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—Le he traído a Thom el arpa y la flauta —explicó Rand, levantando el hatillo—. Y quería visitarlo además —se apresuró a añadir, pues la mujer parecía a punto de decirle que se fuera—. Hacía mucho tiempo que no lo veía.

—Thom siempre se queja de que perdió la mejor flauta y la más preciosa arpa que tuvo nunca. Diríase que fue un bardo de corte, por la manera como las elogia. Muy bien. Podéis esperar, pero yo debo practicar. Thom dice que me dejará dar una representación en las salas la próxima semana. —Se levantó grácilmente y tomó una de las dos sillas, haciendo señas a Loial para que se sentara en la cama—. Zera le haría pagar a Thom por seis sillas si rompierais una de éstas, amigo Ogier.

Rand le dio sus nombres mientras tomaba asiento en la otra silla, que crujió de manera alarmante bajo su peso.

—¿Sois la aprendiza de Thom? —preguntó con cierta timidez.

Dena esbozó una sonrisa.

—Podría decirse. —Había reanudado los malabarismos y tenía fija la mirada en las danzantes bolas.

—Nunca he oído hablar de una mujer juglar —comentó Loial.

—Yo seré la primera. —El primer gran círculo se transformó en dos más pequeños que se entrecruzaban—. Voy a ver la totalidad del mundo antes de que acaben mis días. Thom dice que cuando tengamos bastante dinero iremos a Tear. —Se puso a hacer girar tres bolas en cada mano—. Y luego tal vez a las islas de los Marinos. Los Atha’an Miere pagan bien a los juglares.

Rand observó la habitación, con todos sus baúles y cofres. No parecía la morada de alguien que pretendiera mudarse pronto. En la ventana había incluso una flor en una maceta. Posó la mirada en la gran cama en la que estaba sentado Loial. «Ésta es mi habitación, mía y de Thom Merrilin». Dena le dirigió una mirada retadora a través de la gran rueda que había vuelto a componer, y Rand se sonrojó.

—Tal vez deberíamos aguardar abajo —insinuó tras aclararse la garganta. Entonces se abrió la puerta y Thom entró con la capa ondeándole en torno a los tobillos y los parches agitados por el movimiento. Llevaba unas fundas de flauta y arpa a la espalda, de madera rojiza, pulida por el roce de la mano.

Dena hizo desaparecer las pelotas en su vestido y corrió a arrojarse a los brazos de Thom.

—Te he echado de menos —dijo, antes de besarlo.

El beso duró cierto tiempo, tanto que Rand comenzaba a plantearse la conveniencia de que él y Loial salieran, pero entonces Dena se apartó de Thom con un suspiro.

—¿Sabes lo que ha hecho ese necio de Seaghan, muchacha? —preguntó Thom, mirándola—. Pues ha contratado un grupo de patanes que se autodenominan «actores» y que van por ahí con la pretensión de ser Rogosh Ojo de Águila, Blaes, Guidal Cain y… ¡Aaagh! Llevan trozos de lona pintada detrás de ellos, que hace que los espectadores crean supuestamente que esos idiotas están en la Sala de Matuchin o en los altos puertos de las Montañas Funestas. Yo hago que el oyente vea cada estandarte, cada batalla, que sienta todas las emociones posibles. Yo les hago creer que ellos son Gaidin Cain. Le van a destruir el local a Seaghan si presenta a esa pandilla después de mi representación.

—Thom, tenemos visita. Loial, hijo de Arent hijo de Halan. Oh, y un muchacho que se hace llamar Rand al’Thor.

Thom miró con entrecejo fruncido a Rand por encima de la cabeza de la chica.

—Déjanos solos un rato, Dena. Toma. —Le puso unas monedas de plata en la mano—. Tus cuchillos están listos. ¿Por qué no vas a pagarlos a Ivon? —Le acarició la tersa mejilla con un nudoso dedo—. Ve. Te recompensaré la ausencia.

Ella lo miró con aire sombrío, pero se colocó la capa sobre los hombros y salió, murmurando:

—Mejor será que Ivon tenga la balanza en condiciones.

—Un día será un bardo —anunció Thom con una nota de orgullo cuando se hubo ido— Escucha un cuento una vez, sólo una vez, fíjate en lo que te digo, y ya lo ha aprendido, no sólo las palabras, sino cada matiz, cada fluctuación de ritmo. Tiene buena mano con el arpa y ya tocaba mejor la flauta la primera vez que la cogió de lo que tú has logrado nunca. —Dejó las fundas de los instrumentos sobre uno de los grandes baúles y luego se dejó caer en la silla que ella había dejado vacía—. Cuando pasé por Caemlyn de camino hacia aquí, Basel Gill me comunicó que te habías ido en compañía de un Ogier. Entre otros. —Inclinó la cabeza en dirección a Loial, haciendo un floreo con la capa a pesar de estar sentado—. Es un placer conocerte, Loial, hijo de Arent hijo de Halan.

