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—¿Siempre han de amansarlos? —preguntó, y al ver cómo la observaba Elayne, boquiabierta, añadió—: Es que se me ocurre que las Aes Sedai podrían encontrar otra manera de tratarlos. Anaiya y Moraine afirman que las mayores hazañas de la Era de Leyenda requerían la aplicación conjunta del Poder por parte de hombres y mujeres. Pensé que podrían tratar de encontrar otros métodos.

—Bien, no dejes que ninguna hermana Roja escuche esos pensamientos en voz alta, Egwene. Lo intentaron. Lo hicieron durante los trescientos años posteriores a la construcción de la Torre Blanca, y renunciaron porque no había modo de encontrar otra solución. Vamos. Quiero presentarte a Min. Gracias a la Luz, no está en el jardín adonde va Logain.

Aquel nombre le sonaba vagamente familiar a Egwene quien, al ver a la joven, comprendió el porqué. Había un estrecho arroyo en el jardín, atravesado por un bajo puente de piedra, sobre cuya pared estaba sentada Min con las piernas cruzadas. Llevaba unos ajustados pantalones de hombre y una holgada camisa, que, junto con su oscuro cabello corto, le conferían el aspecto de un muchacho, si bien extraordinariamente guapo. Sobre la piedra de remate, a su lado, había una capa gris.

—Te conozco —dijo Egwene—. Trabajabas en la posada de Baerlon. —Una ligera brisa rizaba el agua bajo el puente y los pájaros trinaban en los árboles del jardín.

—Y tú eres una de esas que atrajeron sobre nosotros a los Amigos Siniestros que quemaron la casa —contestó, sonriendo, Min—. No, no te inquietes. El mensajero que vino a buscarme trajo dinero suficiente para que maese Fitch volviera a levantarla con un tamaño dos veces superior. Buenos días, Elayne. ¿No estás esclavizada con alguna lección? ¿Ni con cazuelas? —Lo preguntó con un tono de chanza, indicativo de una amistosa comprensión que Elayne confirmó con la mueca esbozada por respuesta.

—Veo que Sheriam todavía no ha conseguido meterte dentro de un vestido.

—Yo no soy una novicia —replicó Min, riendo pícaramente. Entonces imitó una voz aguda—. Sí, Aes Sedai. No, Aes Sedai. ¿Queréis que barra otro suelo, Aes Sedai? Yo —agregó, volviendo a adoptar su tono normal— me visto como quiero. —Se volvió hacia Egwene—. ¿Cómo está Rand?

Egwene frunció los labios. «Debería tener cuernos de carnero como un trolloc», pensó furiosa.

—Sentí que tu posada se incendiara y me alegro de que maese Fitch pudiera reconstruirla. ¿Por qué has venido a Tar Valon? Es evidente que no tienes intención de convertirte en una Aes Sedai. —Min enarcó una ceja, en lo que Egwene interpretó como una expresión divertida.

—Rand le gusta —explicó Elayne.

—Lo sé. —Min lanzó una ojeada a Egwene y por un instante ésta creyó percibir tristeza o pesar en sus ojos—. Estoy aquí —respondió prudentemente Min— porque me mandaron llamar, dándome a escoger entre venir cabalgando o atada dentro de un saco.

—Siempre lo cuentas exagerando —objetó Elayne— Sheriam Sedai vio la carta y dice que era una petición. Min ve cosas, Egwene. Por esa razón está aquí, para que las Aes Sedai puedan estudiar cómo lo hace. No tiene nada que ver con el Poder.

—Una petición —resopló Min—. Cuando una Aes Sedai solicita la presencia de alguien, su pedido es tan conminatorio como la orden de una reina respaldada por un centenar de soldados.

—Todo el mundo ve cosas —observó Egwene.

—No como Min. Ella ve… halos… alrededor de la gente. E imágenes.

—No siempre —puntualizó Min—. No con todas las personas.

—Y puede descubrir detalles sobre ellas a partir de las aureolas, aunque no estoy segura de que cuente siempre la verdad. Me dijo que tendría que compartir a mi marido con otras dos mujeres y que nunca me avendría a ello. No hace más que reírse y repetir que no ha sido ella quien inventó eso. Pero me auguró que sería una reina antes de saber quién era; dijo que veía una corona y que ésta era la Corona de la Rosa de Andor.

—¿Qué ves al mirarme a mí? —inquirió Egwene, a su pesar.

—Una llama blanca y… oh, todo tipo de cosas. Pero en realidad no sé lo que significa.

—No para de repetir eso —terció secamente Elayne—. Una de las cosas que vio al mirarme fue una mano cortada. Dice que no es la mía, pero que no sabe lo que significa.

—Porque no lo sé —aseguró Min—. Ignoro el significado de la mitad de las cosas.

