Al mirar la posada, su sonrisa se desvaneció. Ofrecía un aspecto de evidente dejadez, con la cal de la fachada descolorida, un postigo colgando de una sola bisagra, la punta podrida de una viga que dejaba al descubierto un boquete del tejado. «¿Qué le habrá pasado a Bran? ¿Estará dedicando tanto tiempo a la alcaldía que se olvida del mantenimiento de su posada?»
La puerta del establecimiento se abrió, dando paso a Cenn Buie, el cual se detuvo en seco al verla. El viejo reparador de tejados parecía tan nudoso como la raíz de un roble y la mirada que le asestó compartía igual aspereza.
—De modo que has vuelto, ¿eh? Bueno, pues ya puedes volver a largarte.
Nynaeve frunció el entrecejo cuando el anciano escupió a sus pies y pasó presurosamente ante ella; Cenn nunca había sido un hombre de trato agradable, pero rara vez se mostraba abiertamente grosero. Al menos, no con ella, no en persona. Al seguirlo con la mirada, advirtió señales de negligencia por todo el pueblo—: paja que debiera haber sido repuesta, malas hierbas que invadían los patios… La puerta de la casa de la señora al’Caar oscilaba sobre un gozne roto.
Sacudiendo la cabeza, Nynaeve entró en la posada. «Voy a decirle unas cuantas palabras a Bran al respecto».
En la sala principal no había más que una mujer, con una gruesa y grisácea trenza ladeada sobre el hombro. Estaba limpiando una mesa, pero, a juzgar por la manera como la miraba, Nynaeve no creía que fuera consciente de lo que hacía. La estancia parecía polvorienta.
—¿Marin?
Marin al’Vere se llevó una mano a la garganta, turbada, y fijó la mirada. Aparentaba muchos más años que en el recuerdo que de ella guardaba Nynaeve. Parecía gastada.
—¿Nynaeve? ¡Nynaeve! Oh, eres tú. ¿Has traído a Egwene? Di que sí.
—Yo… —Nynaeve se llevó una mano a la cabeza. «¿Dónde está Egwene?» Tenía la sensación de que habría debido recordarlo—. No. No ha venido. —«El camino de retorno aparecerá sólo una vez».
La señora al’Vere se desplomó en una de las sillas.
—Lo esperaba tanto… Desde que Bran murió…
—¿Bran ha muerto? —Nynaeve no alcanzaba a imaginárselo; aquel rollizo y sonriente hombre daba la impresión de que iba a durar eternamente—. Debí haber estado aquí.
La otra mujer se levantó de un salto y se acercó precipitadamente a la ventana para observar el prado y el pueblo.
—Si Malena se entera de que estás aquí, habrá problemas. Por lo que sé, Cenn se escabulló en su busca. Él es el alcalde ahora.
—¿Cenn? ¿Cómo pudieron elegir a Cenn esos cabezas de chorlito?
—Fue por Malena. Hizo que todas las componentes del Círculo de Mujeres influyeran en sus maridos a su favor. —Marin casi aplastó la cara contra el cristal, tratando de mirar a la vez en todas direcciones—. Son tan necios esos hombres que no revelan de antemano el nombre que van a depositar en la urna; supongo que todos los que votaron a Cenn pensaron que eran los únicos cuya esposa los había acosado hasta obtener su conformidad. Pensaron que un voto no modificaría nada. Bien, ya han visto las consecuencias. Todos las padecemos.
—¿Quién es esa Malena que tiene al Círculo de Mujeres en un puño? Nunca he oído hablar de ella.
—Es de la Colina del Vigía. Ella es la Zaho… —Marin se giró, frotándose las manos—. Malena Aylar es la Zahorí, Nynaeve. Cuando no volviste… Luz, espero que no se entere de que estás aquí.
Nynaeve estaba perpleja.
—Marin, le tienes miedo. Estás temblando. ¿Qué clase de mujer es? ¿Por qué motivo eligió el Círculo de Mujeres a alguien así?
La señora al’Vere soltó una amarga carcajada.
—Debimos de estar locas. Malena vino a ver a Mavra Mallen el día antes de que Mavra hubiera de regresar a Deven Ride y aquella noche algunos niños cayeron enfermos. Y Malena se quedó para cuidarlos y luego los corderos empezaron a morirse, y Malena también se ocupó de ellos. Nos pareció natural elegirla, pero… Es una tirana, Nynaeve. Obliga a la gente a hacer lo que ella quiere. No para de insistir hasta que uno está demasiado fatigado para volver a contrariarla. Y aún hace cosas peores. Le dio una paliza a Alsbet Luhhan.
Nynaeve representó mentalmente el retrato de Alsbet Luhhan y su marido, Haral el herrero. Ella era casi tan alta como él, corpulenta aunque atractiva.
—Alsbet es casi tan fuerte como Haral. No puedo creer…
—Malena no es muy robusta, pero es… es violenta, Nynaeve. Golpeó a Alsbet por todo el prado con una estaca, ninguno de los que lo vimos tuvimos arrestos para intentar detenerla. Cuando Bran y Haral lo supieron, dijeron que tenía que marcharse, aun cuando estuvieran entrometiéndose en los asuntos del Círculo de Mujeres. Creo que algunas de las del Círculo les hubieran hecho caso, pero Bran y Haral cayeron enfermos la misma noche y murieron con un día de diferencia. —Marin se mordió el labio y paseó la mirada por la habitación como si pensara que alguien podía estar oculto allí. Bajó la voz—. Malena les preparó los medicamentos, arguyendo que era su obligación aunque hubieran hablado mal de ella. Yo vi…, yo vi cicuta en lo que se llevó al marcharse.