—El placer es mío, Thom Merrilin. —Loial se levantó para hacer una reverencia a su vez; cuando estuvo de pie, su cabeza casi rozó el techo, y se apresuró a volver a sentarse—. La joven ha dicho que quiere ser juglar.

La sacudida de cabeza de Thom fue despreciativa.

—Ésa no es vida para una mujer. Tampoco es muy indicada para un hombre, a decir verdad: vagar de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, preguntándote de qué manera te van a timar la próxima vez, sin saber la mayoría de las veces cuándo vas a ingerir la siguiente comida. No, voy a quitárselo de la cabeza. Será un bardo de la corte de un rey o una reina algún día. ¡Aaaah! No habéis venido aquí para charlar acerca de Dena. Mis instrumentos, chico. ¿Los has traído?

Rand le tendió el hatillo por encima de la mesa. Thom lo desató apresuradamente —Pestañeó al ver su vieja capa, tan cubierta de abigarrados parches como la que llevaba ahora— y abrió la dura funda de cuero de la flauta, asintiendo con la cabeza al ver el instrumento de oro y plata que reposaba en su interior.

—Me gané el lecho y la comida con ella después de separarnos —le informó Rand.

Lo sé —replicó secamente el juglar—. Paré en una de las mismas posadas, pero tuve que componérmelas con malabarismos y algunas historias sencillas dado que tú tenías mi… ¿No habrás tocado el arpa? —Entonces abrió el otro estuche y sacó un arpa de oro y plata tan elaborada como la flauta; la acarició tan amorosamente como si fuera un recién nacido—. El arpa es demasiado delicada para las torpes manos de un campesino.

—No la he tocado —le aseguró Rand.

Thom hizo sonar dos cuerdas, parpadeando.

—Al menos la has mantenido afinada —murmuró.

Rand se inclinó sobre la mesa y acercó la cabeza a la del juglar.

—Thom, queríais ir a Illian para ver partir la Gran Cacería y ser uno de los primeros en componer nuevas historias basadas en ella, pero no pudisteis. ¿Qué os parecería si os dijera que todavía podéis participar en ello? ¿Desde una perspectiva muy importante?

Loial se revolvió, inquieto.

—Rand, ¿pero estás seguro…? —Rand lo acalló con un gesto, sin apartar los ojos de Thom.

Thom miró al Ogier y frunció el entrecejo.

—Eso dependería de las condiciones. Si tienes motivos para creer que uno de los Cazadores va a venir por aquí… Supongo que ya habrán salido de Illian, pero tardaría semanas en llenar a Cairhien, cabalgando en línea recta, ¿y por qué iba a hacerlo? ¿Es uno de esos tipos que no fueron a Illian? Nunca entrará en las historias sin haber recibido la bendición, haga lo que haga.

—No importa si la Cacería ha partido o no de Illian. —Rand percibió cómo Loial retenía el aliento—. Thom, tenemos el Cuerno de Valere.

Por un momento reinó un silencio de muerte, que Thom interrumpió prorrumpiendo en carcajadas.

—¿Que vosotros dos tenéis el Cuerno? ¿Un pastor y un Ogier imberbe tienen el Cuerno de…? —Volvió a estallar en risas, golpeándose la rodilla— ¡El Cuerno de Valere!

—Pero sí lo tenemos —aseveró Loial muy serio.

Thom respiró hondo, todavía aquejado por las secuelas de la risa.

—No sé qué habéis encontrado, pero puedo llevaros a diez tabernas donde un tipo os dirá que conoce a un hombre que conoce al hombre que ya ha hallado el cuerno, y también os explicará cómo lo encontró…, siempre que le paguéis la cerveza. Puedo llevaros a ver a tres hombres que os venderán el Cuerno y que jurarán por la salvación de sus almas ante la Luz que es el genuino y verdadero. Hay incluso un noble en la ciudad que pretende tener el Cuerno cerrado bajo llave en su casa solariega. Sostiene que es un tesoro que vienen heredando en su casa desde el Desmembramiento. No sé si los Cazadores encontrarán alguna vez el Cuerno, pero mientras tanto irán en pos de miles de pistas falsas.