El crujido de unas botas en el paseo las hizo volverse para mirar a dos jóvenes que llevaban las camisas y chaquetas en los brazos y tenían los torsos desnudos y espadas envainadas en las manos. Egwene pensó que jamás había visto un hombre más atractivo que aquel alto y esbelto y a un tiempo musculoso joven que se movía con la agilidad de un gato. De pronto advirtió que él se inclinaba sobre su mano, que sin siquiera darse cuenta ella había tomado en la suya, Y se estrujó el cerebro tratando de recordar el nombre que había oído.

—Galad —murmuró. El joven la miró con sus oscuros ojos. Era mayor que ella, mayor que Rand. Al pensar en Rand, tuvo un sobresalto y recobró la conciencia de la realidad.

—Y yo soy Gawyn —anunció, sonriendo, el otro joven—, ya que no creo que lo hayas escuchado la primera vez. —Min también sonreía y sólo Elayne fruncía el entrecejo.

Egwene recordó de repente la mano que aún retenía Galad y la soltó.

—Si vuestras obligaciones lo permiten —propuso Galad— me gustaría volver a veros, Egwene. Podríamos pasear o, si os dan permiso para salir de la Torre, merendar fuera de la ciudad.

—Me… me encantaría.

La incomodaban las alborozadas sonrisas de Min y Gawyn y el entrecejo aún fruncido de Elayne. Trató de recobrar el aplomo, de pensar en Rand. «Es tan… guapo». Dio un respingo, temerosa de haber hablado en voz alta.

—Hasta entonces. —Desprendiendo finalmente la mirada de sus ojos, Galad dedicó una reverencia a Elayne—. Hermana. —Flexible como un junco, se alejó caminando por el puente.

—Ese —murmuró Min, mirándolo— siempre hará lo que es debido. Sin tener en cuenta si con ello hiere a alguien.

—¿Hermana? —inquirió Egwene. Elayne todavía tenía la expresión levemente malhumorada—. Me ha parecido que era tu… Quiero decir que por la cara que has puesto… —Había creído que Elayne estaba celosa y aún no estaba segura de lo contrario.

—No soy su hermana —aseveró con firmeza Elayne—. Me niego a serlo.

—Nuestro padre era su padre —aclaró Gawyn—. No puedes negar eso, a menos que quieras tratar de embustera a nuestra madre y para eso, creo, habría que tener más arrestos de los que disponemos entre los dos.

Por primera vez, Egwene reparó en que Gawyn tenía el mismo cabello dorado con tonalidades rojizas que Elayne, si bien algo más oscuro y rizado por el sudor.

—Min tiene razón —comentó Elayne—. Galad carece del más mínimo sentido humanitario. Para él el deber está por encima de la clemencia, de la piedad o de… No es más humano que un trolloc.

—De eso no sé nada. —Gawyn volvió a sonreír—. Pero no lo parece, a juzgar por la manera como miraba a Egwene, aquí presente. —Percibió su mirada, y la de su hermana, y levantó las manos como si quisiera ahuyentarlas con su espada enfundada—. Además, es la persona más diestra en el manejo de la espada que he visto. Los Guardianes sólo tienen que enseñarle algo una vez, y ya lo ha aprendido. Me hacen sudar como un condenado para aprender la mitad de lo que hace Galad sin esforzarse.

—¿Y ser bueno con la espada ya es suficiente? —espetó Elayne—. ¡Hombres! Egwene: como ya habrás adivinado, este tonto medio desnudo es mi hermano. Gawyn, Egwene conoce a Rand al’Thor. Son del mismo pueblo.

—¿Sí? ¿Nació realmente en Dos Ríos, Egwene?

Egwene se obligó a asentir con naturalidad. «¿Qué es lo que sabe?»

—Desde luego. Crecí con él.

—Desde luego —convino lentamente Gawyn—. Un tipo bien extraño. Un pastor, según dijo, aun cuando no tuviera el aspecto ni los modales propios de un campesino. ¡Qué extraño! He encontrado a toda clase de personas que conocían a Rand al’Thor. Algunas ni siquiera conocen su nombre, pero la descripción no podía corresponder a nadie más, y él ha cambiado el curso de las vidas de cada una de ellas. Había un viejo granjero que fue a Caemlyn sólo para ver a Logain, cuando lo llevaron a la ciudad de camino hacia aquí, y que se quedó, no obstante, para dar su respaldo a nuestra madre cuando comenzaron a producirse los disturbios. A causa de un joven que había salido a ver mundo, el cual le había hecho pensar que la vida era más amplia que su granja: Rand al’Thor. Cualquiera se inclinaría a pensar que es ta’veren. No cabe duda de que Elaida está interesada en él—. Me pregunto si el hecho de haberlo conocido modificará el curso de nuestras vidas.